La procesión de los ciegos y sus lazarillos

Al terminar la guerra, Almería era la provincia con mayor porcentaje de ceguera

Todas las noches, a las ocho en punto, sacaban una pizarra a la puerta de la delegación provincial de la ONCE con el número premiado en el sorteo.
Todas las noches, a las ocho en punto, sacaban una pizarra a la puerta de la delegación provincial de la ONCE con el número premiado en el sorteo.

Cada 13 de diciembre, por Santa Lucía, los ciegos se vestían con sus mejores ropas para asistir a la solemne misa que ofrecía el obispo para conmemorar el día de su patrona. Era el día señalado en rojo en el calendario para darle gracias a la santa y seguramente, para muchos de ellos, el único del año en el que participaban en el sacramento de la comunión, que aquel día era de obligatorio cumplimiento.


Terminada la ceremonia, los ciegos, acompañados de sus lazarillos, se dirigían en procesión por las calles de Almería hacia la sede de la Organización Nacional de Ciegos, donde eran obsequiados con un suculento desayuno que después de haber escuchado misa y de haber comulgado, los acercaba un poco más a Dios.


Almería era una provincia muy castigada por la ceguera. Al terminar la Guerra Civil, los informes de las autoridades de Auxilio Social no podían ser más contundentes: Almería y Alicante eran las provincias que presentaban un mayor porcentaje de ciegos, lo que obligó a poner en marcha intensas campañas entre la población para prevenir la maldita enfermedad del tracoma, mal endémico en nuestra tierra, que era la culpable de casi todos los casos.



La primera medida eficaz fue la instalación en los barrios de los llamados dispensarios antitracomatosos, dirigidos por médicos oculistas, auxiliados por enfermeras. Los dispensarios realizaron una gran labor humanitaria en aquellos años de la posguerra cuando en la mayoría de las viviendas de los arrabales no conocían el agua potable. Allí les hacían revisiones periódicas, les lavaban los ojos, los curaban y los concienciaban del peligro de aquella enfermedad que se transmitía de forma vertiginosa entre las clases más desfavorecidas.


La rondalla de los ciegos en los años 70. Venía funcionando treinta años antes.
La rondalla de los ciegos en los años 70. Venía funcionando treinta años antes.



Fue muy importante también la labor realizada por las monjas, especialmente por las Siervas de los Pobres, que hacían incursiones frecuentes por los rincones más deprimidos de La Chanca para curar a los enfermos y para llevar alimentos, que se necesitaban tanto como las medicinas. 


En aquella Almería marcada por la huella del hambre, de las restricciones y de la ceguera, la labor realizada por la Organización Nacional de Ciegos fue milagrosa. 


En 1944, en plena posguerra, en los años de mayor escasez y necesidad, la delegación de Almería contaba ya con doscientos treinta ciegos que vendían cupones por las calles. Habían sido rescatados del olvido, de la miseria en muchos casos y de la mano ejecutora del tracoma. La mayoría vivían situaciones de exclusión social, sin trabajo y sin otro recurso para ganarse la vida que depender de su familia o colocarse de tapadillo en la puerta de una iglesia a ejercer la mendicidad.


En el invierno de 1944 doscientos treinta ciegos vendían cupones, unos cien mil iguales diarios en la capital y provincia, obteniendo a cambio cada uno de ellos un sueldo que les permitía vivir con dignidad, ya que podía oscilar entre las diez y las veinte pesetas diarias, según el volumen de venta.


El sorteo de los iguales era un acontecimiento en aquellos años. Todas las tardes, a las ocho en punto, eran muchos los almerienses que se congregaban en la puerta de la delegación para apuntar el número premiado. A la hora señalada, ni un segundo más ni un segundo menos, el delegado y el secretario de la Organización, junto a un agente de la autoridad civil, daban fe del sorteo, teniendo diariamente que levantar y firmar un acta que inmediatamente se enviaba a Madrid.


A continuación, llegaba el momento más esperado, cuando un funcionario sacaba a la calle la pizarra con la fecha del sorteo y el número agraciado, y la colgaba en la fachada, junto a la puerta principal. Entre el público que se congregaba a esperar el sorteo, nunca faltaban los enviados de los cafés y los bares del centro, que se convertían en transmisores inmediatos de la noticia.


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