Las últimos recuerdos del instituto

Con la vuelta a clase de septiembre volvemos a revivir aquellos años de adolescencia

El curso se iniciaba en el instituto con la entrega de diplomas a los alumnos que habían destacado en el año anterior.
El curso se iniciaba en el instituto con la entrega de diplomas a los alumnos que habían destacado en el año anterior.
Eduardo de Vicente
07:00 • 13 sept. 2021

De pronto, en un cajón, encerrado en una carpeta de cartón descolorida, te encuentras con el boletín del instituto, cargado de notas y asignaturas y firmado por tu padre. Duerme el sueño eterno junto a la redacción que te premiaron o el dibujo por el que te dieron un sobresaliente, entre la foto de carnet que nos hicieron el día de la matrícula y una flor seca que durante años estuvo reposando entre las páginas de un libro.



Son las reliquias de los años de instituto, los pequeños recuerdos que un día guardamos en un armario y que el azar nos devuelve años después, impregnados de un color amarillo y con la carga de emociones que le fue dejando el tiempo. Echar la vista atrás deja un rescoldo doloroso, mucho más cuando uno vuelve a los amigos con los que fue feliz y a aquellas aulas donde se gestó ese gran cambio que supuso el paso de la infancia a la adolescencia. 



El primer detalle que nos regalaba el instituto era el horario. En el colegio no teníamos que preocuparnos de programar las asignaturas ni las horas porque era el maestro el que decidía sobre la marcha si tocaba Lenguaje, Matemáticas o Religión. 



El Bachillerato empezaba con el rigor del horario, que el profesor nos dibujaba con tiza en la pizarra el primer día de clase para que lo copiáramos en nuestro cuaderno y nos guiara el resto del curso. Solía ocurrir con frencuencia que el primer horario duraba dos o tres días y había que cambiarlo por necesidades del centro.



Tan importante como el horario era el carnet que nos acreditaba como estudiantes, nuestro primer carnet, muchos años antes de que nos dieran el carnet de identidad, que entonces se hacía a los dieciocho años, a la edad en la que te medían para ficharte de cara al servicio militar.



Hacerse el carnet del instituto era un acontecimiento, sobre todo por el ritual que rodeaba al acto de echarse la fotografía. Había que ir perfectamente peinado y oliendo a colonia, con la cara brillante de limpia y adornados con la chaqueta y la corbata que les daban a los niños ese aire de adulto prematuro que tanto gustaba entonces a los profesores. 



Los carnets del Bachiller servían después para apreciar como se iba cambiando físicamente curso a curso, como el niño que entraba con diez años al instituto terminaba convertido en un adulto cuando llegaba el examen de Preu. Años después, cuando modificaron la enseñanza y se estableció el BUP, el periodo escolar se alargó hasta los trece años y a esa edad iniciábamos la aventura del Bachillerato que se prolongaba durante tres años o cuatro si te matriculabas en COU para poder seguir estudiando.



También se guardaban, como pequeños tesoros que nos llenaban de orgullo, los boletines con las grandes notas y la firma de los padres o tutores, y los diplomas que premiaban las Matrículas de Honor que sacaban los más listos de la clase. El Bachillerato antiguo estaba cargado de exámenes: los diarios, los semanales, los mensuales, los trimestrales que llegaban antes de las vacaciones, la reválida de cuarto, la reválida de sexto y la prueba de acceso a la Universidad, el Preu.


Entre las reliquias que se guardaban en los cajones estaban los dictados, los copiados y los libros, que se iban heredando de un hermano a otro hasta que se deshojaban de viejos. Era emocionante, en los primeros días de clase, la ceremonia en la que forrábamos los libros para que se hicieran eternos. 


También se archivaban las redacciones,  que eran un recurso muy empleado por los profesores de Lengua cada vez que los alumnos regresaban de unas vacaciones. Algunas de estas narraciones que hacían los niños de su vida cotidiana, constituyen hoy un documento impagable para conocer cómo era la Almería de hace más de medio siglo y a qué se dedicaban los estudiantes en sus abundantes ratos libres. En ellas abundaban las descripciones del Paseo, del Parque, de la Puerta de Purchena, del puerto, que eran los grandes referentes de la ciudad a la hora de salir a dar una vuelta. 



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