Lo peor de la feria era el día después

Al día siguiente de acabar la feria el Parque y el puerto parecían un campo de batalla

Teníamos la feria tan cerca, la vivíamos con tanta fuerza que nos acababa dejando una herida cuando se marchaba. En la foto, un feriante afeitándose
Teníamos la feria tan cerca, la vivíamos con tanta fuerza que nos acababa dejando una herida cuando se marchaba. En la foto, un feriante afeitándose
Eduardo de Vicente
23:44 • 30 ago. 2021 / actualizado a las 07:00 • 31 ago. 2021

Lo peor de la feria era que terminara en el último día de agosto y que tuviéramos que pasar, sin tregua, de la fiesta a la obligación con el tiempo justo para recuperar la cartera que habíamos escondido en el último rincón del armario. La teníamos tan olvidada después del largo verano que cuando nos reencontrábamos con ella no nos acordábamos ya ni del color. Tocar la cartera después del verano te dejaba una sensación parecida a la que sentimos años después el día que nos dieron el petate en el cuartel. La cartera vacía tenía el olor de los recuerdos más tristes del colegio y nos asomábamos a ella con el mismo temor que mirábamos hacia el fondo oscuro de un pozo. 



Lo peor de la feria era el día después cuando al salir a la calle tenías la sensación de  que la ciudad había mudado de piel, como cambia el mar durante la noche después de la marea. De la Almería festiva y vacacional solo quedaba el alumbrado del Paseo y los resquicios de los últimos feriantes que a la carrera quitaban los últimos hierros de la explanada del puerto. 



Al día siguiente el Parque y el puerto parecían un campo de batalla después de una derrota: era nuestra derrota interior, la que llevábamos incorporada desde que teníamos uso de razón y empezamos a relacionar el final de la feria con el comienzo del colegio. No conocí jamás a ningún niño de mi generación al que le gustara ir a la escuela, por muy aplicado que fuera en los estudios. 



Esa sensación de melancolía empezaba el último día de feria cuando veíamos aquellas filas interminables de mujeres que seguían a la Virgen del Mar por el Paseo con una vela en la mano. La procesión siempre me pareció triste porque cerraba las fiestas y lo que era más grave aún, le ponía el punto y final al verano. Después llegaba el toro de fuego y la traca en la Puerta de Purchena, que nos servían para hacer un paréntesis en nuestra tristeza irrevocable durante una hora, el tiempo que tardábamos en regresar a la realidad para empezar a digerir que ya no había marcha atrás, que el verano se había apagado como aquellas bombillas de colores que durante semanas se quedaban colgadas en el Paseo como el último rescoldo de aquellas noches de fiesta.



Al día siguiente volvíamos al lugar donde habíamos sido felices para sentir la resaca que dejan las despedidas. En la parcela donde estaban los coches de choque, donde habíamos pasado las horas conduciendo envalentonados ante los ojos de la niña que nos gustaba, ya solo quedaban los restos de las entradas esparcidos por el suelo y el último feriante afeitándose delante de un trozo de espejo antes de partir con la caravana hacia otra feria. Aquel día fatídico caminábamos perdidos entre los recuerdos mientras la ciudad recuperaba su pulso cotidiano como si todo hubiera sido un sueño.



El verano continuaba dando pasos en el almanaque que teníamos colgado en la cocina, pero en nuestro calendario sentimental ya era otoño y al día siguiente de acabar la feria sentíamos caer las primeras hojas cuando al sacar la cartera del armario nos daba un vuelco el corazón. 



Unos días después ya estábamos de vuelta en el colegio, con los cuerpos bronceados y cambiados después del último estirón. El encuentro con los compañeros nos servía de alivio. Cada uno volvía contando sus historias de verano que ya no volverían a repetirse porque los años nos cambiaban también la mirada y los sentimientos. Los años, entonces, empezaban realmente en septiembre, aquella mañana que con ganas de llorar, nos colocábamos en la banca y empezábamos a copiar el primer dictado o a escribir aquella repetida redacción que nos pedía el maestro sobre cómo  habíamos pasado las vacaciones.



Aquella pena de volver a la rutina acababa diluyéndose en dos o tres días, el tiempo que tardábamos en acostumbrarnos y en agarrarnos a otras inquietudes. Septiembre nos traía el colegio y los deberes, pero también nos regalaba los primeros cromos de la liga, la ilusión de los libros nuevos, los lápices de colores y la esperanza de que aquella niña de nuestra clase que tanto nos gustaba nos hiciera caso de una puñetera vez.


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