Ardor guerrero y amnesia política

O de cómo cambian los tonos y las críticas en función de quien ostente el mando

A la hora de hacer declaraciones, muchos deberían pararse a pensar
A la hora de hacer declaraciones, muchos deberían pararse a pensar La Voz

Los almerienses estamos acostumbrados a que nos dejen de lado cuando se trata de poner en marcha esos grandes proyectos que servirían para revitalizar la economía de la provincia y de sus habitantes. Para el recuerdo que la Autovía del 92 llegó diez años después de los fastos de la Exposición Universal que cambió la cara a media Andalucía.


Para recordar también el hecho de que seamos el único puerto de interés del Estado que no tiene una conexión con el ferrocarril. Y para la vergüenza que un expediente para declarar Bien de Interés Cultural (BIC) la vieja estación del ferrocarril, sin duda un inmueble monumental, de una belleza singular, lleve casi treinta años en los cajones de nuestros gobiernos sin que nadie haya metido la mano, lo haya sacado y se haya aprobado (que encima no les cuesta el dinero).


Las actitudes
Pero sobre el hecho que pretendo llamar la atención, la atención de todos los almerienses de bien (como se decía antes), es esa actitud de nuestra representación política que se dedica alternativamente a jalear o a despellejar al adversario en función de en qué lado de la cama les esté tocando dormir.



No acabo de creerme que nos tomen por tontos al conjunto de los ciudadanos, pero lo parece una barbaridad. Estos días nos encontramos con un baile de fechas constante sobre cuándo el tren volverá a llegar a la capital, abandonando el exilio en Huércal de Almería que ha traído consigo la pérdida de el ochenta por ciento de los usuarios del tren. Grito en el cielo desde las trincheras del Partido Popular; silencio sepulcral desde las filas socialistas porque en Madrid y en el Ministerio de Fomento manda su jefe, Pedro Sánchez.


Juego político
Pero, acostumbrados como estamos a ese juego de difícil justificación -porque los almerienses querríamos que nuestros diputados, senadores y parlamentarios nos defiendan a todos, se preocupen por lo que nos interesa, que para eso les elegimos en las urnas-, de clamar contra el que gobierna y callar cuando se gobierna, lo que no acabo de encajar con una cierta deportividad es esa estúpida dicotomía que consiste en hacer gala de tremendo ardor guerrero en unos casos y de una tremenda amnesia cuando no toca.



Cada vez me resulta de hecho más irritante comprobar el grado de alienación conceptual de unos y de otros a la hora de valorar no lo que quiere Almería o los almerienses, sino lo que hacen o dejan de hacer quienes están en los gobiernos.


Las huestes socialistas fueron un azote en los últimos siete años de Gobierno del PP de Rajoy, activando un contador con los días transcurridos sin obras en el trazado del AVE. Razón no les faltaba, evidentemente. Pero resulta que Sánchez descabalgó a Rajoy del trono de la Moncloa y, automáticamente, el famoso contador dejó de contar, ya no hubo más comunicados de prensa, ni manifestaciones reclamatorias, ni dolientes quejas. Silencio en la sala.


Problema de memoria
Desde el Partido Popular esa irritante costumbre también quedó patente puesto que, desde el día uno del mandato del nuevo gobierno encabezado por Sánchez dejaron oír su voz para reclamar las obras e inversiones que permitieran avanzar en esas obras, en ese AVE que nos resulta tan lejano hoy por hoy. ¿Antes eran mudos?, porque no les escuché reclamar eso mismo en tiempos de su líder nacional. Es obvio que no querían molestar a sus señoritos de Madrid, y por unos años dejaron de lado el hecho de defender a Almería y a los almerienses.


Pero si todo ello altera mi estado emocional, o espiritual, más si cabe lo hace la amnesia propia y ajena: la propia es la de no ver, no sentir, no denunciar, los déficits de sus gobiernos respectivos, la ausencia de inversiones, los incumplimientos de las promesas, de esos compromisos con los que aplacan las demandas o las conciencias de los almerienses.


La ajena llega cuando se critica ‘a muerte’ lo gravísimo de los incumplimientos que está sufriendo nuestra provincia, pero sin que la memoria les llegue para incluir en las críticas a los que estuvieron antes, los que nos ignoraron antes.


Un deseo ¿imposible?
Me gustaría oír a un dirigente político almeriense criticar y exigir que el AVE llegue a Almería cuanto antes, denunciando los años de parálisis de los proyectos, los cambios que se han ido introduciendo, la escasa dotación presupuestaria. Pero sobre todo me gustaría que tuviera el valor de denunciar todo eso que, efectivamente está pasando, pero desde el momento en el que empezó ocurrir.


Dicen los populares que el Gobierno socialista lo está haciendo rematadamente mal y que llevan casi tres años sin avances significativos en la línea de alta velocidad, pero callan sobre los siete años anteriores en los que esas obras estuvieron prácticamente paradas.


Y dicen los socialistas, que estuvieron siete años martilleando al Gobierno popular, que el de ahora, el suyo, está cumpliendo sus compromisos. Han parado el contador y hacen gala de comprensión con Ábalos o con quien esté al frente de Fomento (Raquel Sánchez ahora), si es de los suyos.


Los ciudadanos, los votantes
Unos y otros hacen bien en exigir como representantes de sus partidos políticos pero, a mi corto entender, harían mejor en exigir como legítimos representantes que son de miles de ciudadanos almerienses, y eso es algo que muchos han olvidado, si es que en alguna ocasión lo tuvieron presente.

Quizá lo más triste de esta lamentable interpretación de los roles políticos que han de asumir sea que, por desgracia, en Almería mentir, engañar, manipular o incumplir compromisos sale gratis. Los partidos que nos representan miran para adentro, pero rara vez ven más allá de sus intereses y prebendas. Los seguirán votando, nos seguirán representando en Madrid o en Sevilla, pero a mi parecer, situados en un punto alejado de lo que debería ser su trabajo: defender a ‘su’ Almería y a ‘sus’ paisanos almerienses. La vergüenza es un sentimiento humano y noble, pero en muchos casos es difícil de detectar.



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