Almería: 85 años de la guerra (1)

La ciudad había empezado a crecer más allá de la Rambla. Se construía el Camino de Ronda

Vista de la ciudad desde la ermita de San Cristóbal.
Vista de la ciudad desde la ermita de San Cristóbal.
Eduardo de Vicente
07:00 • 15 jul. 2021

Almería, a comienzos de los años treinta, era una ciudad perdida en el rincón más olvidado del mapa de España. Teníamos carreteras que eran todavía caminos que nos aislaban de las provincias limítrofes y un servicio de trenes tan lento y atrasado que para llegar a Granada había que echar seis horas y media de viaje. 


Las comunicaciones por carretera constituían también una pesadilla. La Alsina que iba a Murcia tardaba seis horas y ocho la que cubría el servicio con Málaga, en un viaje interminable del que se llegaba siempre maltrecho.


La ciudad de Almería contaba entonces con una población de 52.409 habitantes, de los cuales 27.360 eran mujeres y 25.049 eran hombres. La ciudad seguía conservando entonces su alma mediterránea y su esencia musulmana, con callejuelas estrechas y su universo de casas bajas de puerta y ventana que se mezclaban con los espléndidos edificios que la burguesía de la minería y de la uva había ido levantando en el Paseo y las calles principales del casco urbano. 



Almería, en los años treinta, llegaba hasta la Rambla, que era la frontera que separaba la ciudad de las afueras. Cruzar al otro lado del malecón era como hacer un pequeño viaje, aunque allí aparecieran arrabales tan importantes como el Barrio Alto o Los Molinos, que también formaban parte de la capital. Entre la urbe y las afueras estaba la vega, la eterna vega de Almería que durante tanto tiempo fue la despensa de la ciudad. Allí, en medio de los fértiles huertos, destacaban la estación del tren, y a sus pies, una nueva vía, el Camino de Ronda, que empezó a construirse en 1932. 


También en la vega fue concebida una barriada moderna que quería mirar al mar y convertirse en un ejemplo a seguir por su apuesta por los espacios amplios y las zonas verdes: Ciudad Jardín. El obstáculo principal para poder llevar a cabo el plan era la de conseguir los terrenos con el mínimo coste. En julio de 1928, el empresario y terrateniente Miguel Naveros Burgos, propietario de grandes extensiones de terreno en la zona litoral, escuchó la llamada de los promotores y publicó una carta en el periódico ofreciendo dos fincas de su propiedad, ubicadas en el paraje del Tagarete. 



Tras año y medio de gestiones, por fin, en diciembre de 1930, se iniciaron los trabajos para abrir los primeros cimientos de las cuarenta primeras casas de Ciudad Jardín. Mientras seguían las obras, los propietarios de Ciudad Jardín tuvieron la generosidad de habilitar, en uno de los solares del nuevo barrio, un campo de fútbol para que jugara el equipo titular de la ciudad. Fue inaugurado como recinto oficial el 25 de julio de 1931 con un partido entre la Cultural Almeriense y el Málaga. El campo de fútbol no tardó en  convertirse en el único recinto de Ciudad Jardín con actividad, ya que las obras se detuvieron por falta de recursos económicos a finales de 1931.  El ansiado barrio marítimo de Ciudad Jardín se fue transformando en un arrabal fantasma. Los pequeños chalés sin habitar y las viviendas que se quedaron en el esqueleto por falta de presupuesto destacaban como un anacronismo en aquel escenario donde no había llegado la luz eléctrica y donde todavía reinaba la vega, sus huertos y sus establos y ese entramado de boqueras que iban a parar al mar. 


Los niños de Almería de los años treinta disfrutaron de aquel barrio a medio hacer, de la libertad de sus casas vacías y de sus calles sin gente, y sobre todo, de su campo de fútbol por el que pasaron todos los equipos callejeros. El de Ciudad Jardín no era el único recinto oficial donde se jugaba al fútbol. Todavía estaba funcionando el campo de Naveros, en la playa, al lado del Balneario de San Miguel, y el campo de Regocijos, donde había jugado un partido el mítico portero Ricardo Zamora, un enorme descampado donde en los días de feria se corría un toro de fuego y donde en los inviernos paraban los circos ambulantes que venían a la ciudad. También se jugaba en la playa de las Almadrabillas y en la anchura del puerto, en esos meses después de la faena de la uva en la que el muelle y la zona de los tinglados se quedaban desiertos a merced de los niños.



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