El Lugarico: Un símbolo, la casa de Correos

Pasó a ser el estandarte de la paulatina, grosera e implacable destrucción urbanística

Edificio de Correos en la capital.
Edificio de Correos en la capital. La Voz
Francisco Giménez-Alemán
11:12 • 26 jun. 2021

No sé si existe algún premio internacional para la arquitectura horribilis, pero de haber existido



seguro que se lo habrían concedido al espantoso matroteto que en la plaza de Juan Casinello vino –en mala hora- a sustituir a la antigua casa de Correos, un elegante edificio diseñado por el eximio arquitecto Trinidad Cuartara y construido para colegio a finales del siglo XIX.



Es incomprensible que el Ayuntamiento de los años sesenta autorizase semejante adefesio en la arteria principal de la ciudad, y más difícil de entender aún que se diese vía libre a la demolición del caserón escolar donde, por cierto, cursó estudios un niño granadino llamado Federico García Lorca, más tarde gloria de la poesía universal.



Hace unos días este periódico anticipó la esquela de defunción del edificio, que además padece aluminosis, adquirido por el Ayuntamiento por más de un millón de euros, aunque la Sociedad Estatal Correos y Telégrafos debió donarlo a la ciudad como desagravio a tantos años de maltrato al paisaje urbano. Con su demolición se pondrá punto y final a un episodio que se engloba en la serie de agresiones a la Almería de casas bajas y especialmente al Paseo donde el único inmueble más alto era el de la Peña junto a la plaza circular de Emilio Pérez. Confiemos en que esta vez se acierte y que el resultado embellezca esa tan particular placita de donde también desapareció el templete de la música  diseñado por el gran arquitecto Guillermo Langle.



El caserón de Correos pasó a ser el estandarte de la paulatina, grosera e implacable destrucción urbanística de Almería, acosada por la especulación y la ausencia de criterios razonables en el Ayuntamiento. ¿Cómo se pueden permitir construcciones de seis o siete pisos en las Cuatro Calles, en la plaza de Bendicho y en tantos recónditos lugares del casco viejo donde literalmente no caben? Aunque ya solo podemos llorar sobre la leche derramada, conviene tomar buena nota de los atentados que ha padecido la ciudad para que la Concejalía de Urbanismo extreme las normas sin miedo a ser acusada de severa.



Falta de sensibilidad



Un somero repaso al callejero heredado de la posguerra nos hace ver con cuanta falta de sensibilidad ha ido creciendo la ciudad en altura, cuando las soluciones estaban en el ensanche urbanístico como se hizo acertadamente años después. Calles como la rambla del Obispo Orberá, Alcalde Muñoz, plaza de santa Rita y todas las trasversales del Paseo y sus aledañas, Javier Sanz, Zaragoza, García Alix, Minero, San Leonardo, Juan Lirola y otras tantas doblaron o triplicaron su edificabilidad en vías que hasta entonces solo habían soportado una menor densidad de población.



Recuerdo muy bien el viejo edificio de Correos porque iba con alguna frecuencia a ver a mi tío Pepe Giménez, funcionario del Estado y persona generosa con sus sobrinos a los que siempre obsequiaba con algunos de aquellos billetes de una peseta con la efigie de Don Quijote. Generalmente la invertía en cromos de la colección del momento, siempre al día en el quiosco de Conde Ofalia (vulgo Plaza de los Burros), que taponaba una de las entradas a los refugios de la guerra. Y si era ya la hora del aperitivo, mi tío me invitaba a un refresco en La Granja Balear donde invariablemente se reunía con sus amigos Enrique Estévez, Luis McLelan y Ricardo Ochotorena.


En mis primeros recuerdos de niño está la imagen de la gente puesta en pie brazo en alto al paso de un entierro. Luego supe que era obligatorio cuando se trataba de un caído de la guerra civil, aun

muerto años después. La Granja La Granja era la cervecería de moda en el Paseo. Estaba donde hoy se ubica CajaSur. Justo delante, el quiosco Bonillo era el principal punto de venta de la prensa, a donde acudía a diario a por el ABC (80 céntimos de peseta) para mi padre, y una vez a la semana a por el España de Tánger para mi tío Pepe. Era este un periódico que había fundado el gran crítico taurino Gregorio Corrochano y a cuya redacción pertenecieron, entre otros, Juan Antonio Cabezas, Antonio Colón y Eduardo Haro Tecglen, con los que coincidí profesionalmente muchos años después.


Por aquel tiempo se instaló junto a La Granja la heladería Los Italianos, que se haría célebre en Almería por la deliciosa variedad de su carta y de manera especial por el limón granizado que muchas familias se llevaban en termos para refrescar las tardes de verano y la merienda de los toros. Y justo al lado, cómo olvidarlo, la biblioteca Villaespesa, dirigida por Félix Merino, en cuyo primer piso nos prestaban libros en un impagable servicio de lectura gracias al cual desde mi primera juventud estuve metido de lleno en los clásicos de la Literatura Española, bien es verdad que eran tiempos sin móvil ni televisión. Un poco de extranjis te dejaban alguna edición prohibida como La Regenta, de Clarín.


No sería mala idea que nuestro Ayuntamiento pensase en dar al viejo espacio de la Casa de Correos algún uso multidisciplinar en el que no faltase un gran centro de Cultura en pleno corazón de la ciudad.


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