Cómo fue muriendo la calle Mariana

Hasta los años 70 llegó a ser una calle con fuerza comercial, al abrigo del Ayuntamiento

En la imagen de la calle Mariana, la fachada amarilla del estanco viejo y al lado, la academia de las máquinas de coser de la familia Verdejo.
En la imagen de la calle Mariana, la fachada amarilla del estanco viejo y al lado, la academia de las máquinas de coser de la familia Verdejo.
Eduardo de Vicente
20:09 • 02 jun. 2021 / actualizado a las 07:00 • 03 jun. 2021

La calle Mariana era la prolongación de la calle de las Tiendas. Tenía la fuerza que le daban sus negocios, al abrigo de esa corriente de vida que generaba el Ayuntamiento.



No había una calle más transitada que la de Mariana, ni tampoco más madrugadora. El despertador de los vecinos era entonces el olor de la harina y el aceite hirviendo que salía de la churrería de Miguel Expósito, que se iba mezclando en el aire con el aroma a café recién hecho del bar ‘El Paso’ y con el perfume de los bollos de azúcar que nos regalaba cada mañana el obrador de la confitería ‘La Flor y Nata’.



Además, a esta sinfonía de buenos olores se unía a primera hora el de las tortas de manteca de la panadería de Carolina Montes, que durante años formaron parte del desayuno de los niños en el recreo del colegio.



En verano, el éxtasis pituitario era total con el aroma de los helados recién elaborados de la familia Adolfo, que en los días de feria abría a las nueve de la mañana para aprovechar el tirón de las dianas de gigantes y cabezudos, que entonces se celebraban a diario. Cuando los muchachos, con la paga en el bolsillo dejaban la careta o el gigante en el Ayuntamiento, corrían en busca de la horchata y del limón granizado para refrescarse después del esfuerzo.



Unos cogían el camino de la heladería, otros se paraban antes en la confitería de don Ángel para comprarse un bollo o acababan en la barra de ‘El Paso’ con un café y una porra de churros de Miguel Expósito.



En las noches de agosto, cuando en la Plaza Vieja se organizaban los festivales, la heladería no cerraba hasta las doce y para poder comprar un humilde polo de naranja había que guardar la cola reglamentaria.



Había otro olor característico por el que cualquiera podía saber que estaba en la calle de las Tiendas, incluso con los ojos vendados. Era el olor a cola y a betún que nos regalaba el portal de Manuel Salinas, el zapatero remendón que trabajaba siempre con la puerta abierta, sentado en un viejo taburete de madera en un habitáculo que no tenía más de un metro de anchura. En medio de una montaña de zapatos, rodeado de latas, navajas y brochas, el zapatero trabajaba doce horas al día compartiendo su oficina con cualquier cliente que buscara un rato de conversación. El taller de Manolo tenía vocación de redacción de periódico, ya que por allí pasaban todas las noticias del barrio.



En esa misma acera estaba la joyería ‘Platino’, del señor Arcadio, la farmacia y la academia de bordado de la familia Verdejo, donde iban las muchachas a aprender a manejar las máquinas de coser. En el frontal de la puerta tenía un letrero en rojo donde anunciaba la marca Sigma, que era una de las más importantes del mercado en aquella época. Nada más embocar la calle, si no pasaba ningún coche, uno podía escuchar la música monótona de las máquinas de coser, que fue la banda sonora de la calle durante varias décadas.


Junto a la academia de costura aparecía el estanco de la familia Alcaraz, con su fachada pintada de amarillo y aquellas viejas estanterías de madera donde las cajetillas de tabaco parecían reliquias que el tiempo había ido olvidando. Recuerdo que los viernes por la tarde se formaban colas delante del mostrador para echar la quiniela, que entonces era un fenómeno multitudinario. Todos jugábamos al 1x2, soñando con llevarnos una de catorce resultados. En aquel tiempo el estanco era un negocio redondo porque tenía asegurada la clientela de los empleados municipales, tanto con el tabaco como con los sobres y los sellos, y el chorro de vida que le llegaba directamente desde el barrio de las Perchas, donde hasta los perros fumaban.


A comienzos de los años setenta no había un solo local libre en la calle Mariana y parecía imposible que aquel pequeño universo pudiera venirse abajo algún día. Parecía imposible, pero sucedió. Lentamente fueron cayendo sus negocios. Un día, el zapatero encontró un local más amplio y se mudó a la calle de Cervantes, dejando vacío su portal. También cambió de escenario el estanco, aunque siguió en la misma calle. Después le llegó la hora a la academia de las máquinas de coser, cuando las muchachas encontraron nuevos horizontes laborales. Un día echó el cierre el sindicato de la aguja de doña Carmen Góngora y aquel caserón que dignificaba la calle se quedó sin aliento. Cerró la panadería, el churrero, el bar, la heladería, la joyería, la farmacia y allí no quedó mas superviviente que el estanquero y el bueno de don Ángel Berenguel con su vieja confitería.


Sin los comercios que le daban la vida, los propios edificios se fueron marchitando y la noble calle Mariana se fue desmoronando como esos viejos decorados de las películas que se quedaban a merced del viento.  El golpe definitivo le llegó hace veinte años, cuando empezaron a quedarse vacías las dependencias municipales y el Ayuntamiento comenzó a quedarse vacío.


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