La pequeña revolución de los ‘Spar’

El lema de la cadena era “una tienda Spar cerca de su domicilio”

Un día dejé de ser el hijo de Miguel el tendero para convertirme en el hijo de Miguel el del Spar. Empezaba un nuevo tiempo y los humildes comerciantes de los barrios, con sus negocios familiares, tuvieron que adaptarse a  la nueva época, uniéndose a una cadena multinacional que les iba a permitir a los minoristas ser más competitivos y estar mejor preparados ante la llegada de las grandes superficies comerciales que estaban al caer.


El gran temor de muchos de aquellos tenderos de los años sesenta y setenta era que su tienda cercana y amable dejara de ser rentable y que sus hijos no pudieran salir adelante ni estudiar esa carrera que fue el sueño de cientos de comerciantes de aquella época. Ese afán de que sus hijos estudiaran y tuvieran la oportunidad que a ellos les había faltado, fue la ilusión colectiva de las familias de entonces, desde el tendero al lechero, desde el carpintero al mecánico de coches, desde el funcionario de Correos hasta dependiente de una tienda de ropa.


La ciudad, a comienzos de los años sesenta, era una colmena de pequeños comerciantes, de tiendas que habían superado la travesía del desierto de la posguerra y habían progresado a fuerza de sacrificio. En cada manzana había uno de aquellos negocios familiares que formaban parte de la vida de la gente. Eran la despensa de cada casa, el sitio de confianza donde las mujeres compraban sin dinero hasta que podían pagar cada primero de mes. 



La tienda era el lugar más visitado durante el día: se iba por la mañana a hacer la compra mayor, se iba por la tarde a la hora de preparar la cena y a veces se iba de noche si faltaba algún artículo indispensable. Entonces nos parecía que las tiendas tenían la obligación de estar siempre de guardia, como si los tenderos tuvieran el deber de vivir y morir pegados al mostrador, pendientes de los olvidos de su clientela. 


Estábamos tan acostumbrados a verlos dentro del negocio, envueltos en su aroma de embutidos y verduras, que cuando nos encontrábamos con el tendero en la calle, en la iglesia el día de alguna Primera Comunión o en un entierro, nos costaba reconocerlo.



En las tiendas de barrio se almacenaban también las noticias. Uno podía enterarse de la vida de su vecino pasando por la tienda a la hora de las tertulias, que solían ser permanentes. En la tienda se hacían encargos y se dejaban los recados cuando alguien faltaba de su casa: “Si no estoy déjelo usted en la tienda”, era una frase muy utilizada. 


Las tiendas de barrio sobrevivieron durante décadas con sus formas antiguas de entender el comercio y las relaciones personales, hasta que en los años sesenta se inició un proceso de modernización para adaptarse a los nuevos tiempos.


En 1961 la marca Spar empezó a instalarse en Almería. “Spar es la unión voluntaria de comerciantes de comestibles, una gran comunidad de venta creada para ofrecer al ama de casa las mayores ventajas posibles”, pregonaba en sus mensajes publicitarios.


El lema de la cadena era “una tienda Spar cerca de su domicilio”, por lo que emprendió una gran  campaña de captación de socios por todas las pequeñas tiendas de los barrios. En menos de un año ha ya había cuarenta tenderos inscritos a la nueva cadena de alimentación, que no sólo les ofertaba precios más rentables, sino que colaboró con muchos negocios a la modernización de sus instalaciones  con la llegada de las cajas registradoras que sustituían a los viejos cajones donde se guardaba el dinero y la generalización de los frigoríficos que enterraron a las neveras de hielo. 


Las tiendas de ultramarinos cambiaron sus gastados carteles que colgaban de las fachadas por el símbolo de Spar y los nuevos comercios se fueron extendiendo como la pólvora por la ciudad. En cada barrio nuevo que surgía en las zonas de expansión aparecía un Spar antes de que estuvieran terminados los bloques de edificios. En el Zapillo, en las 500 Viviendas, brotaban los comercios Spar en los bajos de los pisos en construcción. 


En 1963, cuando la calle Doctor Giménez Canga Argüelles empezaba a crecer, pasando de ser un paraje de Vega al otro lado de la Rambla a una barriada moderna, el primer negocio que surgió de los nuevos edificios fue el Spar de José Álvarez.


Uno de los mayores éxitos que tuvo la nueva cadena de alimentación a la hora de captar clientes, fue la puesta en marcha de un sistema de regalos mediante el reparto de puntos. Por cada compra el cliente se llevaba unos sellos que iba pegando en una cartilla; una vez rellena, le daba derecho a pedir un regalo y a participar en el sorteo de grandes premios que en algunos casos llegaron a rozar el millón de pesetas.   


Media Almería coleccionó los famosos puntos y rellenó cartillas durante años para llevarse juegos  de toallas, cuberterías, molinillos de café o aparatos de radio, que eran los premios más asequibles. Fueron muy nombradas en la ciudad las dos mil pesetas que ganaron en 1963 dos señoras con los deseados puntos de Spar.



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