Los cinco magníficos de la Iglesia almeriense

Eran la crema de la intelectualidad clerical: fundaron órdenes, periódicos, escribieron libros

De izquierda a derecha: Joaquín Peralta Valdivia, Juan Cuenca Carmona, Federico Salvador Ramón, Pío Navarro Moreno y Diego Ventaja Milán.
De izquierda a derecha: Joaquín Peralta Valdivia, Juan Cuenca Carmona, Federico Salvador Ramón, Pío Navarro Moreno y Diego Ventaja Milán.

Ninguno de estos cinco almerienses del pasado sonríe abiertamente ese día de 1920 en Granada. Posan como contenidos ante el fotógrafo, como dando a entender que ese retrato puede ser el principio de algo. Una foto es un mundo de información de lo que se ve y de lo que no se ve, de lo que pudo haber antes y de lo que vendría después, aunque ellos, en ese instante detenido en un parpadeo, ni lo intuyeran. 


Son protagonistas de un tiempo en el que la Iglesia estaba plenamente consolidada en los distintos ámbitos de la vida social de la provincia, sobre todo en la  enseñanza, donde los colegios religiosos habían adquirido un gran notoriedad; son ‘los cinco magníficos’ de la Iglesia de Almería, la creme de la creme clerical de ese tiempo modernista, de esos años de cierta ruptura con lo viejo (hay quien dijo que los 20 fueron como los 60 anticipados). 


Aparecen ahí, como un repóquer de príncipes de la iglesia, con sus manos suaves  aferradas a las largas sotanas, con sus zapatos faltos de lustre, con las filigranas y volutas de los arcos de herradura detrás. Es un rincón de la Alhambra, ese palacio levantado en tiempos de  esplendor de un credo rival del suyo, donde han hecho un alto para descansar y recibir el fogonazo esos cinco sacerdotes almerienses. Cada uno tendría ahí sus aspiraciones, sus anhelos, que en parte cumplirían y en parte no; cada uno dejó una huella que se ha ido difuminando inevitablemente con el tiempo. 



Pero en ese tiempo ya amarillo eran cinco doctores,  los cinco pilares donde descansaba la mayor parte de la grandeza intelectual del catolicismo almeriense de los años 20 cuyo influjo aumentó aún más con la llegada inminente del primoriverismo. Una intelectualidad que empezó a  fraguarse con el obispo Villalán y que tenía, en ese momento, como último eslabón,  al canónigo Bartolomé Carpente Rabanillo, ferviente propagandista católico. 


El primero que asoma por la izquierda, con unas lentes redondas, es Joaquín Peralta Valdivia, natural de Laujar, uno de los principales escritores y poetas de la Iglesia almeriense. Estudió la carrera en el Seminario de Almería y se licenció en Teología. Fue párroco de San Roque, canónigo penitenciario de la Catedral a partir de 1907 y perteneció al Consejo de Administración del Monte de Piedad. Pero donde más a gusto nadaba era en el mar de las letras, en la creación literaria, dando a la luz obras en prosa como El sagrado Viático, Memoria del Culto a la Virgen del Mar, Sermón en las honras fúnebres de don Carlos Navarro Rodrigo; novelas como Flor del Alba, Nica o La Cruz del Honor y libros de poemas como el Sauce de la Virgen o Granos de Incienso, quizá la más celebrada.



El crítico David Estevan escribió de Peralta que “era un prócer de la lira castellana envuelto en una humilde sotana”. El redactor jefe del diario Yugo, Manuel Soriano, lo tuvo siempre como su gran maestro. A continuación aparece Juan Cuenca Carmona, nacido en Garrucha y rector del Seminario de San Cecilio de Granada, fue también canónigo y arcipreste de la Catedral y párroco de Padul. Fue el más longevo de todos los que aparecen al  fallecer en 1963 con 87 años.


Detrás, emerge la imagen de Federico Salvador Ramón, un robusto peón de la historia de la Iglesia almeriense a través de los siglos. Fue director de La Independencia cuya redacción estaba en la calle Eduardo Pérez. Su labor más extraordinaria a lo largo de su vida nació  de su afán evangelizador que le llevó a fundar en México y trasladar a España la orden de las Esclavas de la Divina Infantita, con sede en Instinción, el pueblo de su familia.


Don Federico llegó a México en 1901 donde fundó primero la Hermandad de los Sacerdotes Operarios, convirtiéndose en un antecedente de aquellos curas obreros que afloraron en la España democrática muchas décadas después. Recorrió durante años el Estado azteca de Guerrero, pueblo a pueblo, y junto a la religiosa Rosario Arrevillega creó la congregación mariana de la Divina Infantita. Al volver, marchó a Granada como capellán de las isabelas, monjas de clausura, renunciando a una canonjía, un tiempo en el vivió en El Albaicín y dormía en el suelo. También vivió junto al torno de la puerta de las Puras de Almería. Fundó casa de las Esclavas en Instinción y en El Ejido y fue cura en Alhama y en Dalías y consiguió que en 1921 el papa reconociera la Orden. Falleció en un nuevo viaje a Tijuana en 1931 y está enterrado en el cementerio de San Diego, en California. Su obra se extendió por diez países.


A continuación, sentado, se ve el mayor del grupo: Pío Navarro moreno, presbítero  velezano, canónigo y chantre de la Catedral -antes había sido paje del obispo Orberá- quien fundó el Semanario Católico La Paz. Fue párroco de la Iglesia de San Sebastián en 1914, de Gádor y fue socio de la Asociación de la Buena Prensa y abrió en su pueblo natal una delegación de la Cruz Roja. Fue detenido ya anciano, en 1936 y asesinado y enterrado en el pozo de Cantavieja (Tahal) tras recibir un tiro. 


El que cierra el cuadro es Diego Ventaja Milán, quizá el más conocido, el obispo mártir de Almería, con rostro juvenil y aspecto fibroso, quien nació en Ohanes en una familia de humildes parraleros. Se hizo a sí mismo en Granada, donde cursó carrera en el Colegio del Sacromonte. Entró de educando y salió de obispo de Almería. En el interín cursó estudios en Roma,  fue nombrado canónigo y capellán, pero siempre quiso volver a su tierra. Y volvió por todo lo alto, como mitrado, con un recibimiento apoteósico el día del Carmen de 1935, con Almería entera recibiéndole en la calle. Solo duró un año su prelatura: un día de agosto del 36 lo detuvo en el Palacio Episcopal -del que había tenido la oportunidad de huir- una partida de milicianos y lo llevaron a la prisión de Las Adoratrices y de allí a fregar la cubierta del barco Astoy Mendi. Hasta que una noche se lo llevaron en una saca y lo asesinaron en el Barranco del Chisme de Vícar. Tenía 56 años. 

 

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