Las barracas de la carne y el repeso

Casi todas las barracas del Mercado Central estaban ocupadas por los carniceros

La barraca de carne de la familia Pardo en una mañana de bulla. Eran los primeros años sesenta y el Mercado Central se convertía en un gran zoco.
La barraca de carne de la familia Pardo en una mañana de bulla. Eran los primeros años sesenta y el Mercado Central se convertía en un gran zoco.

Durante años, en el piso superior de la Plaza de Abastos reinaban los carniceros, que ocupaban la mayoría de las barracas alrededor de todo el perímetro: la familia Pardo, la saga de los Díaz, Luis Gálvez, Manuel Cruz, Rafael Martínez, Rafael López, Francisco Úbeda, Modesto Molina, Antonio Rodríguez, Manuel Mateus, Juan López y Julio Escamilla, eran algunos de los nombres que vendían la carne hace sesenta años.


Todas las mañanas, a primera hora, el carro de la carne llegaba puntual desde el matadero. Era un viejo carro de madera tirado por un caballo y conducido por José Gómez, que durante años fue el auténtico auriga de la carne. Una parte del género que llegaba desde el matadero era transportado directamente a las barracas para su venta inmediata y otra pasaba a las entrañas de la Plaza, al sótano donde estaba ubicada la cámara frigorífica. La cámara era privada y cada carnicero tenía que pagar según el número de reses y por los ganchos que utilizara. 


Ligado al negocio de la carne estaba la habitación del repeso. Era el refugio de los municipales, el escenario donde estaba la balanza que confirmaba o desmentía los pesos de los vendedores. Un cliente tenía derecho a repesar su compra si así lo estimaba oportuno, e incluso se daba el caso de que eran los propios guardias los que a veces le ofrecían a los compradores la posibilidad de comprobar que no lo habían engañado en un solo gramo. 



También formaba parte de aquella gran tramoya el veterinario de guardia, que tenía su despacho en la entrada, para velar por las buenas condiciones de la carne. Nombres como los de Francisco Colomer, Juan Enrique, Juan Giménez, Victor Colomer, Diego Marcos, Faustino Rodríguez, Enrique Collado y Baltasar Ramírez, están ligados a la vida del Mercado Central a lo largo de varias décadas.


La vida de la Plaza era intensa en aquellos tiempos y sus inquilinos no sabían lo que eran unas vacaciones, ya que se abría hasta los domingos. Los carniceros descansaban por las tardes, si la actividad se lo permitía, y volvían a la barraca todos los días de la semana salvo algún festivo especial.



No fue hasta el mes de febrero de 1961 cuando se planteó en serio el descanso de los domingos. La comisión de abastos emitió un informe proponiendo el cierre dominical de los mercados de la ciudad. Un mes después fue aprobado, acordándose el cierre de todos los mercados los domingos, con la sola excepción de la Plaza del Pescado, que permanecería abierta desde las nueve a las trece horas. Con el fin de asegurar suficientemente el abastecimiento público se dio luz verde para que los mercados que tenían que cerrar los domingos pudieran abrir sus puertas los sábados por la tarde. El cierre dominical se hizo extensivo a todas las fruterías y carnicerías de Almería, que en aquellos tiempos también solían abrir los siete días de la semana, sobre todo en los barrios, donde la relación entre tenderos y clientes era más cercana. 


Las nuevas normas se pusieron en vigor en marzo de 1961. Cerraron los mercados salvo el del pescado, que continuó abriendo los domingos, pero sin rentabilidad. Al estar cerrada la Plaza, el flujo de gente que a diario acudía al Mercado Central se quedó reducido a la mínima expresión. Los puestos del pescado se quedaron aislados en medio de la soledad del domingo y un mes después también tuvieron que cerrar sus puertas. 


La obligatoriedad del descanso dominical tuvo una buena aceptación por los vendedores de la Plaza, pero hizo mucho daño a las pequeñas tiendas de los barrios que necesitaban abrir todos los días para salir adelante.


Todavía, en los años sesenta, era raro encontrar una calle donde no hubiera al menos un comercio de ultramarinos de los que estaban abiertos permanentemente. Eran negocios familiares que sólo descansaban a la hora del almuerzo y para dormir, pero que estaban siempre disponibles. Como la mayoría de los tenderos tenían su casa en la trastienda o al lado del negocio, era habitual que sus clientes acudiesen a deshoras si habían olvidado algo. Le tocaban en la puerta y el tendero los atendía sin mirar el reloj aunque fuera la hora de la siesta o de cenar. Eran tiempos en los que la compra se hacía dos veces al día: la gente iba a la tienda por la mañana para comprar la comida del almuerzo, y después, a la caída de la tarde, volvían al establecimiento para preparar la cena.


Cuando en marzo de 1961 las tiendas de barrio tuvieron que cerrar los domingos, algunas lo hicieron con resignación, pero otras optaron por seguir abriendo, aunque fuera a hurtadillas, sabiendo que se jugaban el castigo de una multa que podía echarles abajo su pequeño negocio.


Fueron los tiempos de la temida fiscalía, del miedo al inspector municipal que con el anonimato de un agente secreto se presentaba por las tiendas los domingos por la mañana haciéndose pasar por un parroquiano más. Fueron los tiempos de la venta clandestina, del negocio oculto con la persiana medio abierta, del recurso de la puerta de atrás, del niño vigilando en el tranco por si llegaba algún tipo sospechoso.



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