El sufrido oficio de la madrugada

En 1974 un profesor nos llevó al puerto pesquero para conocer la dureza del trabajo

Dos niñas, vencidas por el cansancio, esperan con una olla en el suelo la llegada del pescado al puerto pesquero.
Dos niñas, vencidas por el cansancio, esperan con una olla en el suelo la llegada del pescado al puerto pesquero.
Eduardo de Vicente
19:11 • 13 may. 2021 / actualizado a las 07:00 • 14 may. 2021

Había una edad en la que eras un niño pero ya te empujaban a pensar como un adulto. Había una edad en la que la pregunta aquella de qué vas a ser de mayor perdía su inocencia y te perseguía como una sombra allá donde fueras. 



Hace cincuenta años tenías que pensar deprisa y decidir tu futuro cuando llegabas a los trece o catorce años, sobre todo aquellos que no funcionaban en los estudios y no podían permitirse el lujo, tan extendido hoy, de vivir con los brazos cruzados bajo el amparo de los padres. 



Recuerdo a un viejo maestro del colegio, un sabio de la vida, al que solo conocíamos con el nombre de don Antonio, porque antes los maestros no tenían apellidos, que con la coartada de poner en marcha el método de aprendizaje de la observación directa, que a comienzos de los años setenta estaba empezando a ponerse de moda, nos embarcó a toda la clase en la aventura de ir una mañana al puerto pesquero para conocer cómo funcionaba aquel universo tan desconocido para los niños que no sabíamos nada del oficio de la mar. 



El pretexto de la excursión era conocer el mundo que rodeaba la pesca, una actividad tan importante en Almería, pero detrás de aquella experiencia se escondía otro motivo más importante que empujó al maestro a sacarnos del aula una mañana de sábado a esas horas en las que debíamos de estar metidos en la cama. La lección no se reducía a que conociéramos un oficio, sino a que descubriéramos por nuestros propios ojos lo duro que resultaba para muchas familias ganarse el pan que se comían todos los días. Mientras que nosotros dudábamos si seguir estudiando o buscar una profesión lo más cómoda posible, había hombres, mujeres y hasta niños que tenían que trabajar de madrugada para poder comer.



La excursión al puerto pesquero fue una auténtica aventura y un gran descubrimiento para muchos de nosotros. Atravesar mientras amanecía los dos parques y sobrepasar la esquina del puerto, donde nuestros padres no nos dejaban llegar, fue toda una aventura y mucho más descubrir aquella extraña ciudad que todos los días, como por arte de magia, se levantaba alrededor de los barcos de pesca durante un par de horas. Todo sucedía de prisa, como en los sueños: la llegada de las barcas entre la niebla del amanecer, el desembarco de las cajas con la mercancía, el ritual de la subasta y la aparición en escena de los pequeños vendedores, de aquellas mujeres que con sus cestas de mimbre se llevaban las sobras para venderlas por las calles, y de los menores de edad que tenían que echarle una mano a sus padres para que el sacrificio fuera rentable.



Había marineros con las huellas del mar impresas en la cara, como si en cada viaje hubieran envejecido varios años. Hombres jóvenes que llevaban la soledad de los océanos en la mirada y que en cada anochecer se jugaban la vida para llevar un sueldo a sus casas. Había mujeres enlutadas a las que la juventud se le había pasado de largo, que esperaban los restos de las ventas para cargar sus cestas y tirarse a las calles a vender casa por casa. Había niños que habían pasado de puntillas por la escuela y que habían tenido que abandonar su mundo de juegos y muñecos para ser adultos antes de tiempo y aprender el oficio.  Había hombres de negocios que sabían de cuentas, que se iban repartiendo la mercancía para llevarla a los grandes mercados, y había viejos marinos que ya no tenían edad para embarcarse, pero que necesitaban seguir respirando el mar y seguir sintiéndose pescadores, y que cada mañana acudían antes de que amaneciera a compartir con los amigos del oficio el ponche y el café en las barracas del puerto pesquero y que durante el día se ganaban unos duros en la explanada del muelle remendando y limpiando las redes. Había negocio, sacrificio y también miseria. Recuerdo la impresión que nos causó la presencia de personas muy pobres que esperaban su turno en medio del tumulto del negocio para llevarse un papel lleno de limosnas con el pescado que no se podía vender porque había llegado malherido de la faena.  



Al lunes siguiente, el maestro hizo una puesta en común para que fuéramos contando aquella experiencia en el puerto pesquero. Antes de terminar la clase, nos habló de la suerte que teníamos de que nuestros padres se esforzaran tanto para que pudiéramos estudiar y tener un futuro asegurado. Nosotros, que tanto nos quejábamos de las tareas y de la diciplina del colegio, éramos unos auténticos privilegiados sin saberlo.




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