La aristocracia de ‘ Los Coheteros’

Hay un rincón en Almería que recuerda cómo era la vida en los patios hace sesenta años

Una partida de gatos reina a sus anchas en uno de  los rincones que componen el Hoyo de los Coheteros.
Una partida de gatos reina a sus anchas en uno de los rincones que componen el Hoyo de los Coheteros. La Voz

Hay un rincón en Almería que recuerda cómo era la vida en los patios hace sesenta años. El Hoyo de los Coheteros es un gran patio de vecinos que ha sobrevivido a las garras más fieras del progreso que fue transformando el entorno del Quemadero y del Cerro de las Cruces en una colmena de edificios sin esencia ni personalidad.


El Hoyo de los Coheteros aparece como un milagro al volver una esquina en el Paseo de la Caridad. Es como una huella de otra época, el último lugar habitado donde los vecinos mantienen viejas costumbres de convivencia, donde todavía se tiende la ropa en la puerta de las casas sabiendo que nadie te va a quitar un trapo, donde por las tardes los vecinos se sientan en las puertas a tomar el fresco y donde los ruidos de la ciudad llegan apagados, como un eco lejano. 


En este escenario, tan fuera de contexto, resiste una aristocracia pretérita, hijos y nietos de antiguos vecinos que se negaron a dejar sus raíces cuando en los años ochenta aquel entramado de casas humildes y de cuevas se fue despoblando. Todavía se puede ver la huella de lo que fue: las cicatrices de las cuevas están impresas en las paredes del cerro, aunque ya estén selladas, y también el habitáculo donde estaba el retrete.



La historia del Hoyo

El Hoyo de los Coheteros tenía un váter comunitario, donde coincidían los vecinos a la hora de hacer sus necesidades, por lo que a veces había que hacer cola para ponerse en paz con el aparato excretor. En aquel entorno no había secretos, se vivía como en familia, todo el mundo se conocía y todo el mundo sabía quién tenía el estómago ligero .



Otra característica de este peculiar rincón es su limpieza. Son los propios vecinos los que barren las puertas a diario y los que baldean el suelo a la hora de la fresca. Un halo de pobreza digna envuelve toda la manzana, que contrasta con el abandono que presenta el otro hoyo del barrio, el de las Tres Marías, a pocos metros de distancia. Mientras que el Hoyo de las Tres Marías oculta su decadencia tras las casas del Paseo de la Caridad, el Hoyo de los Coheteros emerge con una blancura desafiante, remozado y cuidado. 


Hasta hace cuarenta años, esta zona formaba un pequeño barrio poblado por familias humildes que tuvieron que abandonar sus casas cuando el cerro, resquebrajado por las lluvias, empezó a ser una amenaza. Muchas de aquellas gentes acabaron en el Puche. El Hoyo de las Tres Marías era entonces más extenso que el de los Coheteros y llegó a contar con una población cercana a los trescientos vecinos. Llegó a ser conocido con el arrabal de los traperos, porque no había un barrio  donde viviera tanta gente dedicada al oficio de la trapería como en el Hoyo de las Tres Marías, donde la mitad de sus habitantes se dedicaban al duro oficio de ir por las casas recogiendo los trapos  viejos y los objetos usados.



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