Agradecimiento al Hospital Torrecárdenas de Almería: “Curan y aman”

“Han salvado la vida de marido, padre, abuelo y amigo para muchísimos”

Sanitarios con EPIs atienden a un paciente con Covid-19.
Sanitarios con EPIs atienden a un paciente con Covid-19. La Voz

Nunca será suficiente el agradecimiento al equipo sanitario del Hospital Torrecárdenas. 


Han salvado la vida de marido, padre, abuelo y amigo para muchísimos. No hay palabras para describir la eficacia, entrega, profesionalidad, equipos, la medicación más avanzada de última generación. La inmediatez, en épocas de presión hospitalaria. Y mucho más.


Admiro a algunos políticos, escritores, cantantes, profesionales, pero todo cambia, cambian nuestros valores y conceptos, las situaciones, nuestras ideologías sociológicas y políticas... Pero no cambiará nunca, y ahora y siempre estará de rabiosa actualidad la frase que pronunció el insigne filósofo Platón, 428 A.D.C: “Donde quiera que se ame el arte de la Medicina, se ama también a la humanidad”.



Contar nuestra experiencia sería injustamente intrascendente porque por desgracia somos muchos los que pasamos por el drama de tener a un ser querido con la enfermedad del covid-19, esta tragedia que está golpeando al mundo.


Sirva este modesto artículo como homenaje a los sanitarios. A todos, a los administrativos del Hospital, mantenimiento, personal de limpieza, etc. Aunque tengo que decir, que mi vivencia y testimonio directo han sido los del Hospital Universitario Torrecárdenas de Almería.



He experimentado que tienen el poder de hacer elásticas las horas, en épocas de máximo agotamiento físico y mental por esta terrible pandemia, son capaces de curar y a su vez, pintar el tiempo para prodigar cariño a los pacientes, y hasta hacer una videollamada a la familia que convierte esos minutos en el momento más memorable de las vidas de enfermos y familiares.


Curan y aman: curar es su profesión, amar es el sagrado deber que le dictan sus conciencias. Estos sanitarios son anónimos, nadie escribirá nunca una biografía sobre sus vidas. No publicarán sus nombres, ni les darán un premio Nobel. Puede que nunca los haya visto y aunque así fuese, tampoco los podría reconocer con las mascarillas También probablemente vaya un día por el paseo, o esté en un mercado y me cruce con ellos y no sepa quiénes son. Nunca los he visto, nunca pude entrar en la UCI y máximo con esta pandemia, donde nos hemos hecho más desapercibidos e impersonales. Puede también que cuando pase este drama y pese a mis múltiples propósitos de ser mucho mejor persona, hasta se me olvide que en esa amarga temporada, consideré que todo era relativo… y... vuelva a vivir con las antiguas miserias que practicamos cuando se reanuda la rutina.


Quizás me cruce cientos de veces con ellos por Almería y no les ceda el puesto en la frutería, y haga valer mis prosaicos derechos porque he llegado antes y me tienen que despachar a mí, sin saber que en ese momento debería de echarme a sus pies a llorar y agradecerles que han devuelto la vida a quien más quiero. Sin decirles que mi casa estará siempre abierta para ellos y sus hijos. Que los quiero tanto como a mi familia y que les debo todo, absolutamente todo. Que es impagable el que le hayan dado la mano y dicho las palabras más entrañables que yo no podía decir a mi querido y aislado enfermo y él necesitaba oír en ese momento y que también son terapéuticas, que le hicieron una caricia y le agarraban con fuerza la mano y le sacaban con delicadeza y cariño las lágrimas.


Que nos informaban a la familia puntualmente de su estado, muchas veces con dolorosa e irremediable sinceridad, pero agradecíamos su rigor. Pero siempre con dulzura y compasión. Es difícil entenderlo, para quien no lo ha vivido, pero se establece una corriente de confianza entre médico y familiar que es preferible a escuchar información no exacta por dulcificar una noticia, que se comprende esta piedad pero no compensa el desconcierto e inseguridad que genera a quienes están pendientes de cada sílaba de esa información, hasta de la entonación con que se pronuncia para centrarse en la realidad, sea cual sea.


Esos ángeles vestidos de astronautas, que asumen por exclusivos motivos humanitarios que ellos, y nadie más, son lo único que el enfermo tiene en la UCI más parecido a un familiar. Y deciden ser hermanos, hijos, padres... ¡lo que haga falta! Y nos lo han devuelto a casa.


Las palabras no pueden llegar a donde quiero, de poco sirven. Sí, tengo la alegría de que sé que sois muy afortunados. Tenéis paz en vuestras almas, gozáis esa tranquilidad interior que da la mejor felicidad, porque tratáis al prójimo como os gustaría que os tratasen a vosotros. No hablo solo de catolicismo, que lo soy. Hablo también del concepto central en la ética kantiana, y de toda la ética deontológica moderna posterior. Un mandamiento autónomo (no dependiente de ninguna religión ni ideología) y autosuficiente, capaz de regir el comportamiento humano en todas sus manifestaciones, que es igualmente piedad y amor. Son, y siempre serán, un ejemplo a seguir.


Muchas, muchísimas gracias.

 

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