La tienda de Juan López, ‘el del palo’

Era el comercio principal del barrio de San Cristóbal y de la manzana de Duimovich

La histórica esquina de la tienda de Juan López León, con fachada a la calle de Antonio Vico y a la calle de Platón.
La histórica esquina de la tienda de Juan López León, con fachada a la calle de Antonio Vico y a la calle de Platón.

Donde estuvo la tienda ya no queda nada. Aquella esquina donde la vida latía hasta debajo de las piedras se la llevaron por delante las palas para abrir la nueva avenida que une la calle de Antonio Vico con la del Pósito.


Quien no conoció este rincón de la ciudad no se puede imaginar qué significó para el barrio la tienda de Juan López León, que pasó a la historia con el apodo de Juanico ‘el del palo’. 


A mitad de camino de aquella cuesta que empezaba en la Plaza del Carmen y terminaba en la cumbre del Cerro de San Cristóbal, aparecía el negocio como un oasis en medio de un desierto. Entre aquel universo de viviendas hacinadas, de familias numerosas, de vida en la calle, de pobres y clase media, surgía la tienda de Juanico para darle de comer a todos, aunque fuera ‘fiao’.



La antigua tienda de ‘el palo’ fue aguantando temporales, sobreviviendo a la modernidad que fue aplastando el barrio a fuerza de echar a sus gentes y tirar abajo sus casas. A través de ella se podría escribir la vida de todas las generaciones que se han alumbrado con su petróleo y se han alimentado con sus tabletas de chocolate negro


Anclada en el tiempo, conservaba ese espíritu familiar, de lugar de encuentro, que tenían las viejas tiendas de barrio. Había en ella un duende que revolotea en el ambiente como si fuera el alma de todas las gentes que se han dejado allí su dinero y han compartido sus sueños y sus frustraciones frente al desgastado mostrador de madera.



Salvador López Martínez fue su último propietario. La heredó de su padre, Juanico el tendero, que en 1933 la compró por mil pesetas, con vivienda incluida, un billete verde que tuvieron que reunir entre todos los miembros de la familia. Así se embarcaron en una aventura que estuvo a punto de truncarse cuando al terminar la guerra civil cayó preso y estuvo recluido en la cárcel del Ingenio. Gracias a un familiar que ‘tenía mano’ con el nuevo régimen, pudo salir en libertad y seguir al frente del establecimiento.


El apodo de ‘el palo’ no le corresponde al dueño, sino a la tienda. La gente la bautizó con este apelativo por el poste de madera que estaba clavado junto a la puerta de entrada, sujetando el cable que le daba luz a la calle.


Cuando Juan López adquirió el negocio, la iluminación de ese trozo de calle y de toda la subida al Cerro de San Cristóbal era tan precaria que cuando se metían los temporales de viento se quedaban a oscuras durante semanas. Él aprovechaba los períodos de apagones para hacer negocio y multiplicar la venta del aceite y del carbón que los vecinos gastaban para alimentar las lámparas y los carburos que utilizaban como linternas.


Juan López León, el dueño de la tienda, junto a su esposa, Juana, y sus hijos: Carmen, Juanito y Salvador, en una noche de feria.
Juan López León, el dueño de la tienda, junto a su esposa, Juana, y sus hijos: Carmen, Juanito y Salvador, en una noche de feria.

En la posguerra, la tienda tenía café y mantequilla de estraperlo. No le vendía a cualquiera, sólo a los clientes de confianza, que sabían cuál era el momento adecuado para  hacer la compra clandestina. La mejor hora era siempre cuando caía la tarde y los callejones y las esquinas se llenaban de sombras, de gente que atravesaba aquel cruce de caminos que llevaba calle abajo hacia el centro, a la derecha, por la calle Cádiz, al Quemadero, siguiendo hacia arriba a San Cristóbal, y por la estrecha calle de Platón a la zona que desembocaba en el barrio de Las Perchas, donde las casas decentes y las de tapadillo se mezclaban en una perfecta comunión, de la misma forma que en la tienda se cruzaban las esposas más recatadas con las mujeres de la vida.


En aquellos años, Juanico se especializó en el petróleo. Una vez a la semana, bajaba al almacén de Góngora, de la Puerta de Purchena, y compraba varios bidones de cincuenta litros que transportaba rodando hasta la casa. Después los almacenaba en la trastienda junto a montañas de trozos de madera que se vendían para encender la lumbre en los braseros y hacer de comer. 


Al lado de Juanico ‘el del palo’ estuvo desde que era niño su hijo Salvador, que creció escuchando estas historias de sus mayores, viendo despachar a sus padres, aprendiendo lo que era el sacrificio. A él le tocó vivir una época más dulce, sin las carencias de la posguerra. Cuando Salvador se puso al frente del negocio, los tiempos habían cambiado y la gente no pasaba tantas dificultades como en los tiempos de su padre, aunque seguía siendo habitual que las mujeres compraran ‘fiao’. Colgadas en la pared, en uno de los ganchos que también se utilizaban para sujetar los embutidos, había unas listas de papel de estraza donde se iban anotando las deudas de los clientes. Recibían el nombre de ‘motes’ porque era habitual que el tendero encabezara esas listas con el nombre de pila del deudor y al lado un seudónimo para no delatarlo ante los demás parroquianos.



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