El tiempo del tío Amadeo I de Mojácar

Era el pescaero más legendario del pueblo, quien dio nombre a toda una estirpe que aún continúa

José Amadeo, vendedor de pescado, en Mojácar, junto a los niños de la escuela en una foto de 1962 de Francisco Ontañón.
José Amadeo, vendedor de pescado, en Mojácar, junto a los niños de la escuela en una foto de 1962 de Francisco Ontañón.

El autor de la foto subió sin aliento por la Cuesta de la Fuente,  atravesó la Puerta del Lugar y se dio de bruces con la placeta del Caño. Y ahí estaba la imagen, como esperándolo; ahí estaba el tío Amadeo, almidonado por un coro de serafines detrás de su nuca; ahí estaba el pescaero más popular de Mojácar en  un día de invierno -a tenor de la pelliza que porta-  sentado en su banqueta, con su sombrero, sus capachos de esparto  y su caja con restos de jureles; ahí estaban esos infantes haciendo chanzas,  contagiados de una alegría inocente; ahí estaba el anciano, sobre el suelo empedrado, con ese gesto desairado, como preguntando al fotógrafo “pero qué intentas hacerme, bandido”. 


Y enfrente de ese cuadro costumbrista, un día del año de 1962, enfrente de esa savia nueva y vieja mojaquera, estaba Francisco Ontañón, un fotógrafo catalán, que no tuvo que ordenar a los protagonistas para que posaran, que no tuvo que estudiar ni el encuadre ni la luz.  No. Ortañón disparó la cámara, como se disparaba un Colt en el lejano Oeste, como disparaba Siquier su Rolleiflex cuando andurreaba por La Chanca: sin avisar, apuntando y disparando.


A Ontañón (Barcelona 1930-Madrid 2008) lo llamaban el fotógrafo exacto, el que no quería preparativos ni afeites, solo el relámpago de la gelatina. Fue fotógrafo de cantantes y actores durante la Transición, pero también de gente humilde y laboriosa, a la que miraba a los ojos antes de apretar el pulsador, como rogándole: “déjame que te robe el alma”. Perteneció al grupo Afal y fue quizá el que más se impregnó de aquel neorealismo tan en boga, como si sus retratados se hubieran escapado de una película de De Sica. 



Carlos Pérez Siquier contaba ayer de él, sentado en su su terracita almeriense en El Zapillo: “Hicimos algún viaje juntos a París, Ontañón fue uno de los grandes, de los que más talento tenía”.  Y qué hacía este artista de la imagen aquel día en aquella Mojácar preturística y prebikini, fotografiando a niños que ahora serán sesentones, qué hacía retratando a vendedores entrañables como aquel tío Amadeo al que no le gustaban demasiado las fotos: Ontañón se ganaba entonces la vida como reportero gráfico y había acudido a ese rincón de embrujo, antes incluso de que Carlos Almendros publicara su célebre relato de Mojácar. Se metió en la casa del tío Simón el de la Niña y lo sacó junto a una mesa camilla, reprodujo escenas de  mujeres mojaqueras cocinando gachas y de segadores en alpargatas junto al campo de Cuartillas. 


Ontañón quiso desmarcarse del  tópico tipismo, de lo que había hecho su colega Teo Cabestrano para el ABC cuando Mojácar empezaba a conocerse en los círculos madrileños como el paradigma del pintoresquismo español atrapado en el tiempo. No quiso, por eso, volver a los cántaros y a las lavanderas, a las mujeres tapadas y a los borriquillos de Ortiz Echagüe. Quiso hacer un trabajo distinto, Ontañón, más de denuncia social, y así apareció reflejado en un sólido reportaje a doble página en la revista de la época La Actualidad Española con esta foto central de Amadeo y los niños. El original se conserva en el Centro de Documentación del Museo Nacional Reina Sofía, cedido por el coleccionista Adolfo Autrich a esa pinacoteca madrileña. Una copia fue adquirida por  el artista Andrés García Ibáñez y está expuesta en su museo de Olula.



“Sólo lo útil es bello”, decía Ontañón, como útil era la labor del tío Amadeo, trayendo y llevando pescado para sus vecinos por las veredas, junto a esos escolares que seguramente habían aprovechado el recreo de la escuela colindante para mariposear por la Plaza. Ahí aparecen, entre otros actores  infantiles, Paco el Catre, María Luisa, las hermanas Gallardo Nájar, Catina, Encarna Flores y María, algunas serán ahora abuelas.


Era esa plaza la más antigua de Mojácar, antecesora de la Plaza Nueva, llena de algarabía, donde lo mismo vendía pescado el tío Amadeo que frutas y verduras la tía Paniza, donde estaba la barbería de Salvador Cintas y el telar de las Mundas -Restaurante El Palacio- donde María Artero Grima  y sus sobrinas hilaban las jarapas y abajo, extramuros de la ciudad, lucía el Torreón encalado bajo la buganvilla morada de don Ginés.


Es la foto, sin pretenderlo el autor, un homenaje a todos esos  vendedores ambulantes de antaño, a esos arrieros, a esos jornaleros de los caminos, a lecheros, panaderos, verduleros, lañaores, talabarteros, que primero fueron en bestias y después en R-4 y que hacían sonar el claxon como mensajero de su mercancía cuando llegaban a pueblos y aldeas y cuya labor era vital para el abastecimiento rural.


José Amadeo García Flores -lo bautizaron así porque nació el 10 de agosto, día de ese santo- que da nombre a toda una estirpe de mojaqueros, fue durante décadas uno de los arrieros más respetados del pueblo. Nació en 1892 y en sus años juveniles se fue de emigrante  a Francia y a América. Se casó con Rosa Morales con la que tuvo nueve hijos: Isabel, José, Micaela, María, Rosa, Ana, Ramón, Amadeo y Pedro. 


Empezó vendiendo el pescado que se capturaba frente a la playa del Lance y del Descargador, antes de la Guerra, cuando Mojácar disponía de un flotilla de jábegas, cuyo género se vendía en la Venta de Juan López, donde hoy está el Parador de Turismo. Después se hizo de una mula e iba a por pescado a Garrucha. Desayunaba un tazón de leche en su casa de la Cuesta de la Fuente y muy de madrugada aparejaba la bestia con los serones de esparto y trotaba por el camino viejo de las barranqueras a  por la sardina, el jurel y el boquerón del puerto vecino. También vendía pescado en Mojácar el tío Ventura y dos mujeres, Teresa y María, que  eran del Barrio e iban voceando la mercancía por los cortijos: “¡jurel llevo en el delantal, jurel fresco de la barca!"


De vuelta a Mojácar se iba Amadeo a esa Plaza del Caño, donde lo atrapó Ontañón, y las mujeres acudían de inmediato en griterío a por el pescado fresco que traía, como si fuese el mismísimo oro del Perú. Un kilo de sardinas a dos reales, y en los ratos de tranquilidad se arrancaba con una coplilla el tío Amadeo junto a su amigo el tío Vizcaíno, como se arrancaba con una saeta cuando veía al Nazareno aparecer en procesión por alguna calle estrecha del pueblo. Falleció en 1975, continuaron sus hijos y ahora sus nietos, haciendo lo mismo que hacía su abuelo, aquel Amadeo I de Mojácar. 


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