El luto que no perdonaba ni a las niñas

El luto formaba parte de nuestra vida cotidiana cuando había una muerte en el barrio

Tres muchachas paseando un domingo por el Parque de Almería en pleno luto.
Tres muchachas paseando un domingo por el Parque de Almería en pleno luto.
Eduardo de Vicente
07:00 • 05 abr. 2021

El luto estaba presente en nuestras vidas, porque formaba parte de nuestras casas, de nuestras calles, de nuestras costumbres más arraigadas. Nuestras abuelas iban de luto desde que sufrían la pérdida de un familiar y solo se quitaban el color negro cuando estaban dentro de las casas. 






No era sólo el luto festivo del Viernes Santo, cuando las mujeres cumplían con los preceptos religiosos vistiéndose de negro; aquél era un luto rotundo, por dentro y por fuera, que había que cumplir a rajatabla. 



Cuando en nuestra calle se moría un vecino no podíamos gritar ni armar alboroto mientras jugábamos y nos enseñaban a hablar en voz baja porque todos teníamos que guardarle respeto al difunto y a su familia. 



El luto fue una tradición que en ciudades remotas como lo fue Almería, se mantuvieron con la fuerza de una religión hasta hace apenas treinta años. El actor americano John Phillip Law que en 1967 vino a rodar la película ‘De hombre a hombre’, escribió en sus memorias la impresión que le dejó en el alma la imagen de aquellas “mujeres enlutadas hasta el cuello” que caminaban por el Paseo como si acudieran a algún extraño ritual. 



También el escritor Juan Goytisolo, cuando visitó el barrio de ‘La Chanca’, dejó constancia de esa inclinación ancestral de la mujer del sur a condenarse de por vida al luto más riguroso.Hasta la década de los sesenta, la mayoría de las mujeres mayores de cincuenta años salían a la calle vestidas de negro. La guerra repartió luto por todas las casas y la mortalidad infantil de la posguerra dejó a muchas madres jóvenes enlutadas de por vida. 



Todos conservamos en la memoria el recuerdo de alguno de aquellos lutos absolutos, de pies a cabeza, que alteraban La vida de las familias. Había un luto interior que se vivía de puertas hacia adentro. Cuando moría un familiar los hogares se llenaban de silencios y durante varias semanas se establecía el toque de queda: no se podía llegar tarde, ni hablar en voz alta, ni llevarle la contraria a los mayores, ni poner el aparato de radio para no alterar la atmósfera de misticismo que se creaba alrededor de la muerte. “Niño, rézale un Padre Nuestro al abuelo que nos está viendo desde el cielo”, nos decían antes de irnos a la cama. Y nosotros sufríamos en voz baja viendo los ojos llorosos de nuestros padres cuando volvían del trabajo y aquella cara maquillada de blanca tristeza que se les quedaba a las madres de tanta pena. 



Si la muerte del familiar ocurría cuando la mujer tenía más de cuarenta años, el luto era para siempre, aunque lo normal eran dos o tres años. Cuanto más humilde era la familia, más estricta se hacía la norma; en ‘La Chanca’, las mujeres se pasaban la vida entera enlutadas y el color negro de las ropas, mezclado con la delgadez que les dejaba la pobreza, hacían que jóvenes de poco más de treinta años parecieran ancianas de sesenta. Había un luto exterior que era además una señal de apariencia, de demostrarle a los demás la honda tristeza con la que se sentía la pérdida del ser querido. 


Las mujeres, que en las casas se relajaban con ropa de color, se enfundaban el negro hasta la cabeza aunque sólo fuera para ir a la tienda de la esquina a comprar el pan. Los hombres no estaban obligados a llevar luto. Lo normal era que durante las primeras semanas se pusieran una corbata oscura o un brazalete negro en la manga. 


De este ritual cromático que rodeaba a la muerte, se libraban sólo los niños, ellos, los varones, porque a las niñas también las enlutaban con calcetines y abrigos negros para ir al colegio. Qué atractivas nos parecían las niñas con aquellas ropas oscuras que tanto acentuaban la blancura inmaculada de sus rostros preadolescentes.


Los duelos se convertían también en una ceremonia que se regía por sus propias leyes. El difunto se velaba en su propia casa. Se habilitaba la habitación más grande de la vivienda, que casi siempre solía ser la entrada, se llenaba de sillas que iban trayendo los vecinos, se quitaban los cuadros de las paredes y cualquier objeto que pudiera ser considerado un adorno. Los más allegados llevaban caldo y tila para pasar la noche y algo de comida para aguantar el tirón. 

La puerta de la casa permanecía abierta durante toda la madrugada y en el portal se colocaba una mesa fúnebre con el libro de pésames donde las visitas iban firmando. De los elementos ornamentales que acompañaban al difunto se encargaba la empresa funeraria. En Almería fue muy famosa la funeraria Antigua, en la calle Real. Se encargaba de todos los preparativos y en algunos casos hasta de pedir a una imprenta los recordatorios, muy utilizados en los duelos de las familias burguesas.


Otra forma de luto que utilizaban las mujeres de Almería era la de ponerse el hábito de la Virgen del Carmen. Consistía en un vestido marrón, con cíngulo del mismo color. No era una señal de duelo por una muerte, sino la forma de cumplir con una promesa. Si un familiar caía enfermo de gravedad se le pedía ayuda a la Virgen y si lo curaba, la penitencia era llevar el hábito para siempre; no se lo quitaban ni el día del entierro. 



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