El rey de las alcaparras era de Sorbas

Frasco José el del Tesoro convirtió el fruto de una humilde mata en un imperio que aún perdura

Francisco José Sánchez Fernández (Sorbas 1926-1986), junto a su mujer, Beatriz Martínez Collado.
Francisco José Sánchez Fernández (Sorbas 1926-1986), junto a su mujer, Beatriz Martínez Collado.
Manuel León
10:12 • 04 abr. 2021

Cuando uno circula por la A7, al pasar por el Barranco del Tesoro, aún se aprecia en el paisaje agreste en lontananza el cortijo infantil de Frasco José. Está ahí, cauterizado por el sol, entre peñas y hierbas, entre los restos de una escuela rural y un  caminillo de caballería que conducía hasta  la metrópoli de Sorbas. Ahí, en la aldea del Tesoro -donde cuentan que los moros enterraron oro y plata antes de ser expulsados- en ese paraje reseco y desnudo, nació Francisco José Sánchez Fernández, un sorbeño casi desconocido para el resto de la provincia, que puso las bases para crear una de las diez empresas más rentables de Almería en la actualidad: más de 400 trabajadores y casi 300 millones de euros de facturación anual.



Y quién era este Frasco José, este almeriense de la periferia campesina, que cimentó tanta prosperidad para sus hijos, nietos y para  los cientos de familias en plantilla; quién era este atrevido personaje que se crió entre balates, que falleció demasiado joven haciendo negocios en los cinco continentes en los años 70 -no en los 2000- cuando no existía aún ni el fax. 



Frasco José tuvo toda su vida el heroísmo de la normalidad y encontró su vellocino de oro en algo tan ingenuo como la alcaparra que crece silvestre en los campos, que fue para él como -salvando las distancias- la bata de guatiné para Amancio, el Silestone para Paco o el Tulipán Negro para  Antonio Briseis. 



Sus cuatro hijos han multiplicado, como los panes y los peces, el negocio heredado del progenitor con diez centros y fábricas repartidas por Andalucía y Extremadura dedicadas a la producción, envasado y exportación de aceites, aceitunas, encurtidos, con la marca La Pedriza, y la inaugural alcaparra a quién tanto le debe la empresa F.J. Sánchez Sucesores. Cuentan con instalaciones en Cabra, extractora en Martos, almazara en Mérida, Jaén y los Silillos de Córdoba, almacenes en Alcaudete y fábrica de biodiésel en Carboneras.



Solo tuvo Frasco José, a lo largo de su vida, la obstinación de transmitirle a sus herederos que siguieran fieles a las raíces sorbeñas y 35 años después de la muerte del fundador, la empresa sigue teniendo sede en el pueblo, aunque el pueblo no le haya recordado nunca ni con un simple homenaje.



El protagonista de esta semblanza nació en 1926 en el Tesoro, en ese cortijo cuyos muros ya hechos bicarbonato aún resplandecen con el sol que se oculta por los yesares. Su padre, el tío Agustín, criaba animales y sembraba hortalizas y Frasco José empezó a ir a las escuela rural, aunque la Guerra le truncó el bachiller.  Empezó desde pequeño a ir con una mula y un serón vendiendo almendras y naranjas por aquellos lugares tan remotos ahora, aquellos parajes como Los Alías, La Mela, Góchar o Gafarillos, que forman ya parte, no solo de la Almería vaciada, sino de la Almería silenciada, y que han vuelto a oírse como en sordina cuando algún ministro ha venido a Almería para detallar el trazado del AVE.  En uno de esos trotes por los caminos vendiendo lo que daba la tierra de su padre, Frasco José conoció a Beatriz Martínez Collado, oriunda de Los Giles de Bédar, con la que se casó e inició su aventura empresarial. Se fue a vivir al pueblo y en el barrio de Las alfarerías abrió un pequeño almacén. 



Allí, entre el rumor de los tornos de barro y el humo de los hornos morunos, Frasco José empezó en 1955 a acopiar grandes cantidades de alcaparras -tápenas como se le decía por la zona- que medraba libre por los contornos y que le llevaban los recogedores que faenaban agachados durante horas protegidos por rempujas de paja.



Cada vez más y más sacos de alcaparra que iba comprando Frasco José, que luego vendía por toda España; esos capullos comestibles de verde intenso, que germinaban en matas proletarias en medio del campo sin ninguna querencia. Ahí forjó su pequeño imperio el emprendedor sorbeño, que no fue apenas a la escuela, pero que tenía una habilidad innata para los números y para el comercio: compraba, pesaba y pagaba y salía a buscar clientes, como un viajante de entonces, con su Seiscientos, después con el 124 hasta Barcelona o Sevilla o donde pudiese haber necesidad de sus alcaparrones.  Tenía visión y ambición y por eso, tras el almacén inicial, construyó una fábrica en el pueblo con maquinaria de clasificado, limpieza y lavado. Y empezó a exportar a Alemania, Italia, Francia, hasta Rusia, farfullando el inglés con un maletín, acudiendo a todas las ferias de alimentación de la época, como las que se organizaban en Leipzig y en Colonia. 


La 'alcaparra made in Sorbas' salía entonces en grandes barriles por los puertos de Cartagena y de Valencia rumbo a Europa y América. Francisco José consagró su vida al trabajo, a buscar clientes y proveedores por todo el mundo, como un zahorí buscando agua. Viajaba mucho, dormía poco, siempre en manos del riesgo, azorado por la angustia siempre latente del fracaso que tiene cualquiera que emprende alguna aventura empresarial. Solo se le conocía a Frasco José la pequeña afición de salir al campo de madrugada a cazar perdices y conejos. Contribuyó a abrir la primera caja rural del pueblo de la que fue su primer director, cuando aún estaba empezando el propio Juan del Aguila. El gobernador lo eligió alcalde de Sorbas, aún sin tener alcurnia, siendo el simple  hijo de un cortijero de El Tesoro, provocando el berrinche de las Fuerzas Vivas.


La alcaparra estaba ahí, en la tierra, desde siglos, pero fue Frasco José, el primero que vio oro en esa mata. Falleció joven, demasiado joven, con 59 años, de un cáncer de garganta en una clínica de Barcelona. Hasta allí iba a verlo a menudos su paisano afincado en Cataluña Pedro Soler Valero. Y junto a su cama, cuando ya no podía hablar, le pasaba una libreta y un lápiz para que se pudiera comunicar, para que le pudiera preguntar por cosas de Sorbas. 


La empresa que Frasco José creó hace 70 años sigue ahí, atendida por sus cuatro hijos -Agustín, Consuelo, Francisca y Gabriel- como ramas de un fértil tronco, creciendo y multiplicándose, creando riqueza de la buena, como una de las grandes empresas exportadoras andaluzas, manteniendo aún su ADN sorbeño y conservando, sobre todo, el espíritu de una humilde alcaparra.



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