El fotomatón de la Puerta de Purchena

La tecnología se instaló en el lugar más castizo con una cabina que echaba fotos sola

La Puerta de Purchena en 1975. Los nuevos tiempos también se anunciaban en esa moderna máquina, una cabina que hacía fotos sin fotógrafo.
La Puerta de Purchena en 1975. Los nuevos tiempos también se anunciaban en esa moderna máquina, una cabina que hacía fotos sin fotógrafo.

Todo cambiaba deprisa y también la Puerta de Purchena, nuestro escenario más castizo, feudo de las tradiciones más arraigadas de los almerienses como el toro de fuego que ponía punto y final a la feria y la procesión del Corpus que inauguraba los veranos. 


La querida Puerta de Purchena también sufría los avatares de los nuevos tiempos. En 1972 habían hecho desaparecer el edificio de la ferretería Vulcano, en la esquina con la Rambla de Alfareros para hacer una gran avenida que uniera el entonces Paseo del Generalísimo con el Paseo de la Caridad. Este derribo fue como si a la histórica plaza le hubieran retocado la cara con un bisturí.


Unos años antes, en el verano de 1966, llegó la tecnología puntera con una moderna cabina de teléfonos que instalaron en la acera principal, que completaba ese toque moderno de la vieja Puerta de Purchena que ya brillaba en el  gigantesco letrero luminoso de la marca Philips que en esa misma década habían levantado en la azotea del edificio de Vulcano.



Teníamos el anuncio con las luces de Neón que nos recordaba a los de la Puerta del Sol de Madrid y teníamos la primera cabina telefónica que pusieron en la ciudad para que los reclutas que los domingos bajaban en tropel del campamento pudieran llamar a sus madres y a sus novias, mientras los niños, con los ojos pegados al cristal, los mirábamos para verlos llorar, heridos por la distancia.


Para contribuir a esa lenta, pero continua transformación de la Puerta de Purchena en los primeros años setenta, coincidiendo con la Transición, llegó una máquina que parecía un invento del demonio: una cabina que echaba fotografías sin necesidad de un fotógrafo. 



Aquel artilugio fue bautizado con el nombre de ‘fotomatón’, que reflejaba muy bien la realidad del producto. Sin la mano ni la mirada de un profesional que manejara el objetivo, las fotos que escupía la máquina no pasaban nunca a la posteridad de un marco y solo servían para conseguir de forma inmediata las fotos de carnet que necesitábamos para la matrícula del instituto o  para el documento nacional de identidad.


La cabina del fotomatón era un pequeño habitáculo con un taburete giratorio que permitía ajustarlo según la talla del cliente y una cortina vulgar que hacía de puerta. La cortina no llegaba al suelo por lo que desde fuera se podían ver los pies del retratado y así evitar que un cliente intentara penetrar en el interior mientras otro estaba en plena faena.


El fotomatón se podía convertir en un galimatías si no entendías bien las instrucciones. El protocolo requería echar las monedas correctamente, colocarse recto mirando al cristal que había delante, no moverse en el momento cumbre y que nadie abriera la cortina para no echar a perder el retrato. Era un espectáculo cuando aparecía un cateto despistado necesitado de fotos que se perdía en la cabina como si estuviera en un laberinto. 


Eran muchos los que no entendían el mecanismo y el fogonazo los cogía despistados, leyendo las instrucciones o con la cabeza sacada por la cortina pidiendo ayuda a algún transeúnte. La máquina disparaba en pleno despiste y el resultado era un disparate: una foto sin cabeza o un medio retrato de perfil que obligaba al cliente a tener que volver a gastarse los cuartos.


El fotomatón de la Puerta de Purchena era muy utilizado por las parejas de enamorados que inmortalizaban su pasión pasajera fotografiándose con las cabezas unidas en la intimidad de la cabina y por los soldados de remplazo que en cinco minutos tenían la fotografía para mandársela a la novia. 


Te colocabas delante del cristal, con cara de circunstancias porque nunca sabías si reir, si ponerte serio o si cerrar los ojos, y al final siempre salías con cara de recluso. Cuando terminabas tenías que salir de la cabina y esperar fuera a que por una ranura salieran las fotografías que luego había que recortar con un dispositivo que iba incorporado a la máquina.


Recuerdo que una vez, allá por el año 1975,  al pasar por el fotomatón vimos a un señor muy enfadado que tocaba en la chapa de la cabina como si estuviera llamando a una puerta. El hombre había echado las monedas, pero el artilugio no había funcionado y desesperado tocaba y tocaba en la cabina para que saliera a dar la cara el retratista que había dentro.


Junto al popular fotomatón de la Puerta de Purchena instalaron otro invento de gran calado social, una máquina fotocopiadora que muchos niños y adolescentes de aquella época utilizábamos para falsificar las notas antes de enseñárselas a nuestros padres y para fabricarnos un carnet de identidad postizo en el  que nos poníamos dos o tres años de más. La necesidad de ser mayores de edad, de tener 18 años, estaba justificada, ya que era el salvoconducto que nos permitía entrar al cine para ver las primeras películas clasificadas ‘S’ que llegaron a las salas de Almería.


Aquellos dos grandes adelantos tecnológicos como el fotomatón y la fotocopiadora, convivieron con nuestro querido cañillo en aquella Puerta de Purchena de los años de la Transición.



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