Retrato de un domingo con marineros

Cuando llegaba un barco de guerra Almería se iba al puerto a disfrutar del espectáculo

Un buque de guerra atracado en el muelle de levante del puerto de Almería, en los años cincuenta.
Un buque de guerra atracado en el muelle de levante del puerto de Almería, en los años cincuenta.

Los domingos con barco de guerra tenían un aire festivo parecido a un domingo de feria o de Navidad, como  si ese día nos sirvieran una doble ración de fiesta. 


Los domingos con barco de guerra desembocaban en el puerto, donde cientos de familias, de parejas de novios, de pandillas de jóvenes, acudían con la expectación del que va a ver un acontecimiento extraordinario.


Los almerienses llevábamos incorporada como una herencia, la sensación de que todos nuestros sueños llegaban y se marchaban por el mar. Por el mar salían la uva y el mineral que nos daban riqueza; por el mar se fueron los emigrantes que buscaban otra vida en América y los que tomaban el destino de Argelia en busca de un horizonte. Por el mar nos llegaba el trigo de Argentina y las primeras ayudas de los americanos en los días de hambre y restricciones de la posguerra. Por el mar entraba el estraperlo de Melilla, cuando los niños soñábamos con una bola de queso holandés y con uno de aquellos relojes japoneses que nos parecían inalcanzables. 



El puerto llegó a ser para nosotros como una gran pantalla de cine donde siempre estaba asegurado el espectáculo. Por eso, cada vez que llegaba un barco de guerra íbamos a verlo con la misma ilusión que nos sentábamos delante de la pantalla del cine Hesperia. Y si el barco era extranjero, mirábamos a los marineros como si acabaran de llegar de alguna de aquellas batallas navales de las películas de la guerra mundial, no sabiendo muy bien si eran auténticos o se trataba de un grupo de actores.


Un domingo con barco de guerra era interminable. Por la mañana, la explanada del muelle se llenaba de vendedores ambulantes que con sus carros acudían a la cita en busca del negocio. El Paseo se quedaba vacío y el puerto era el gran escenario para pasear y mirar. Hasta los soldados que bajaban del campamento de Viator iban en busca del barco, tal vez para fugarse de su encierro de militares de reemplazo y librarse del yugo diario de los sargentos chusqueros y de los cabos con vocación de general. 



Al puerto íbamos los niños en bandadas, a ver si se escapaba algún regalo: un paquete de tabaco rubio, un encendedor de marca, o unas cuantas monedas si algún marinero generoso nos recompensaba por llevarlo a un bar con tapas decentes o a alguno de aquellos antros casposos de placer del barrio de las Perchas, donde por veinte duros les regalaban diez minutos de pasión descafeinada. A veces, los niños sentíamos celos de los marineros porque las muchachas de nuestro barrio los miraban con ojos de admiración y de deseo, como nunca nos miraban a nosotros.


Todo aquel escenario, desde el dique de levante hasta el Club de Mar, se convertía en la pasarela oficial de la ciudad en aquellos domingos de barco; hasta las rocas del espigón se llenaban cuando por el cansancio de tanto paseo la gente se sentaba en una piedra a tomar el sol y a mirar el mar.


El espectáculo de un barco de guerra rozaba el cielo si venía con bandera americana. En nuestro inventario infantil los americanos eran unos señores muy altos que lo sabían todo y que tenían todos los adelantos que todavía no conocíamos nosotros. Los americanos eran los de las películas del Oeste y los de los barcos de guerra y los aviones, unos auténticos héroes que siempre acababan ganando. 


Los americanos fueron también pequeños dioses que cada vez que venían a Almería nos traían regalos para que conociéramos su ilimitada generosidad y para tuviéramos muy en cuenta que nos tenían muy presentes en sus oraciones. 


Los marineros americanos eran como unos Reyes Magos fuera de contexto. Cualquier detalle que nos regalaran era un gran tesoro para nosotros porque aún teníamos la sensación de que todo lo que venía de Estados Unidos era mejor que lo nuestro: el tabaco, los chicles, las chocolatinas y aquellos encendedores plateados de la marca Zippo que brillaban como estrellas en nuestras pequeñas manos.


Nos impresionaba contemplar a esos gigantes de brazos tatuados y marcados pectorales, haciendo gimnasia en la cubierta. 


Los marineros americanos, cuando no estaban prestando servicio, siempre estaban entrenando o jugando al rugby en la playa de las Almadrabillas. Tan altos, tan fuertes, hablando un idioma del  que nada conocíamos, nos parecían dioses a los que adorábamos durante una semana, alentados por la profunda fe que teníamos en sus regalos y en sus dólares.  Cuando los americanos se vestían de paseo y dejaban el barco salían a conocer la ciudad y sobre todo sus bares. Las primeras máquinas de fotos instantáneas, aquellas que echaban la fotografía y la revelaban inmediatamente, las trajeron ellos colgadas del cuello para mostrarnos lo atrasados que estábamos. 



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