El valor de los juguetes estropeados

Un juguete roto recobraba toda su vida en la imaginación de los niños callejeros

Un niño del barrio de las cuevas de las Palomas montado en su bicicleta. Foto: Fausto Romero.
Un niño del barrio de las cuevas de las Palomas montado en su bicicleta. Foto: Fausto Romero.

Había juguetes que nunca morían, que se eternizaban en la soledad de un viejo baúl de buhardilla y un día volvían a resucitar en las manos de otro niño.


El vagón del tren del hermano mayor que había estado perdido durante lustros, aparecía de repente escondido en un rincón del cuarto trastero, y lo festejábamos como si fuera nuevo, como el último regalo de Reyes.  Es verdad que estaba desmejorado, que su pintura ya no brillaba como el primer día, que le faltaba una puerta, que el óxido se había instalado en sus ruedas, pero en nuestras manos infantiles aquel viejo vagón recuperaba todo su valor y cuando lo pasábamos por nuestra imaginación se volvía a llenar de pasajeros y a recorrer todas las estaciones desde el cuarto de estar al dormitorio.


Un juguete roto, por malherido que estuviera, podía volver a recobrar vida en las manos de un niño callejero. El niño que aparece en la fotografía de esta historia es el más claro ejemplo de que importaba más la imaginación que el objeto. Es un niño del barrio de las cuevas de las Palomas, en el corazón de la antigua Chanca. Es un niño que va montado en una bicicleta en un terreno imposible, en una cuesta de piedras intransitable donde se hubiera precipitado si el vehículo hubiera tenido ruedas. 



Pero su ilusión eran una bicicleta mutilada, una bici sin ruedas, sin pedales, sin sillín, sin uno de aquellos timbres pintorescos que sonaban a lata. Agarrado al manillar, como si estuviera preparado para despegar, el niño de la bici rota disfrutaba atravesando Dios sabe que senderos a través de su imaginación, con la tranquilidad que le daba saber que su juguete había alcanzado la inmortalidad. Ya no podía estropearse más de lo que estaba.


Una vez en la calle, la importancia del escenario estaba siempre por encima de los objetos. Los juguetes cobraban más valor dentro de las casas, en la soledad de un dormitorio, pero en la calle podían quedar relegados a un segundo plano porque no eran imprescindibles. 



Una vez que empezábamos a jugar al fútbol podíamos seguir el partido aunque el balón se pinchara, aunque al globo que llevaba dentro le saliera un chichón a través de la costura. Cuando el balón de cuero se rompía no lo tirábamos. Lo llevábamos al zapatero para que le cerrara de nuevo la costura y le dábamos una mano con aquella grasa de caballo que vendían en Curtidos Ruiz para que al menos nos durara un mes más. Un balón de cuero fue para muchos de nosotros nuestro primer gran tesoro de la infancia, todo un lujo para los que estábamos hechos a jugar con las pelotas de goma. Nos conformábamos con tan poco que cuando nos faltaba el balón utilizábamos el recurso de darle patadas a una piedra. 


Jugábamos con la pelota rota, con la bici sin ruedas y con aquel coche de pedales que en su día fue el lujo de la casa, pero que por el uso diario y por los años había perdido los pedales y para que funcionara había que ir dándole empujones por detrás y buscar las cuestas más empinadas. 


Tocábamos la guitarra de feria que se había quedado sin cuerdas, con el tambor agujereado y sin pellejo, con el parchís al que se le habían ido perdiendo las fichas y la habíamos remplazado por garbanzos y habichuelas. Jugábamos con el coche teledirigido sin cable y sin pilas, con las viejas muñecas mutiladas y medio desnudas que las niñas iban heredando de generación en generación, con aquel monigote de cuerda que tocaba un tambor que se había quedado sin movimiento, con el correaje del Oeste al que le faltaban las pistolas.


En mi casa, cuando un juguete se quedaba en desuso, sin otro hermano que lo heredara, mi madre lo adecentaba y lo guardaba para dárselo a un pobre. Los que habíamos alcanzado el estatus de clase media ya no nos conformábamos con un juguete viejo porque nos habíamos acostumbrado a tener los que tanto nos ilusionaban en el escaparate de la tienda de Alfonso. Los sábados al mediodía aparecía por el barrio alguno de aquellos pobres de solemnidad que bajaba de los suburbios con su saco y su carro de madera. Junto a la ropa usada, el pan duro y los desperdicios que le guardaba mi madre, a veces se llevaba también el regalo inesperado de un juguete roto que pasado por la imaginación de uno de aquellos niños  pobres volvía a recobrar todo su esplendor.


Un caballo de cartón al que le faltaban las ruedas, un casco de romano sin plumaje, un arco de indio sin flechas o una escopeta sin culata, podían ser un tesoro en manos de los niños que no tenían la posibilidad de que les regalaran un juguete de la tienda.


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