El PP se harta de Vox en Almería

Con la ruptura en Huércal son 3 los pueblos en los que el partido pierde compentencias

¿Casualidad? No. Cuando una circunstancia sucede una sola vez puede ser considerada como un hecho aislado provocado por una situación singular, pero, cuando esa circunstancia se repite en tres lugares distintos y en un espacio de tiempo casi sincronizado, la casualidad deja paso a la causalidad.


Con la ruptura del pacto en Huércal de Almería entre el PP y Vox el pasado martes, ya son tres los equipos de gobierno municipales en los que el partido de extrema derecha ha perdido sus competencias. O, quizá mejor, tres municipios en los que el PP se ha alejado de la compañía del partido de Abascal. Tres municipios que suman más de doscientos mil habitantes y, además, con un extraordinario peso en el PIB de la provincia. 


El PP se ha desecho de la incómoda compañía de Vox en Roquetas, El Ejido y Huércal cansado de su incompetencia en algunos casos y, en otros, beneficiándose de la incomodidad que algunos de sus concejales sentían por la forma de comportarse del partido al que pertenecían. 



Aunque lo negaron antes y lo negarán ahora, los candidatos a alcalde en esos municipios pactaron con los concejales de extrema derecha obedeciendo, en algunos casos con disimulada incomodidad, la “sugerencia” recibida desde la madrileña calle de Génova. Los populares almerienses siempre han sido un partido muy disciplinado y, ante esta surgencia, aunque no fuera de su agrado, no iban a romper la regla con la que se han comportado desde la llegada a la presidencia de Luis Rogelio. 


Gabriel Amat, Paco Góngora o Ismael Torres no necesitaban el apoyo de los concejales de Vox para ser alcaldes. La aritmética de su estructura plenaria no posibilitaba mayorías alternativas a ninguno de ellos. Es la ventaja del PP y la hipoteca de Vox: los neofalangistas de Abascal pueden calificar de derechita cobarde a los de Casado, pero ese impostado desprecio se convierte en odio hacia el PSOE, haciendo imposible cualquier decisión que, directa o indirectamente, pueda beneficiar a los socialistas. Eso lo sabían y lo saben Javier Aureliano y los alcaldes de las principales ciudades de la provincia y ha sido esa comprensión matemática de la realidad la que ha estado detrás de las rupturas de las últimas semanas. Vox no hacia falta en junio de 2019 y ahora, año y medio después, menos. Sobre todo si se tiene en cuenta la inevitable confluencia táctica futura con Ciudadanos.



Pero, además de estas circunstancias motivadas por la aritmética plenaria, la incapacidad en la gestión o el acoso del ala militar de Vox a algunos de sus concejales, en las rupturas (inspiradas sutilmente desde la sede almeriense del PP), hay también un componente estratégico. Los ´populares´ han llegado a la conclusión de que contemplar a Vox como un aliado de largo recorrido es un error político y un pecado de inagenuidad. Los puercoespines pueden dar calor si están cerca, pero, cuando abrazan, acaban clavando sus espinas erizadas. Es lo que le está pasando al PSOE con Podemos, ahí están las heridas provocadas por Iglesias y Echenique de las ultimas semanas). 


El PP no puede olvidar nunca que, acuerdos coyunturales aparte, hacer seguidismo de las proclamas de Vox (la extrema derecha no tiene proyecto, solo consignas), es un camino hacia el abismo. Vox no es un partido, es la expresión de un sentimiento que comienza en la bandera frente al independentismo, continúa en el antifeminismo y termina en la inmigración. Ahí se encierran sus mandamientos. Mas allá no hay nada, así en Madrid, como en Sevilla o en Almeria. La España de Cercado y sacristía, de Frascuelo y de María de la que escribió Machado.


A los que de verdad mandan en Vox, la supervivencia del casco histórico en la capital, la recuperación del turismo en Roquetas, un centro de salud en Almerimar o un colegio en Villa Inés les resulta indiferente. Su política es de un reduccionismo que no llega más allá de una conversación de cuñados acodados en la barra de un bar. Eso el PP lo sabe y la experiencia en los gobiernos municipales ha venido a consolidar ese reduccionismo. En política hay que pensar, decidir, gestionar, verbos incómodos para quien su discurso no va más allá del triángulo nacionalmalancólico del Dios, Patria y Rey, tres sentimientos respetables para quien los profese, pero con los que no se elabora una estrategia de recuperación de un barrio, una política de ayudas para recuperar el pequeño comercio o un plan de diseño sobre cómo será una ciudad o un pueblo dentro de treinta años.


El PP se ha hartado de esta compañía y ha dicho basta. Si no haces nada, por lo menos no estorbes. 



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