La moda de los anuncios en las farolas

En 1889 una empresa de Sevilla intentó explotar la publicidad en el alumbrado

Una farola del Paseo,  con las planchas metálicas que se destinaban a colocar anuncios.  FOTO ALEJANDRO BUENDÍA.
Una farola del Paseo, con las planchas metálicas que se destinaban a colocar anuncios. FOTO ALEJANDRO BUENDÍA.

Las farolas de gas se iban imponiendo poco a poco en las calles del centro de la ciudad. En la Navidad de 1875, el objetivo del municipio era dotar a la mayor parte de la población del alumbrado de gas y hacer desaparecer por completo el petróleo, que tantos disgustos venía causando al vecindario.


Este avance imparable del nuevo sistema trajo también nuevas farolas y con ellas la posibilidad de hacerlas más rentables utilizándolas como medio para los reclamos publicitarios.


En el verano de 1889 la prestigiosa industria sevillana de Berihuete Camacho y Compañía, solicitó al Ayuntamiento de Almería el permiso necesario para la colocación de placas de anuncios en el alumbrado público, pagando por ello la cantidad de veinticinco pesetas mensuales. El representante de dicha empresa trató de explicarle a las autoridades municipales que este nuevo sistema de anuncios era fundamental para una ciudad como Almería para igualarse con capitales de gran prestigio comercial como Madrid, Barcelona, Sevilla y Bilbao, que lo habían puesto en marcha con grandes resultados. 



Las placas eran de dos tamaños: unas de setenta centímetros de largo y cincuenta de ancho para las aplicables a farolas de pescante, es decir, las que estaban colocadas sobre las fachadas, y otras de un metro por cincuenta centímetros para las farolas de columna. Los anuncios iban pintados al óleo sobre fondo azul con letras blancas. Esta iniciativa se entendía como una mejora para el municipio y también para la empresa del gas, ya que el solicitante se obligaba a satisfacer por cada farol que ocupara cincuenta céntimos mensuales al ayuntamiento  y veinticinco a la fábrica del gas.


Este proyecto no llegó a cuajar y aunque llegaron a instalarse algunos anuncios en las farolas más céntricas del Paseo del Príncipe, pronto se abandonaron pasando la idea a formar parte del recuerdo. 



Tres años después de esta primera intentona, otro empresario, el granadino Ricardo Moreno Portura, pidió permiso para imponer este sistema publicitario a base de planchas metálicas en las columnas del alumbrado público “atendiendo a los muchos beneficios que reporta esta clase de anuncios a la industria y comercio, además de embellecer y decorar la vía pública”, explicaba el empresario en el escrito que presentó en el ayuntamiento. 


La propuesta tampoco llegó a cuajar, hasta que en 1902, otro industrial granadino, Rafael Martín Sánchez, consiguió colocar en las farolas mejor situadas de la gran avenida media docena de anuncios. Los clientes que intentaron dar a conocer sus negocios mediante este método publicitario fueron principalmente los dueños de los cafés y los empresarios de las salas de espectáculos


Los anuncios en el alumbrado no llegaron a alcanzar el éxito que tuvieron en otras capitales donde existía un estrato comercial mucho más importante que en una ciudad de provincias tan aislada y poco desarrollada como era Almería. Veinte años después de este tercer intento, el empresario almeriense Joaquín Cumella Molina tuvo la idea de promover un sistema de publicidad basado en la colocación de anuncios colgantes en el centro de todas las calles y otros adosados a las farolas del alumbrado público


Se llegaron a instalar algunos carteles colgantes en la Plaza de Manuel Pérez y en  la calle de las Tiendas, pero los anuncios no llegaron a cuajar porque si no los arrancaba el viento se encargaban de llevárselos las turbas de golfos para sacarle provecho.


El sistema publicitario que imperaba en Almería era el de los anuncios que aparecían en la prensa local, que casi siempre eran los mismos, y los que inventaban los dueños de los comercios para promocionar su negocio sin tener que pasar por la taquilla municipal.


En el invierno de 1902 llamó la atención un reclamo, pintado a tiza en una gran pizarra, que se exhibía en la puerta del Gran Hotel Londres, situado en la Glorieta de San Pedro. El cartel decía con letras mayúsculas: ‘No más calvos’, mensaje que despertaba el interés de todo el que pasaba por la puerta y en particular de los alopécicos, que terminaban entrando al hotel para saber qué había de verdad detrás de aquella sugerente frase. 


Dentro, en el vestíbulo, se encontraban con el señor Vega, un gran charlatán con pretensiones de doctor que iba recorriendo ciudades ofreciendo su remedio infalible, la  ‘Pomada Prodigiosa’, que aseguraba el crecimiento del pelo en un mes, a cambio de quince pesetas, que era el precio del frasco.



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