Los ‘Federos’ y la plaza del pescado

Es un nombre ilustre en la venta de pescado, después de tres generaciones en el oficio

Federico Beltrán Martínez, el Federo, abriendo una pieza en la puerta de la plaza antigua del pescado, en la calle del Obispo Orberá.
Federico Beltrán Martínez, el Federo, abriendo una pieza en la puerta de la plaza antigua del pescado, en la calle del Obispo Orberá.

Era un espectáculo contemplar la escena en la que Federico Beltrán, con la faca en la mano, abría los pescados de gran tamaño para limpiarles las entrañas. Cuando no tenía sitio para hacerlo dentro de la vieja plaza del pescado, se salía a la puerta, colocaba tres cajas de forma rudimentaria y comenzaba un ritual al que no tardaba en sumarse un nutrido grupo de espectadores, que se arremolinaba para disfrutar de la escena. 


Era especialista en las piezas grandes. Como si fuera un fino cirujano, las destripaba ante la mirada de su público, con la destreza que había adquirido con los años, después de toda una vida dedicada a la profesión que había aprendido de sus mayores.


Federico Beltrán Martínez era un vendedor de raza. No conoció otra profesión ni otra manera de entender la vida que la venta de pescado. Se puede decir que tenía el oficio asignado desde el mismo día en que vino al mundo. Sus primeros recuerdos eran los del carrillo de madera con el que su padre salía de su casa antes del amanecer para ganarse el jornal de cada día. 



Su escuela fue el pescado y mientras que en su barrio los otros niños jugaban al fútbol en los descampados, él se agarraba al carro y se iba a vender. Eran tiempos complicados y había que trabajar duro para salir adelante. De aquellos años todavía recuerda el día en que su padre tuvo un accidente al caerse en el aljibe del arrabal de la Joya. Fue un golpe que podía haber sido trágico, pero magullado y con algún hueso roto, siguió adelante. Como no tenía seguro ni nada que se pareciera, como no tenía la posibilidad de darse de baja y seguir cobrando, el padre no tuvo otra alternativa que seguir vendiendo, aunque apenas pudiera moverse. Todas las mañanas, Federico, que era todavía un niño, montaba a su padre magullado en el viejo carrillo de madera y tiraba de él y del cargamento de pescado para seguir vendiendo la mercancía de puerta en puerta. Después llegaron tiempos mejores, coincidiendo con los años dorados de la nueva plaza del pescado que el ayuntamiento puso en marcha en 1951, en la calle del Obispo Orberá, enfrente del teatro Apolo. El nuevo edificio tenía más amplitud que la vieja plaza, más ventilación y unas instalaciones modernas para la época, destacando los emplazamientos para la inspección municipal y de los veterinarios, los aseos para señoras y caballeros y dos grandes cámaras frigoríficas que colocaron en el sótano. 


Los Federos se asentaron en el nuevo mercado y dejaron el sacrificio que suponía tener que recorrer la ciudad calle por calle tocando las puertas de los clientes.



Poco a poco, aquel arte de la venta ambulante se fue quedando acorralado y a comienzos de los años setenta los pocos que quedaban en el oficio tenían que batallar con la vigilancia de los municipales. Pasaban siempre por la mañana, a esa hora en la que los niños ya estábamos en el colegio. En el silencio de la clase, escuchábamos la voz quebrada del vendedor de pescado que iba pregonando: “Vamos, niña, al pescao fresco, que está saltando. Llevo jurel, brótolas y salmonetes”. 


Uno de los recuerdos más antiguos que llevo guardado en mi memoria es el de aquellos vendedores de pescado itinerantes. Me gustaba el aroma que iban dejando  y me quedaba con la boca abierto contemplando a aquella mula somnolienta que llevaba el Tío Antonio, otro vendedor callejero, a la que ya no le quedaban fuerzas ni para espantar la nube de moscas que llevaba encima. Para un niño era un espectáculo asistir a la ceremonia en la que los gatos se repartían los restos del botín y celebraban su gran banquete con las sobras. 


Los días de lluvia, los vendedores siempre llevaban sardinas; las mujeres se las quitaban de las manos para acompañar las migas. Ese día, en la tienda de mi padre se agotaba la harina de sémola y los rábanos.


Los sábados era el día de Dolores Fernández, la vendedora que llevaba dos cestas de mimbre tan pegadas a los brazos que ya formaban parte de su cuerpo. Qué fortaleza tenía aquella mujer, que venía desde el puerto hasta el centro con su cargamento de pescado, cubierto siempre por un trozo de saco y pedazos de hielo. 


Otro vendedor histórico que se forjó en la dureza de la calle fue Antonio Verdegay Soria, que también había heredado el oficio desde la cuna. Procedía de una antigua saga de mercaderes ambulantes, los ‘‘Rampín’’, que venían desde las playas de Torregarcía, el Perdigal y el Bobar, con las mulas y los carros llenos del pescado que las barcas descargaban sobre la arena al amanecer. 


Antonio Verdegay , como tantos hijos del oficio, aprendió a andar agarrado al mandil de su madre y de sus tías, que desde el Barrio Alto bajaban todas las mañanas con sus cestas a cuestas. 



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