El duro oficio del Rey Mago impostor

Con su barba de mercadillo y su torpe aliño indumentario no convencía ni a los niños

El Rey Mago del quiosco de la Música, en la Plaza del Educador del Paseo, allá por los años sesenta.
El Rey Mago del quiosco de la Música, en la Plaza del Educador del Paseo, allá por los años sesenta.

En las tardes en las que el viento de poniente subía por la calle del Conde Ofalia para coger fuerza en la plazuela de Correos y salir rebotado hacia el Paseo, el Rey Mago se refugiaba como podía detrás de las cortinas que cubrían el quiosco de la Música. El viento y la humedad eran sus grandes enemigos, tanto como las pandillas de muchachos que con ganas de cachondeo se paraban en el templete para echarse una fotografía con su majestad y de paso tirarle de la barba para descubrir su impostura.


Cuando el viento se colaba y la humedad subía del suelo sin contemplaciones, al pobre Rey que tanto nos alegraba los inviernos, le faltaba capa para cubrirse el pecho y ni el viejo remedio de dejarse el pijama debajo lo salvaba del enfriamiento.


Entre el frío que pasaba y su torpe aliño indumentario, no hacía falta haber dejado atrás la infancia para descubrir que aquel Rey era el de repuesto. La barba desubicada, la corona ladeada, el traje de dos tallas más, con aquellos calcetines del mercadillo y aquellos zapatos comprados en las rebajas, no dejaban lugar a dudas. Casi todo el mundo sospechaba que el Rey del Paseo no venía del Oriente bucólico que nos contaba la historia sagrada. Aquel Rey barato, de andar por casa, venía del paro y de la necesidad de ganarse unos duros para poder salir adelante interpretando el papel de su vida. 



Había entonces una segunda Navidad, la que empezaba después de Nochebuena, la que pasaba por el trono callejero del Rey Mago y por la imaginación de los niños que iban a darle la carta y a echarse una fotografía inmortal. Teníamos que ser muy inocentes para emocionarnos tanto y creernos de verdad que aquel figurante destartalado iba a colmar todos nuestros deseos. 


Esa magia que empezaba a notarse en las vísperas de Navidad, comenzaba con los primeros villancicos, con la presencia de los juguetes en los escaparates y con la figura del Rey Mago al que acudíamos con la lista de regalos y con cara de niños buenos, porque todos, sin excepción, nos transformábamos en santos en los días previos para que el Rey nos tuviera en cuenta. Los padres solían utilizar aquellas fechas para tenernos en sus manos, recordándonos continuamente que todos nuestros sueños, que la esperanza de que nos trajeran los juguetes, pasaban porque fuéramos ejemplares y los obedeciéramos a pies juntillas. 



Los niños de los primeros años sesenta idolatraban al Rey Mago del quiosco de la Música, aunque nunca llegó a alcanzar la fama y el nivel de trabajo que tuvo un tiempo después el otro gran mago de Oriente, el que la empresa Simago puso en su puerta principal para que media Almería se retratara con él. Sonaban los villancicos que cada Navidad popularizaba la tienda de la viuda de Sánchez de la Higuera, llenaban de luces el Paseo y colocaban al mago de Oriente en la Plaza del Educador para llenar la ciudad de esa atmósfera navideña que requerían tan entrañables fechas.  


La mayoría de aquellos improvisados magos tenían en común sus rudimentarias estampas de reyes venidos a menos, de ‘gaspares y melchores’  de bajo presupuesto, que aprovechaban la ciega ilusión de los niños y la necesidad de vender de las tiendas para ganarse un sueldo extra.  Cuánto trabajaban aquellos impostores de Oriente que se pasaban los días enteros sentados en el trono aguardando la presencia de un niño y fingiendo cara de felicidad para salir bien en las fotos. Qué tardes más largas soportando el viento, la lluvia y el frío, atentos siempre a que la corona no se los volara con el vendaval y a que un niño no les quitara la barba de un tirón y los dejara en evidencia. 


Sólo desde la mirada de un niño se podría creer que aquellas malas copias de Gaspar podían ser los verdaderos magos que en la noche del cinco de enero entraban por las ventanas y chimeneas cargados de juguetes. La corona de cartón con los adornos doblados por el tiempo; la barba burda y tan exagerada que parecía que el pobre mago se había quedado sin boca. A veces, tras el disfraz, se adivinaban los ojos de un hombre joven que no se correspondía con la imagen del Rey Mago noble y antiguo que nos habíamos ido forjando en nuestro imaginario infantil. 


Las ropas arrugadas y desteñidas, que dejaban entrever la puntera de unos zapatos modernos que lo delataban o un reloj inoportuno que le asomaba por la muñeca nos hacían desconfiar de ese Rey postizo. Yo dejé de creer en el Rey Mago la tarde que lo vi comiéndose un bocadillo de atún con una cerveza en la puerta de Simago y unos minutos después, para rematar la jugada, se sacó un paquete de Ducados del bolsillo del pantalón y se quedó tan agusto fumándose un cigarro.


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