El Gordo en los años del hambre

El primer sorteo de Navidad después de la guerra se celebró en 1939.

En la foto, el bar Pasaje con su elegante radio al fondo.
En la foto, el bar Pasaje con su elegante radio al fondo.

Había dos ambientes diferentes, dos ciudades separadas: en las calles próximas al Paseo, donde estaban los grandes comercios, la vida recuperó  su pulso normal a los pocos meses de terminar la guerra, mientras que en los barrios, en la rincones más pobres, la posguerra fue más dura incluso que los tres años de contienda.


En las calles estrechas de La Almedina, en los callejones que desembocaban en la Plaza Vieja, olía a humedad, a leña barata, a ese frío intenso que se metía hasta el alma de las casas donde apenas había un trozo de pan duro para echarse a la boca, donde las familias soñaban con la dulzura de un boniato cocido.




En la calle de las Tiendas, en la Puerta de Purchena, en el Paseo, la ciudad se iba humanizando, envuelta en el aire cálido del café que se escapaba por las ventanas de los bares. Por eso a la gente pobre le gustaba ir al Paseo. Era como cambiar de ciudad, dejar atrás la sórdida realidad y colgarse del sueño de los escaparates. Los niños se metían dentro del viejo abrigo que habían heredado del  hermano mayor y se quedaban pegados a las cristaleras de la tiendas.




En aquella Navidad de 1939, el Paseo fue la despensa espiritual de la ciudad, donde acudían los almerienses a buscarse la vida, o simplemente a pasear por el único lugar donde no se iba la luz todas las tardes y las bombillas de colores que puso el ayuntamiento en las puertas de los comercios principales, brillaban hasta las diez de la noche. 


En el Paseo estaban los bares y los cafés que habían resistido los tres años de guerra y que con motivo de las fiestas se engalanaron con luces extras y banderines con los colores de la bandera  nacional: el Español, el Viena, el Colón, el Capitol, el Suizo, Los Espumosos, la Granja Balear, el Gambrinos, el Oro del Rhin, y en el callejón de la Plaza, el Royal, donde se servían los primeros desayunos dos horas antes de que amaneciera. Por las puertas de los cafés rondaban los vendedores ambulantes de lotería, voceando los números y tentando la suerte. Ocupaban las aceras desde la confitería ‘La Sevillana’, en la Puerta de Purchena, hasta el Casino. 


Al sorteo del 39 lo bautizaron las autoridades  como ‘El Gordo de la Victoria’ para que nadie olvidara quien había ganado la guerra unos meses atrás. Los almerienses se gastaron 203.000 pesetas, sobre todo en participaciones, y escucharon el sorteo en los aparatos de radio de los cafés del centro;  tener un transistor era un artículo de lujo que no se podía permitir casi nadie en una casa particular y la gente acudía a los bares para enterarse de lo que pasaba en el mundo. Casi todos los establecimientos tenían un reservado, presidido por una mesa  con su correspondiente aparato de  radio,  donde los clientes de confianza iban a diario a escuchar el parte de Radio Nacional, los domingos a enterarse de los resultados del los partidos de fútbol y el 22 de diciembre para asistir en directo al sorteo de la lotería.


En la Navidad de 1939 nos quedamos a trece números del Gordo. Salió premiado el 13.093, cuando en Almería se había vendido el 13.080. La suerte acarició con una mano la ciudad, con el 25.553, el número del noveno premio. Se vendió en la administración de ‘La Muñeca’, en el Paseo; el número lo había pedido expresamente a Madrid el Guardia Civil don Manuel Morales Rayo, que repartió varios miles de duros entre los compañeros de la comandancia. El guardia agraciado confesó que había tenido un presentimiento.


También les tocó la lotería a los funcionarios municipales, cuando el alcalde, Navarro Gay, les dio la noticia de que ese año tendrían una paga extraordinaria. 


Para muchos habitantes de la provincia, la mejor lotería de aquel año fue la distribución de azúcar tras varios meses de restricción absoluta. El 22 de diciembre, el Gobernador Civil, Francisco Peña Cordero, hizo un llamamiento a todos los alcaldes para que se pasaran por la capital para  retirar el cargamento de azúcar que le correspondía, a razón de doscientos gramos por habitante. En la capital vivían entonces 29.838 hombres y 34.049 mujeres. 


El diez por ciento del total de la cantidad asignada a cada ayuntamiento iba a parar a manos de los sindicatos verticales de confiterías cafés y bares, aunque parte de ese  porcentaje se perdía en manos de la burocracia y acababa en las alforjas de los estraperlistas.



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