La humilde feria del mes de diciembre

Almería se inventó unas fiestas de invierno para intentar atraer al turismo

El Paseo era la gran avenida de las fiestas de invierno. En la foto, la salida del Rallye de Montecarlo en 1973.
El Paseo era la gran avenida de las fiestas de invierno. En la foto, la salida del Rallye de Montecarlo en 1973.

Quisimos tener dos ferias porque la de agosto quedaba muy lejos en el almanaque y necesitábamos otra en diciembre para que lejos de Almería supieran que aquí, mientras que los otros se helaban de frío, los almerienses disfrutábamos de una temperatura idónea para saborear la vida sin límites. 


Como decía el eslogan turístico que promocionaba nuestra provincia en los años setenta: “Almería, donde el sol pasa el invierno”. Y era verdad, el sol era nuestro gran aliado, la riqueza más grande que teníamos, pero también la más desaprovechada. Queríamos que viniera el turismo en invierno pero estábamos tan aislados por carretera y tan escasamente comunicados por avión que a mediados de los años setenta venir a pasar unos días a Almería tenía más de aventura que de vacaciones. Por eso nos sacamos de la manga unas fiestas de invierno para promocionar nuestra tierra y nuestro clima inigualable sin tener en cuenta nuestras escasas infraestructuras.


Las fiestas de invierno fueron un invento de don Emilio Pérez Manzuco, que siendo alcalde de Almería quiso darle vida a la ciudad en el mes de enero cogiendo como pretexto la devoción a la Patrona y la conmemoración de su aparición en la playa de Torregarcía. Se pusieron en marcha en 1953, con actos religiosos, manifestaciones culturales y celebraciones populares donde destacaban las dianas de gigantes y cabezudos y las atracciones en el Parque



Las fiestas de invierno fueron un ensayo pobre y desangelado de la Feria de agosto, una iniciativa que no terminó de arraigar y acabó difuminándose en la niebla de los inviernos. Desaparecieron durante varios años del almanaque hasta que a finales de los sesenta volvieron a reaparecer, organizándose sin demasiadas pretensiones y con escaso respaldo popular.


Un aire fatigado de feria pobre de barrio envolvía aquellas fiestas de invierno de mi infancia. En el Parque se instalaban algunos feriantes de Tercera División con sus  destartalados coches de choque con los que iban recorriendo los festejos de los pueblos. Los muchachos iban a los coches de choque a ligar y los que no tenían dinero para conducirlos, a escuchar música y a fumarse unos cigarrillos a escondidas. Un carrusel de caballos cansados, que siempre estaba vacío, no dejaba de girar mientras iba muriendo la tarde y los vendedores ambulantes pregonaban su mercancía de algodón dulce y garrapiñadas. En el Paseo ponían bombillas de colores en los árboles y por los altavoces sonaban siempre los mismos villancicos que todos nos sabíamos de memoria sin entender  nada de la letra.



Aquellas fiestas de invierno se situaban varios escalones por debajo de la Feria de agosto. Si en verano montaban una lujosa caseta popular donde llegó a actuar hasta Julio Iglesias, en las fiestas de invierno nos teníamos que conformar con las rondallas que tocaban en el salón de la biblioteca Villaespesa. Si en agosto venían las majorettes de Mont de Marsan, campeonas de Europa, en diciembre contrataban a algunas majorettes de pueblo que animaban el ambiente, pero no se parecían en casi nada a las francesas. Si en la Feria de agosto disfrutábamos con los trapecistas del circo Ruso, en invierno, lo más parecido era el número que montaba el hombre de la cabra cuando pasaba por las calles con el platillo en la mano y tocando la corneta.


La feria de invierno tuvo un epílogo inesperado. En diciembre de 1973 las fiestas se suspendieron oficialmente debido al asesinato del almirante Carrero Blanco, presidente del Gobierno, pero se mantuvieron en cartel algunos actos deportivos y religiosos y los feriantes volvieron a instalarse en la soledad del Parque sin llamar demasiado la atención.


Una de las atracciones de aquel invierno fue la Caseta Popular, o mejor dicho, el esqueleto de la caseta que se quedó instalado en la explanada de las Almadrabillas como una reliquia de la Feria de agosto. Los niños no iban a montarse en los caballicos y preferían refugiarse en los restos de la Caseta Popular, que se convirtió en el ‘Fort Apache’ de sus aventuras callejeras.


De todas las fiestas de invierno que organizó el ayuntamiento, ninguna llegó a ser tan celebrada como la de 1954. La presencia en nuestro puerto de dos unidades de la sexta flota norteamericana fue un gran acontecimiento para la ciudad y empujó a la gente a la calle.  Los destructores ‘The Sullivans’ y ‘Hancock’ desembarcaron a seiscientos marines que estuvieron una semana en Almería, dándole a las calles y a los negocios una intensidad que no se conocía. No hubo familia en la ciudad que no se pasara por el puerto para disfrutar de aquellos gigantescos barcos que llegaban rodeados de una aureola heroica por haber participado activamente en la campaña de Corea. En los colegios se organizaron visitas, vino gente de los pueblos y en los salones más prestigiosos de la ciudad se celebraron grandes bailes para darles las bienvenida. 


Las fiestas de invierno fueron los destructores yankis y los marines con los que las muchachas se hacían fotos en los jardines del Parque.



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