El surtidor de gasolina del badén

El último gasolinero de la esquina de la Rambla de Belén fue Joaquín ‘el manquillo’

La caseta de madera del operario y el surtidor de gasolina que presidía la esquina de la calle de Granada y la Rambla de Belén.
La caseta de madera del operario y el surtidor de gasolina que presidía la esquina de la calle de Granada y la Rambla de Belén.
Eduardo de Vicente
00:25 • 15 dic. 2020 / actualizado a las 07:00 • 15 dic. 2020

En los años veinte el parque móvil de Almería empezó a crecer de manera notable. Cada vez había más camiones y cada vez eran más los empresarios y los comerciantes que daban el paso de comprarse su propio coche. Con el aumento de la circulación de vehículos de motor llegó un nuevo negocio, el de los surtidores de gasolina que empezaron a florecer por los lugares estratégicos de la ciudad.


En enero de 1923, el célebre empresario Enrique Romero Valverde, de los Romero Hermanos, presentó en el ayuntamiento una solicitud para instalar surtidores de gasolina en la vía pública, al margen de los que existían en los garajes. Un mes después, el capitán de la Marina Mercante, Aniceto Oginaga, conseguía el permiso para colocar un surtidor en la Rambla de Belén, en la misma esquina donde terminaba la calle de Granada y empezaba el badén. 

Empresarios importantes de la ciudad tenían sus propios surtidores, hasta que en 1927 la Sociedad Petrolífera Española fue haciéndose con la mayoría de estas pequeñas instalaciones callejeras para encargarse de su explotación directa. Industriales célebres como Manuel Berjón Romera, los Romero Hermanos y Fausto Romero Valverde, cedieron sus surtidores a la multinacional. 

En la segundad mitad de la década de los años veinte había surtidores en la calle de Arapiles, en la Plaza Virgen del Mar, en la calle de Juan Lirola, en la Puerta de Purchena, en el Parque, en el muelle y el ya citado del badén de la Rambla , que en aquel tiempo llegó a ser uno de los puntos más importantes en la venta de combustible.

El éxito de este surtidor estaba en el sitio que ocupaba, en ese lugar de encuentro donde se unían la calle y la carretera de Granada con la Rambla. En los años veinte, la calle de Granada era tan importante como el Paseo. Todavía terminaban allí los entierros, frente al bar la Gloria, y casi toda la vida que entraba y salía de la ciudad lo hacía por la carretera de Granada. Por allí pasaban los camiones de la uva, los carros que venían de los pueblos cercanos buscando la Plaza de Abastos, los coches particulares y las camionetas que se encargaban del servicio de pasajeros, entre ellas la de la empresa de Ramón del Pino, que supo hacer un buen negocio con el campamento Álvarez de Sotomayor

El seis de noviembre de 1928, Ramón del Pino consiguió la autorización de la Junta de Transportes para instalar un servicio diario al campamento desde las ocho de la mañana en adelante. Desde esta fecha, la base militar estuvo conectada todos los días con la capital, coincidiendo con una época de crecimiento del campamento por la llegada de nuevas tropas y la terminación de las obras de los pabellones que estaban en construcción. El coche de Ramón del Pino recorría todos los días el trayecto hasta Viator y el campamento y llegaba a la ciudad atravesando el badén de la calle de Granada. 

La intensa actividad de la calle le daba vida al surtidor de la esquina, que se alzaba unos metros por encima del nivel del cauce para evitar las avenidas que se sucedían cada vez que caía una tormenta.  Un muro de piedra protegía el surtidor y la caseta de madera donde hacía vida el operario. El trabajo a veces no tenía horario, por lo que era frecuente que el gasolinero se quedara a dormir en la caseta, estableciendo así un servicio de guardia permanente. La instalación disponía entonces de una campana con la que los clientes avisaban al operario para evitar tocar el claxon de madrugada.

Aquella estampa del surtidor destartalado mirando desde un balcón el lecho de la Rambla, frente al mítico bar La Gloria,  se mantuvo durante décadas y todavía hoy somos muchos los que recordamos aquella imagen caótica del cauce lleno de agua, arrastrando a su paso todo lo que se cruzaba aislando la carretera de Granada.

Conocimos el badén de la calle de Granada cuando todavía era un cauce de tierra, cuando los vecinos se quejaban amargamente de las aguas turbias que atravesaban el desnivel y cuando el ayuntamiento se planteó adecentarlo para que formara parte de la ciudad. 

Fue en 1969 cuando se abordó la pavimentación de los badenes y también del cauce, con el fin de dedicarlo a aparcamiento de vehículos. En 1976 el badén se volvió a adecentar, esta vez gracias a las obras de alcantarillado, tan necesarias para cortar la salida de aguas fecales, tan frecuentes entonces. En aquella época el badén de La Gloria era todavía uno de los puntos de mayor tránsito de la ciudad. Todo el tráfico que entraba por la Cuesta de los Callejones y casi todos los que veníamos del campo de fútbol camino del centro teníamos que cruzar por el badén. 










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