El callejón donde el agua descansaba

Al callejón de la Paz, en el Barrio Alto, se le conocía como la calle Descanso del Agua

Las vecinas  del callejón sacaban las sillas a las puertas de las casas y allí se fetejaba el milagro de los encuentros.
Las vecinas del callejón sacaban las sillas a las puertas de las casas y allí se fetejaba el milagro de los encuentros.

Cuanto más pequeñas eran las calles más acogedoras nos parecían. Un patio de vecinos o un callejón sin salida, de los que abundaban en Almería, tenían naturaleza de salón de estar porque la gente hacia la vida en sus trancos y en sus aceras y allí se festejaba a todas horas el milagro de los encuentros. 


La primera calle al subir por el Camino de los Depósitos, enfrente de la iglesia de San José, era el callejón de la Paz, un pequeño refugio donde sólo llegaban los ecos de la ciudad, un lugar recogido en el que la gente conservaba viejos hábitos como hacer la vida en las puertas de las casas y compartir ilusiones y lágrimas con los vecinos. Aquel pasadizo no tenía salida, lo que acentuaba su condición de guarida, de rincón apartado del mundo en el que el  tiempo se había detenido como en uno de aquellos almanaques amarillentos que se iban quedando estancados en las paredes de las casas. Quizá por esa sensación de quietud que allí se respiraba o tal vez por la presencia de los depósitos que abastencían a la ciudad, desde antiguo aquella pequeña calle llevó el nombre de Descanso del Agua, antes de que oficialmente fuera bautizada como callejón de la Paz. 


En el fondo del callejón se alzaba una higuera centenaria cuyas ramas cubrían las azoteas y daban  sombra en verano. En junio, el árbol se llenaba de frutos y los niños profanaban tapias y balcones para trepar hasta arriba y llenarse los bolsillos con las primeras brevas. Los viejos salían a los trancos a tomar el sol de diciembre y las mujeres se pasaban las tardes sentadas en la puerta, contando historias y remendando calcetines. 


Enfrente estaba la iglesia de San José, con una espléndida plazoleta que tenía un caño de agua en el centro. En los años cincuenta, la mayoría de las casas no tenían agua por lo que había que dar varios viajes al día a la fuente para llenar cántaros y cubos. Era un  lugar de encuentro para las muchachas del barrio, que con el pretexto de ir a por el agua se escapaban un rato de la vigilancia permanente de las madres. 


También era un sitio propicio para los niños, que convertían aquella explanada de tierra en un campo de fútbol aprovechando los descuidos obligados de don Lorenzo, el párroco de San José en los años de la posguerra. Se llamaba Lorenzo Infante de la Torre y tenía a su cargo la iglesia del Barrio Alto y desde 1947, también la de Regiones. Era un cura que se batía cuerpo a cuerpo con los fieles cuando se subía al púlpito o se metía dentro del confesionario. No soportaba la holgazanería ni los ruidos, por lo que más de una vez se dejó la Misa a medias para salir a la puerta y espantar a patadas a aquellos diablillos que no conocían más reglas que las del fútbol. Se decía de él que en el trastero de la parroquia tenía un armario, cerrado con llave, donde guardaba todas las pelotas que había ido confiscando en sus frecuentes batidas. Los niños le temían, aunque hubo algún atrevido que le dijo: “Y luego dice usted en la Misa, dejad  que los niños se acerquen a mí”.



Don Lorenzo tenía más consideración con los jóvenes aplicados que acudían por las tardes a los talleres de aprendizaje de las escuelas profesionales del Patronato de Formación Obrera San José y San Isidro. Él dirigía el curso de impresión y tipografía, oficio que conocía muy bien ya que estuvo ligado a la imprenta Guía, propiedad del Obispado. Don Lorenzo velaba por el alma de aquellos muchachos y les recordaba constantemente que tenían que hacerse hombres de provecho. Los jueves por la tarde, los dejaba asomarse a las ventanas para ver a los niños del Reformatorio, que cogidos de la mano pasaban por la puerta de la iglesia camino del cine Hesperia.


La Casa Reformatorio de la Sagrada Familia también formaba parte del paisaje sentimental de los vecinos del callejón de la Paz. Era un viejo edificio junto al Camino de los Depósitos, cerca del antiguo Parque de Incendios, donde llevaban a los menores que no iban por el buen camino. Aquellos infelices, de cabeza rapada y mirada inquieta, parecían almas en pena recorriendo la calle en fila de dos, vigilados de cerca por dos instructores, que eran policías vestidos de paisano.  El Reformatorio tenía su leyenda negra y a los niños  se les asustaba diciéndoles  que como no se portaran bien acabarían metidos entre aquellas paredes, donde los maestros eran mucho más severos que los que ellos tenían en el ‘Calvo Sotelo’ y en el ‘Ramón y Cajal’, los dos colegios oficiales del barrio. 


Desde el callejón de la Paz se veía la iglesia, la plazoleta donde los niños jugaban al fútbol, el trozo de calle por donde pasaban los internos del Reformatorio, el camino por el que cruzaban los bomberos, pero  seguía conservando ese aire de lugar remoto, de escondrijo al que no tenían acceso los ruidos ni los ecos de la ciudad. 



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