La puerta de la Catedral y el muelle

Cuanto más nos prohibían jugar en la Catedral más nos gustaba la aventura

No se podía jugar al fútbol en la puerta de la Catedral a la hora de las misas, pero los niños se saltaban las reglas constantemente.
No se podía jugar al fútbol en la puerta de la Catedral a la hora de las misas, pero los niños se saltaban las reglas constantemente.

Teníamos terminantemente prohibido jugar al fútbol en la puerta de la Catedral porque era un sacrilegio darle pelotazos a la fachada del monumento y un pecado casi mortal espantar a las parroquianas cuando iban a misa. Teníamos prohibido subir solos a la Alcazaba, porque ya se había dado algún caso de niños que se accidentaron por jugar a los conquistadores entre sus almenas. Teníamos prohibido bajar al puerto si no íbamos acompañados de un mayor y hasta llegar al muro de la Rambla, que en el mapa familiar y cotidiano que llevábamos incorporado en el cerebro, tenía el estatus de un lugar remoto, al otro lado de la ciudad.


En la infancia teníamos una lista de lugares prohibidos, barrios y rincones de la ciudad donde nuestros padres no nos dejaban ir solos por miedo a que nos pasara algo. Esa lista negra hacía menos concesiones con las niñas, que al menos en mi generación, tenían que convivir con un control mucho más estrecho por parte de las familias. 


Los niños gozábamos de mayor libertad a la hora de salir a la calle, a la hora de alejarnos de nuestro barrio y a la hora de estirar las agujas del reloj. Teníamos más tiempo para jugar que ellas y menos obligaciones porque en la mayoría de los casos los niños estábamos liberados de las tareas de la casa, mientras que las niñas tenían que ayudar a sus madres en las faenas del hogar y en la dura tarea de criar a sus hermanos menores. 


No era habitual que los niños pusieran la mesa, que retiraran los cubiertos, que tendieran la ropa o que le cambiaran el pañal al hermano pequeño. Sin embargo, las niñas de entonces tenían que asumir todos aquellos trabajos diarios como un deber que le venía impuesto por su condición femenina. Aquella injusticia se proyectaba también en la calle. Los niños podíamos desafiar las reglas y llegar más tarde o perdernos más allá de las fronteras cotidianas, mientras que las niñas tenían muchas más dificultades para saltarse la vigilancia materna. Ese miedo a que nos pasara algo, tan presente en las casas, se agudizaba hasta el límite cuando por medio había una niña. Tenían prohibido salir solas cuando oscurecía y cruzar más allá de los límites de su calle o de alguna de aquellas plazoletas que eran los centros de reunión de la chiquillería.



Los niños podíamos volar a más altura, aunque también nos obligaban a respetar esa lista de lugares prohibidos que cada tarde, antes de salir a jugar, nos recordaban nuestras madres. “Cómo yo me entere de que te has ido al puerto te dejo un mes sin pisar el tranco de la calle”, me advertía mi madre frecuentemente. En mi casa el puerto era un lugar mítico en esa lista de sitios  peligrosos porque allá por los años cincuenta mi hermano mayor se cayó al agua cuando trataba de lavarse las manos y tuvo que ser rescatado por un pescador. Como no nos dejaban fugarnos al puerto cada vez que podíamos nos saltábamos las normas para disfrutar de aquel rincón donde los niños gozábamos de la libertad de pasar desapercibidos. 


En los primeros años de la década de los setenta se puso de moda ir a coger pulpos al muelle con el método de la potera manual. Íbamos recorriendo el dique de una punta a otra con la esperanza de llevarnos un pulpo en el cubo y venderlo en el primer bar que nos encontráramos por el camino.


No nos dejaban ir al puerto y menos al faro o a la playa de las Olas que entonces estaba de moda. Era la playa del barrio de Pescadería, donde todos los años, en los primeros días del verano, nos reencontrábamos con los compañeros de la escuela que eran del barrio. No podíamos llegar hasta allí con permiso, pero lo hacíamos como fugitivos, saboreando el placer de lo no permitido. Sabíamos que era peligroso cruzar la carretera, pero nos arriesgábamos para poder perdernos por ese trozo de ciudad que se extendía desde el Club de Mar hasta el camino del faro. 


Nos gustaba internarnos por aquellos vericuetos y ver a los viejos pescadores sentados en el suelo remendando las redes y como los marineros jóvenes iban preparando las artes para salir de noche a faenar. En el puerto pesquero, tan alejados del mundo, encontrábamos la libertad que no teníamos en la ciudad y descubríamos un universo distinto donde el hombre y el mar se fundían formando un único elemento.



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