Los olores de las antiguas droguerías

Allí se mezclaba el olor de la pintura, el del zotal, el de la colonia, el del aguarrás...

La droguería de Soriano  ocupaba un lugar privilegiado junto a la Puerta de Purchena.
La droguería de Soriano ocupaba un lugar privilegiado junto a la Puerta de Purchena.

Si en los barrios donde había un obrador el perfume oficial era el del pan caliente al amanecer, las calles donde había una droguería también tenían su olor particular que delataba a varios metros de distancia donde estaba el negocio. Si el perfume del pan era cálido y uniforme, y te provocaba el acto reflejo de segregar saliva, el olor de las droguerías era un chute de química que a unos le producía una ligera sensación de placer y a otros los tiraba para atrás como si hubieran visto al mismo demonio.


A mí me gustaba, de niño, ir a comprar medio litro de aguarrás a la droguería de Juanjo, frente a la iglesia de Santiago. Disfrutaba viendo aquellas estanterías donde lo mismo te encontrabas un manojo de brochas colgadas de una púa que latas de pintura de todos los colores o uno de aquellas botellas de colonia que vendían a granel por el viejo método del bote de medir.


Uno pensaba entonces que los dueños de las droguerías eran sabios o brujos, porque hablaban con tanta seguridad como si conocieran todas y cada una de las propiedades de cada producto y las explicaban con una carga de pedagogía que en vez de estar dándole las instrucciones a algún cliente parecía que estaban impartiendo una lección magistral en el colegio.




Había droguerías que querían ser modernas y otras que basaban su éxito en ese aire antiguo que las rodeaba. A mi me gusta mucho la droguería de Soriano, a medio camino entre la Puerta de Purchena y la calle de Granada. Su mejor publicidad era el olor que salía de la puerta anunciando el negocio. Se podía adivinar la presencia de la droguería sólo por el olor que se fugaba por toda la calle. Era una mezcla a disolvente, a azufre, a sosa cáustica, a pintura, a carburo, a la colonia a granel que entonces había que despachar con la medida. 


Aquellos olores se multiplicaban cuando uno entraba en el interior del recinto y se encontraba con los sacos llenos de género, con las viejas estanterías de madera donde destacaba el Cucal que se usaba para matar las cucarachas y los paquetes del Tu-tú, que fue uno de los primeros detergentes que se vendieron en envase de cartón. En aquellos años la colonia se vendía a granel, lo mismo que el alcohol de 96 grados que venía en bidones y había que sacarlo chupando por una goma con el riesgo de meterse en la boca una tragantada del producto.


Había clientes que llegaban con una botella vacía y pedían que Soriano se la llenara, la mitad de Varón Dandy y la otra mitad de Luchy, que eran las colonias de moda. Era la época  de aquel insecticida rudimentario que también se vendía a granel, que salió al mercado con el nombre de ‘Flit’, y que se utilizaba mediante un pulverizador de lata con manguillo de madera  que también vendían en la droguería.


En la tienda de Soriano se podía comprar un polvo blanco que venía en sacos, la magnesia, que los niños ingerían como si fuera una golosina echándolo en un papel de estraza y lamiéndolo con la lengua. Nada faltaba en aquellas estanterías de donde colgaban, como estalactitas, los estropajos de esparto que se vendían en ristras, ni las populares almohadillas de esponja que utilizaban las mujeres cuando se tenían que poner a fregar los suelos de rodillas. Un día aparecieron en el escaparate las primeras fregonas, que salieron con el nombre de Rodex y se presentaron como el fregasuelos del futuro que iba a velar por las espaldas y las rodillas de las amas de casa.


El centro de la ciudad, un poco más abajo de Casa Puga, estaba la droguería de Toro, que nos parecía distinta a todas porque era un lugar frecuentado por artistas. Vendía toda clase de colores para los pintores, paletas, pinceles y hasta los productos que se utilizaban para revelar las fotografías. En los buenos tiempos del negocio llegó a tener un producto en exclusiva para el cabello, un líquido para el pelo conocido como ‘Vigor del doctor Ayer’, que se vendía como un remedio infalible para evitar las caspa, las canas y devolver al cabello su primitivo color. 


Tan importante como la droguería de Soriano o la de Juanjo y Balta en sus zonas, fue la droguería de Lina en el entorno de la calle de Paco Aquino cuando esta avenida empezó a llenarse de ciudad. La droguería Lina fue, desde sus comienzos, un símbolo en un barrio que a comienzos de los sesenta estaba gestándose. 


Eran los tiempos del Persil, uno de los primeros detergentes modernos que venían en cajas de cartón; eran los tiempos del bicarbonato a granel, de los sacos de sosa cáustica, de la colonia con medida y de los cubos de cal con la que la gente blanqueaba las casas. Los polvos de talco se vendían al peso y las pastillas se envolvían en papel de regalo. En vísperas de Reyes solo descansaba para dormir y la demanda era tan grande que hasta sus hijos, que eran tenían que despachar.


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