En memoria de Juanito Cid, boxeador

Ha fallecido Juan Cid, uno de los ídolos locales en la Almería de los años cincuenta

Juan Cid Miralles, ‘Juanito Cid’,  con su elegante batín blanco, todo un lujo para la época, en uno de los combates que disputó.
Juan Cid Miralles, ‘Juanito Cid’, con su elegante batín blanco, todo un lujo para la época, en uno de los combates que disputó.

Había que ser valiente para subirse a un ring y jugarse la vida en cada combate a cambio de unas pocas monedas. Y había que ser inteligente para poder sobrevivir a base de técnica y una cintura prodigiosa para esquivar los golpes de rivales que lo superaban en altura.


Juanito Cid era valiente y por encima de todo, inteligente, intuitivo y más listo que el hambre cuando el hambre era mucho más que una metáfora. Muchos de su generación empezaron a boxear para poder comer todos los días, pero él siempre contaba que sentía más vocación que necesidad y que cuando salía a pelear no lo hacía pensando en la pequeña bolsa que recibía en el vestuario.


Con Juanito Cid se cierra una de las páginas de oro del boxeo almeriense, tal vez la más dura porque se escribió a base de golpes y de hambre. Los domingos de la posguerra olían al linimento, al sudor y a la sangre fresca de aquellos jóvenes púgiles que se convertieron en héroes locales para los miles de aficionados que entonces llenaban las gradas de las terrazas de cine.


Juanito fue un ídolo diferente, de los que necesitaban mucho más que una pegada para convencer. Pequeño, escurridizo, atleta de piernas incansables que se movía por el ring como un bailarín, de técnica depurada y consumados reflejos, hábil para esquivar los golpes del contrario en un metro de distancia y salir indemne cuando parecía acorralado, ante la sorpresa del respetable. 


Juanito Cid fue uno de nuestros boxeadores de raza, de aquellos jóvenes que empujados por su tiempo y por la afición se pasaron la juventud recorriendo las terrazas pobres de la época para ganarse unos duros. Bolsas ridículas y efímeras y un poco de fama que los convertía durante un tiempo en pequeños héroes de una ciudad de provincias que casi nunca salía en las noticias nacionales. Cuando ganaban un combate tocaban el cielo durante unos días y cuando iban por el Paseo todo el mundo los paraba y cuando se sentaban en la terraza de un café siempre había un amigo preparado para invitar. Casi nadie reconocía al alcalde a un concejal, o a un médico, o a un maestro cuando iban por la calle, sin embargo, a un boxeador lo conocía todo el mundo.



Juan Cid Miralles nació en 1932 en la calle de Duimovich, un lugar poblado de familias humildes donde las casas se mezclaban con las cuevas sobre la falda de los cerros del Quemadero. Su padre, que era panadero de profesión, perdió un brazo trabajando y tuvo que ganarse la vida en otros oficios. Juanito se crió en una época de escasez marcada por la guerra civil primero y después por el hambre de su tiempo. No tuvo la oportunidad ni de  ir al colegio; su escuela fue la calle y lo que fue aprendiendo de su hermano Enrique, que le enseñó a moverse en un ring y a dar los primeros golpes como boxeador en aquellos combates improvisados que los adolescentes organizaban en los descampados del Cerro de San Cristóbal.


En 1949 se puso en las manos de Diego Barranco, un policía nacional con talento para preparar boxeadores. Por las mañanas se iba al patio de la casa de su entrenador, en la barriada de Regiones, y allí golpeaba sin descanso a un saco antes de irse a correr por los cerros de la Molineta, donde iban los boxeadores de la época a coger fondo cuando aún no existían los preparadores físicos. En febrero de ese mismo año debutó en un combate en la Terraza España por el que se llevó una bolsa de seis duros, la misma que entregó en su casa cuando fue recibido a puerta gayola por su madre.


Eran obreros del boxeo que cada fin de semana recorrían los distintos escenarios de la ciudad donde se programaban veladas para el disfrute de la afición masculina: El Tiro Nacional, La Terraza Apolo, la Variedades, la de España. Cuando no había combates en Almería se iban a Guadix, a Málaga, a Melilla, y así iban sobreviviendo en un mundo lleno de dificultades, sacrificios y escasez. 


Cuenta Juanito Cid que en 1953 decidió pasarse al campo profesional y que en un combate que disputó en Barcelona llegó a ganar la cantidad de mil pesetas, que entonces era una cantidad importante, un dineral. Había temporadas que se tenía que pasar siete días en Melilla debido a que el barco sólo venía una vez a la semana. Estuvo boxeando hasta que en 1960, después de un combate que disputó en Escocia, decidió emigrar a Alemania siguiendo el camino de tantos almerienses que se fueron a trabajar. Estuvo cuatro años en la empresa Opel y otros cuatro empleado en unas minas. En 1969 regresó a Almería y con el dinero que había ido ahorrando montó un pequeño bar en la Avenida del Perú, donde estuvo durante veinte años.


Los viejos aficionados todavía lo recuerdan como uno de los grandes púgiles que dio el boxeo almeriense, miembro de una generación que recibió más golpes que dinero. Nombres como el de Juanito Cid, Juan Rodríguez, Las Heras, los hermanos González, Mora, entre otros, formaron el reparto de ídolos en la estrecha Almería de posguerra.



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