La vida de la plaza de las piedras

La puerta de la Patrona, en obras, fue un lugar de juegos para los niños de la posguerra

En 1946 la puerta de la iglesia de la Virgen del Mar estaba en obras. Las piedras formaban parte del decorado.
En 1946 la puerta de la iglesia de la Virgen del Mar estaba en obras. Las piedras formaban parte del decorado.
Eduardo de Vicente
09:00 • 29 sept. 2020

La puerta de la iglesia de la Patrona y la fachada lateral del Instituto formaban una pequeña plazuela que era la prolongación de la Plaza de Santo Domingo, en una época en la que era un milagro ver un coche circulando y cualquier espacio abierto se convertía en un lugar de juegos para los niños


En los primeros años de la posguerra aquel escenario tenía un aspecto de derrota. Se palpaba que por allí había pasado la guerra. La iglesia estaba en obras y el suelo de tierra de la plazuela servía para almacenar las piedras que los carros traían desde las canteras para recuperar los dañados muros del templo. Aquel espacio se convirtió en un lugar propicio para que los niños y los adolescentes lo tomaran todas las tardes y organizaran allí grandes partidos de fútbol y desafíos de baloncesto. Eran los niños del barrio y también los estudiantes del Instituto que ocupaban la plazuela como si fuera el patio del recreo. 


Jugaban a sus anchas y a veces, los bloques de las piedras eran en su imaginación los muros de un castillo por conquistar o las trincheras de un fuerte americano que había que defender del asalto de los indios. Había épocas en la que la plazuela era exclusivamente para los niños, semanas enteras en las que las obras tenían que detenerse  por falta de dinero y todo aquel espacio y toda aquella tramoya se convertían en un auténtico parque infantil.


Se puede afirmar que entonces la histórica Plaza de Santo Domingo tenía dos escenarios distintos. Por un lado la plaza tradicional que se extendía desde la puerta del colegio del Milagro hasta la esquina de la calle de Gravina, frente a lo que había sido la boca de entrada al refugio, transformado en kiosco en esos primeros años de la posguerra. Ese tramo de la plaza tenía un orden natural: las niñas del colegio en los recreos, los vecinos del barrio por las tardes, sentados a la sombra de los árboles. Sin embargo, el otro escenario, el que empezaba en la puerta principal del templo, pegado a la fachada del Instituto, era un trozo de tierra por conquistar, un lugar agreste cubierto de piedras y caos. 


Parecía entonces que aquel proyecto de recuperar el templo, que se había ido gestando desde las primeras semanas después de terminar la guerra, no iba a terminar nunca. Las obras de reconstrucción de Santo Domingo se fueron prolongando más de lo previsto, a pesar de los esfuerzos de su gran promotor, el padre Ballarín, que más de una vez, cuando no iban los obreros, se quitaba el hábito y se ponía a limpiar en medio de los escombros. 



Había días en los que faltaban espuertas y palas para hacer los trabajos, entonces era el propio Padre Ballarín el que iba por los almacenes de la ciudad exigiendo ayuda como el que pide una limosna para comer. “A veces temo que un día cuando quiera levantarme de la cama el Señor no me dé fuerzas para hacerlo y la obra que hemos empezado se quede sin terminar”, aseguraba. 


Otras veces, mientras que los hombres cargaban el lastre, el Capellán se iba a la panadería de la calle Conde Ofalia y pedía fiao varios kilos de pan para que a las ocho de la mañana, cuando cesaban los trabajos, aquellos obreros pudieran echarse algo a la boca y tuvieran fuerzas para seguir.


A los voluntarios que participaron durante siete largas semanas en el desescombro del templo, la historia los bautizó con el nombre de ‘La Brigada del Amanecer’. 


Hasta 1941 no pudieron empezar las obras de reconstrucción debido a la falta de presupuesto, al dinero prometido que no llegaba. En esos meses, Ramón Ballarín no cesó en su labor de buscar ayudas, de ir casa por casa pidiendo la colaboración de los fieles. “Hazte mensajero de la Patrona”, les decía, y desde su tribuna en el Yugo y en las ondas de Radio Almería, lanzaba a diario sus ‘Cuartillas’, donde les iba contando a los almerienses cómo iban las obras, los muchos obstáculos que le salían al paso y la necesidad de que cada vecino se volcara con su Patrona, aunque sólo fuera adquiriendo una de las humildes estampas que el fraile llevaba siempre en el bolsillo del hábito. 



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