Richoly: Así que pasen cien años

Se cumple un siglo del nacimiento del gran maestro de la guitarra almeriense

Richoly fue un símbolo cultural durante más de tres décadas.
Richoly fue un símbolo cultural durante más de tres décadas.

En la víspera del 19 de marzo del año 1970, cuando en el colegio de San José celebrábamos el santo del patrón del centro, el director, don Rafael, nos trajo un regalo inesperado: el maestro Richoly y su guitarra. 


Para muchos de nosotros, aquella aparición fue un impacto. Nos quedamos con la boca abierta viendo tocar al maestro y desde aquel día empezamos a soñar con una guitarra para parecernos al menos a los muchachos de nuestro barrio que se transformaban en héroes delante de las adolescentes cuando aprendían a tocar cuatro acordes.


En aquellos tiempos, el que tocaba la guitarra se colocaba dos escalones por encima del resto en el escalafón de la pandilla callejera. El que tocaba la guitarra se convertía en un mito automáticamente y era el centro de atracción de las reuniones juveniles, el que más éxito tenía con las muchachas, el enamorador oficial de la calle. Detrás veníamos los aspirantes a guitarristas, los que con una torpeza irremediable nos conformábamos con aprendernos cuatro acordes que nos llevaban, casi siempre, a la misma canción. 


En los años de la Transición se pusieron de moda los cantautores, y en la puerta de los institutos y en las plazas del centro abundaban los cantantes con guitarra que nos regalaban el repertorio de Víctor Jara. La Transición se empezó a escribir en los trancos del instituto a la hora del recreo. La Transición se nos apareció en forma de guitarra y a través de una voz que nos cantaba ‘Te recuerdo Amanda’ y nos hacía corear aquel himno de primero de rojerío que nos ponía a todos “a galopar” al compás de la música de Paco Ibáñez. 


Se puede afirmar que había tres formas de aprender a tocar la guitarra: de oído, aprendiendo las posturas que otro amigo te enseñaba y recibiendo lecciones de un maestro profesional, que era el método más seguro pero también el más costoso. En Almería tuvimos un profesor que fue como un dios para varias generaciones de niños y adolescentes: el maestro Richoly, al que acudíamos por las tardes después del colegio. 



Unos empezaban a aprender inglés porque las madres ya nos decían que el idioma era el futuro, mientras que otros íbamos a la academia de Richoly para que nos enseñara a tocar la guitarra. Cuando aprendíamos el punteo de la Malagueña y el Vito, nos inflábamos de moral y recibíamos nuestros elogios de nuestras madres y nuestras tías.


El profesor daba sus clases de música por turnos porque éramos muchos los niños que queríamos manejar el instrumento de cuerda aunque sólo fuera para destacar en las pandillas de amigos. 


Media Almería pasó por aquel lugar sagrado de la calle de Hernán Cortés, donde el maestro impartía sus lecciones a diario y donde ejercía la actividad comercial vendiendo instrumentos musicales y todo tipo de accesorios. Si alguien necesitaba una libreta de música, iba a la tienda de Richoly, si se le partía una cuerda de la guitarra, iba a Richoly, si le hacía falta una cejilla o afinar la guitarra, Richoly era la referencia. 


Los buenos alumnos, los que aprendían de verdad y tenían condiciones para abrirse camino, pasaron por las manos de Richoly, pero también los menos dotados, los que conscientes de sus limitaciones sólo aspiraban a aprender unas nociones de acompañamiento, las suficientes para darse a conocer en las reuniones con los amigos.  Así conocimos al profesor, en aquellas clases particulares, queriendo aprender los secretos de la guitarra de forma intensiva. Richoly era entonces una institución en la ciudad, el profesor omnipresente que llevaba media vida iluminando el escaso panorama cultural de Almería.

No había acto cultural en la ciudad donde no estuviera presente Richoly. En 1955, ya había participado en doscientos conciertos con carácter benéfico.  Fue director de la rondalla de Educación y Descanso y en los años sesenta se consagró con el profesor de guitarra de Almería. Tuvo el privilegio de darle clases a la actriz Brigitte Bardot, que mientras rodaba una película en Almería tuvo el capricho de aprender a tocar la guitarra. Fue la alumna más conocida que tuvo y también una de las más rentables, puesto que se rumoreaba que le cobraba mil pesetas por cada sesión.



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