El reino de Rafael el limpiabotas

Tenía su puesto en un taburete que instalaba entre el kiosco Amalia y el Oasis

Rafael era el hombre del betún, un maestro del cepillo y la gamuza, que se pasó media vida agachado mirando los pies de los clientes.
Rafael era el hombre del betún, un maestro del cepillo y la gamuza, que se pasó media vida agachado mirando los pies de los clientes.
Eduardo de Vicente
07:59 • 13 ago. 2020

Cada mañana, cuando empezaba a calentar el sol, bajaba desde la Fuentecica cargado con sus herramientas de trabajo. En una mano llevaba un banco de madera tan desgastado que apenas se levantaba dos palmos del suelo, y en la otra la caja donde guarda ba los cepillos y los botes de betún. Solía ir acompañado también de un juego de cojines para contrarrestar la dureza del banco y de varios paquetes de tabaco para soportar mejor los tiempos muertos.



Era Rafael el limpiabotas, un personaje que formaba parte de la vida de la Plaza de Manuel Pérez, tan arraigado a ese entorno como lo estaba el kiosco de Amalia o la famosa tienda de los Cuadros.  Lo recuerdo en las mañanas de diciembre, a esas horas del café y de la copa de coñac, sacándole brillo a los zapatos de los clientes soportando los primeros fríos del año. Siempre llevaba una gorra en la cabeza y una bufanda alrededor del cuello para evitar los temidos resfriados. Rafael el betunero no podía permitirse el lujo de coger una gripe y si alguna vez le rozaba la enfermedad se metía en la farmacia de Quesada en busca de algunas pastillas milagrosas.



Se pasaba tantas horas sentado sobre el viejo taburete de madera, con el cuerpo inclinado sobre los zapatos de los clientes, que fue perdiendo la rutina de caminar y cada día, cuando al terminar la jornada se levantaba para regresar a su casa, tenía que aprender a andar de nuevo. “Te vas a quedar baldao”, le decían los amigos, y él, con el cigarro pegado a los labios, dibujaba una tímida sonrisa y comentaba en voz baja: “qué voy a hacer si hay que comer todos los días”.



Qué buenos tiempos aquellos, cuando la feria iba del Paseo al Parque, cuando todo sucedía en aquellas aceras del centro de la ciudad y el betunero tenía que echar horas extras. La tarde de la batalla de flores se sacaba el sueldo de un mes dejándose la salud en los zapatos de los clientes. Rafael era un artista sacándole brillo al calzado y no terminaba su trabajo hasta que lo dejaba como un espejo. Primero con el cepillo y después remataba con la gamuza para culminar su obra.



Rafael el betunero era una institución en el entorno de la Puerta de Purchena, a la misma altura de Pepe el Cojo, el hombre del carrillo ambulante que se instalaba en la parte trasera del kiosco de Amalia. En apenas veinte metros se levantaba un pequeño universo formado por el kiosco de Amalia, el mencionado carrillo de Pepe el Cojo, la parada de taxis y el kiosco el Oasis. 



Rafael el betunero mantenía una relación muy estrecha con los taxistas que desde los años sesenta se instalaron en aquel rincón sustituyendo a una antigua parada de carros. Estaba tan integrado en la vida de los chóferes que a veces, cuando sonaba el teléfono de la parada y no había nadie para cogerlo, era el propio limpiabotas el que tomaba el recado. Por las tardes, cuando el trabajo aflojaba, el limpiabotas se arrimaba a alguna de las tertulias que todos los días se organizaban alrededor del carrillo ambulante. 



En aquel entorno reinaba el kiosco de Amalia, un puesto de venta de periódicos, la parada de taxis, Rafael el betunero, Pepe el Cojo, el kiosco del Oasis, el puesto de Alfonsito, el minusválido que vendía Iguales y banderines de los equipos de fútbol, y el tenderete de las correas que fue el origen de la firma Bolsos Carlos. En la acera de enfrente aparecían comercios de la importancia de Tejidos La Pajarita, La Tijera de Oro, la chacinería de los Díaz  y el despacho de lotería El Gato Negro. Era la administración número cinco y fue inaugurada en 1929 por doña Clotilde Bueno en Conde Ofalia. En 1935 se mudó a su destino definitivo de la Plaza de Manuel Pérez, donde ha estado abierta durante décadas, dirigida ya por María Teresa Pumarola Bueno, hija de la fundadora.



El despacho de lotería ocupaba un viejo caserón entre la calle Regocijos y la Plaza del Carmen, un rincón de mucha vista que fue aprovechado por los empresarios cinematográficos para colocar en el terrao los anuncios de las películas que se estrenaban en las salas de la ciudad. 


Aunque físicamente no estaba dentro de su territorio, también forma parte de la historia de la Plaza de Manuel Pérez, el bar Toresano. En los años de la A.D. Almería, cada vez que se iba a jugar un partido transcendental se formaban largas colas para sacar las entradas, un río de aficionados que desde la puerta del bar llegaba a la plaza y doblaba la esquina de la Puerta de Purchena.


Rafael el betunero reinó durante cincuenta años en aquel escenario, dedicado a una profesión que en aquellos tiempos se heredaba de los mayores. Él aprendió de su padre hasta convertirse en un maestro del oficio. A los niños, cuando estábamos aburridos de tanto jugar en la calle, nos gustaba ir a mirar las faenas del limpiabotas. Era un gran espectáculo contemplar con qué destreza movía el cepillo, cambiándoselo de mano al vuelo, haciendo juegos malabares con las herramientas para contentar a su público. 


“Rafael, levántate a estirar las piernas, ¿no ves que te vas a quedar baldao?”, le decían los taxistas de enfrente, mientras él seguía a lo suyo, buscando la inspiración en una humilde gamuza.


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