Las mascarillas para tapar bocas

Hay de codo, de barba, de boca... recursos de la picaresca para no cumplir las normas

Un ciudadano  paseando por la Catedral con la mascarilla cubriéndole la barba mientras va fumándose un cigarro.
Un ciudadano paseando por la Catedral con la mascarilla cubriéndole la barba mientras va fumándose un cigarro. La Voz

El uso obligatorio de la mascarilla saca a relucir una vez más la picaresca de los ciudadanos para intentar saltarse las normas. No son del todo ciertas las buenas noticias que sacan a la luz las autoridades y los medios de comunicación destacando lo formales que somos los almerienses a la hora de utilizar la mascarilla. Nos hablan de que la mayoría la lleva, pero no especifican que una parte importante de esa mayoría la lleva de cualquier forma, sin ajustarse al reglamento.


Se están llevando mucho en este caluroso mes de julio las mascarillas de barba. Es una buena forma de decir que uno lleva puesta la mascarilla y de no sufrir las molestias que genera. La mascarilla de barba te permite fumar, hablar a pleno pulmón por el móvil, comunicarte con los amigos en la calle sin tener que alzar la voz más de lo normal, disfrutar de un helado mientras paseas y colocártela en un segundo en su sitio correcto si la situación se complica y aparece una pareja de policía en el horizonte. 


La mascarilla de barba tiene una variante, la mascarilla de tapar bocas. Un porcentaje importante de los ciudadanos la utiliza y camina plácidamente por el Paseo, por la Plaza del Mercado o por su barrio, con su mascarilla oficial que le cubre la boca y le deja libre la nariz para poder respirar sin ningún problema, como si no llevara nada puesto. Viene a ser otra forma de engaño, de engañar a los demás y de engañarse a sí mismo, teniendo en cuenta que las autoridades sanitarias nos han explicado una y otra vez que el virus se cuela principalmente por la nariz.


También están de moda las mascarillas de muñeca, las que se llevan como si fuera un reloj o una pulsera terapéutica. Otros se las ponen en el codo que también adorna bastante y hasta quien se la deja colgada de una oreja para disimular mejor. Esta forma de incumplir las reglas se nota más a medida que nos alejamos del centro, de los lugares más concurridos. 


En algunos barrios la vida se relaja hasta tal punto que lo difícil es cruzarse con alguien que lleve la mascarilla bien puesta. El problema se acentúa si hablamos de la población más joven. Los adolescentes, como se creen inmortales, siguen habitando en una realidad paralela, como si no hubiera pasado nada, como si lo del coronavirus fuera un problema de otro planeta. Basta con darse una vuelta por el barrio de la Alcazaba para ver a los grupos de amigos arremolinados en torno a unos litros de cerveza, chocándose las manos en gesto de camaradería y compartiendo hasta la saliva como si nunca hubiéramos tenido pandemia



Estos continuos incumplimientos, que los tenemos presentes a diario en nuestras calles aunque miremos para otro lado, ponen de manifiesto que no se ha creado una conciencia colectiva, que un alto porcentaje de los que van con la mascarilla la llevan por temor a una sanción, más que por no contagiar o ser contagiado. 


Falta información y sobre todo, que se tomen medidas de verdad, que si hay que multar se multe sin concesiones, que la policía, tanto la nacional como los municipales, se dejen ver por las calles y se mezclen con la gente. Estamos cansados de vueltas rutinarias en vehículos oficiales, en rondas que pasan de largo y miran para otro lado. Los cuerpos de seguridad deberían de bajarse de los coches y de las motos para vivir la realidad de cerca, hablar con los ciudadanos, informar y si es preciso, imponer la sanción que corresponda.


Las exigencias tendrían que hacerse también más duras en algunos locales de ocio donde los clientes se amontonan. Hay algunos bares del centro que se están llenando por encima de la capacidad que sería aconsejable y en algunas terrazas los grupos de jóvenes comparten el espacio sin respetar la distancia. Es como si todavía se tuviera la sensación de que entre los familiares y entre los amigos no caben los contagios. 


Me acuerdo, viendo tanta mascarilla mal puesta y tantos agrupamientos, cuando de niños nuestras madres nos ponían la bufanda para ir a la escuela en los días de frío, y al volver la esquina nos las quitábamos y las guardábamos en la cartera. Cuánto disfrutábamos incumpliendo las normas.



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