Elegantes tragedias (IV): Tierras movedizas

Cuarta entrega de una serie de siete relatos negros sobre Némesis de Peláe

Tercera entrega de una serie de siete relatos negros en los que Némesis de Peláez.
Tercera entrega de una serie de siete relatos negros en los que Némesis de Peláez. La Voz

—Buenos días, Demetrio. ¿Se sabe ya algo de la hija de Cubero?

—Buenos días tenga usted señora de Peláez. La portada del diario Yugo dice que se sigue sin pistas. Solo habla de sus padres desconsolados y un pretendiente que ha estado en comisaria dos días. Es como si desde el viernes al medio día, a la señorita Sales Cubero se la hubiese tragado la tierra.


Estas desapariciones de muchachas quinceañeras de clase acomodada suelen obedecer a una fuga por amor o algo más sádico que se descubre a las pocas horas, así, en una ciudad pequeña como Almería. Pero esto no me hace sentido… Cóbreme el diario. 


La mujer de edad madura, enjuta y ágil que cruza el Paseo del Generalísimo a las ocho de la mañana, sabe muy bien adónde encamina sus pasos. Necesita sentir que ayuda en la misteriosa desaparición de esta chiquilla. La señora de Peláez no es de Almería, llegó de la mano de su marido hace casi veinte años procedentes de Granada, aunque es cubana. Perteneció a la burguesía de la caña de azúcar de la isla caribeña venida a menos con la guerra del 98. Volvieron a la madre patria en busca de un futuro para sus dos hijas, Némesis y Selene, cuando la cosa viró a ruina. Recalaron en Granada de donde eran oriundos. Allí la hija mayor se unió a la Cruz Roja donde se hizo enfermera. Al tiempo, Némesis se enamoró de un policía recién ascendido. Entonces lo destinaron a Almería en 1925 y se casaron. Pasaron los cuatro años más felices de sus vidas. Hasta que se lo mataron. Aunque hayan pasado 15 años desde entonces, guerra de por medio, el asesinato sin resolver de su esposo sigue siendo su verdadero acicate. Llega a la comisaría en apenas diez minutos.


—Buenos días, Ramos—, dice plantándole el periódico encima de la mesa.



—Buenos días, Némesis. Sí, ya lo veo, el ejemplar del Yugo de hoy lunes, 2 de octubre de 1944. Y nada.

—¿Cómo es posible que no haya ninguna pista de la desaparición de la muchacha? Esto no es propio.

—Hemos registrado e interrogado en todo el fin de semana a media ciudad, y ni rastro de Sales. Y lo más curioso es que desaparece a plena luz del día. Las últimas personas que la vieron fueron sus compañeras de clase de Arte del instituto Femenino. Se quedó limpiando sus pinceles. A partir de ahí se le pierde el rastro.


Némesis se sienta delante de la mesa del despacho del inspector Ramos.


—¿No hubo dos desapariciones de sendas muchachas antes del verano?

—Si se refiere a las dos indigentes de abril y junio, ya lo hemos barajado, pero son casos inconexos.

—Pero ambas mujeres eran jóvenes y también se volatilizaron sin dejar rastro a plena luz del día. 

—Eso lo dice usted porque mendigaban en las puertas de dos iglesias. Pero pudimos averiguar que las dos se dedicaban a la prostitución y debieron de arrojarlas por algún barranco. Es lo común y cerramos los dos casos.

—No es tan fácil deshacerse de una joven sin que nadie haya visto nada. Pero las prostitutas, ya se sabe, no merecen que perdamos el tiempo con sus vidas o sus muertes, ¿verdad, Ramos? Pero ahora mírelo desde mi perspectiva: las tres son muchachas que se desvanecen recientemente en el centro de la ciudad al medio día y eso ya las conecta. ¿Podría sacar sus expedientes y dejármelos leer?


Tras una hora, la viuda del inspector Peláez abandona la comisaría como una exhalación. Ramos y dos oficiales de paisano la acompaña. Lleva bajo el brazo un plano.


*************



Fuma sin parar entre una media sonrisa. Ahora exhala el humo en aros de diferentes tamaños. El policía se vuelve a dirigir a él con menos paciencia:


—Llevamos aquí cinco horas, pero podemos echar muchas más, créame. Esta será la ultima vez que me dirija a usted sin despeinarnos...

—Les repito que Sales Cubero era otra de mis alumnas, pero nada más.

—Una que se quedaba la última para intentar coincidir con usted a solas. ¿No es así? Alberto Gracián es su pretendiente y asegura que el día en que desapareció, él permaneció casi tres horas en la puerta de plantón, esperando a Sales, por lo que afirma que no abandonó el instituto por la puerta principal.

También atestiguan sus compañeras que los habían visto a ustedes en diferentes ocasiones cuchicheando en actitud impropia.

—Y qué. Ya les dije que las mujeres ven príncipes azules por todas partes. La culpa la tienen las novelas de la radio.

—Estamos hablando de la hija del pintor Cubero, una muchacha decente de quince años que lleva desaparecida setenta y dos horas. No sé si es capaz de entender la gravedad del asunto detrás de ese humo ególatra—. (Toma la palabra Némesis)

—Ay, señora de Peláez, colaborar con la policía en desapariciones de niñas púberes que se creen importantes y que se las traga la tierra le excita, ¿no? Hace demasiado tiempo que es una viuda solitaria… Se rumorean tantas cosas sobre usted... Hasta que es una mulata blanqueada con leche de burra venida a más.

—No se moleste en contestarle, Ramos, estoy acostumbrada a que hombres como este fantaseen estupideces sobre mí. Pero, fíjese, profesor Domínguez, que no me afectan sus desprecios de macho ibérico. Hablemos de sus hábitos.

—Soy un hombre muy normal. Nunca me he casado, soy un artista y a ello dedico mi tiempo. Compro la prensa todas las mañanas, desayuno en el Café Español y doy mis clases de Arte en el instituto Femenino. Vuelvo a casa al medio día y las tardes las dedico a pintar, a pasear y a escuchar ópera. Los fines de semana y fiestas de guardar acudo a misa y a alguna tertulia artística donde creo recordar su presencia, señora de Peláez, acompañada por esa profesora tan petulante que llegó el año pasado a mi centro, Celia Viñas.

—Las petulantes nos encontramos, cómo no. Y dígame, profesor Domínguez ¿Adónde compra la prensa y acude a misa, tiene sitios fijos?

—Entre semana compro la prensa en el quiosco de la plaza de los Burros. Los sábados me la guardan al salir de misa de ocho en el quiosco de la placita en frente de la puerta lateral de la iglesia de san Pedro y los domingos la compro en la plaza del santuario de la Virgen del Mar, al salir de misa de los dominicos, también a las 8 de la mañana. Después siempre acudo al Español a tomar mi café con leche y porras.

—Comprendo. Entonces conocerá bien a Demetrio. Entre semana regenta su quiosco en la plaza de los Burros y los fines de semana abre él personalmente los otros dos mencionados, justo sábados y domingos durante la mañana. Es el dueño de los tres. Supongo que ya lo sabía…

—Simplemente le compro el periódico, señora, por Dios.

—Y ¿desde cuándo sigue esas rutinas?

—No sabría decirle...

—Inténtelo, denos un número aproximado. (Inspector Ramos)

—Le voy a ayudar un poco. ¿Desde hace unos siete u ocho años, desde 1937 o 1938?

—Sí, desde hace ese tiempo más o menos. Justo cuando murió mi madre, que en paz descanse.

—¿Qué edad tiene, profesor Domínguez?

—Treinta y cinco años, señora de Peláez. Por qué ¿Cree que podríamos hacer un apaño entre usted y yo?

—Yo tengo cuarenta y cinco, pero, aunque fuésemos de la misma quinta, óigame, nunca tomaría ni ese café con porras con usted. Y fíjese que Demetrio el quiosquero sí dice conocerle a usted muy bien…

El profesor apaga el cigarro aplastándolo con fuerza contra un cenicero de metal que hay pegado en la mesa.

—¿Ha visto esto antes? (Némesis abre un plano que representa unas calles)

—No lo había visto en mi vida.

—Es el plano de los refugios que se construyeron en la Guerra Civil. Corresponden a los cuatro kilómetros de galerías que recorren las entrañas del centro de Almería. Observe bien. Resulta que los refugios, ahora cegados para la ciudadanía acabada la contienda, tenían en su tiempo de uso multitud de entradas; algunas desde las casas de las familias más importantes de la ciudad.

—Eso es un bulo, yo nunca escuché nada de eso.

—¿De veras? Aquí en este plano no están ni mucho menos reflejadas esas entradas, era algo secreto. Y cabe notar, Domínguez, que no nos haya mentado a su papá en toda esta charla, un médico muy reconocido en Almería y que murió de un infarto hace seis meses. ¿Correcto?

—¿Y eso qué aporta al caso de las chicas desaparecidas? Me tienen aquí contra mi voluntad y yo no he hecho nada. Voy a llamar a un abogado si no me sueltan inmediatamente.

—Si nos facilita el nombre de algún letrado podemos ir avisándole, ¿verdad, inspector? Mientras tanto no perdamos el hilo, Domínguez. Le decía que su papá fue el cirujano que trajo al mundo durante la guerra a los niños que nacieron dentro de los refugios. Además, usted acabó Medicina en Granada en junio del 36, dos meses antes de que empezara la pesadilla del alzamiento nacional. ¿Voy bien, profesor?

—Sí, señora, en eso va bien, pero exijo que manden llamar a mi letrado, Don Manuel de Torres Lirón que tiene su despacho en el Paseo.

—Sin problema, un oficial se dispone a ello. Y, ¿por qué nunca ejerció la Medicina?

—Me percaté de que lo que me gustaba era pintar y preferí ser artista, tampoco es algo tan chocante.

—O seguramente fue su papá quien descubrió sus hábitos y quien ha estado asistiéndolos hasta su muerte. La cuestión es que hemos encontrado similitudes en la desaparición de tres muchachas. Usted antes hablaba en plural, curioso tambien. Y es que hay dos indigentes desaparecidas, una desde la puerta lateral de la iglesia de san Pedro, un sábado por la mañana, y la otra desde la plaza de la Virgen del Mar, dos meses después un domingo por la mañana. La tercera en discordia es la señorita Sales Cubero hace 72 horas desde el Instituto. Vea el mapa. Están señaladas pocas entradas, pero esas sí están. Dos coinciden con trampillas ocultas debajo de sendos quioscos de los tres mencionados. También hay otra entrada desde el Instituto y que ni siquiera aparece en el plano. Hemos hallado esta peineta en el sótano de su centro y la madre de Sales acaba de identificarla. Demetrio está siendo interrogado y asegura, para empezar, que fue ayudante de su papá durante la Guerra. ¡Qué coincidencia! 

—Queda detenido por la desaparición de Sales Cubero, Antonia Cortés y Salustiana López. ¿Tiene algo que añadir? (Inspector Ramos)

—Negra entrometida, ¿cómo ha podido averiguar tanto con tan poca cosa?

—La frase clave la pronunciaron Demetrio y usted por separado: “se la tragó la tierra”. Pero no se apure y espere a su defensor. Estoy segura de que alguna alumna cándida le llevará tabaco a la cárcel. Aunque aquí ya huele más a garrote que a humo, Domínguez. Buenas tardes, caballeros, el artista es todo suyo, a mí me ha despertado una jaqueca insoportable.



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