La figura del hermano mayor

El hermano mayor venía a ser como la sombra de la madre y el padre, pero sin galones

Una niña del barrio de las cuevas de la Alcazaba llevando en brazos y besando a su hermano pequeño.
Una niña del barrio de las cuevas de la Alcazaba llevando en brazos y besando a su hermano pequeño.

Casi todos teníamos un hermano o una hermana mayor que nos ayudaba a abrirnos paso por el camino de la vida. Los hermanos mayores eran para nosotros como una prolongación de la figura del padre y de la madre, pero con menos disciplina. Cuidaban de nosotros, nos llevaban de la mano como guías y nos daban buenos consejos, pero también eran nuestros cómplices, con los que podíamos compartir las intimidades y las aventuras que nunca llegaríamos a contar a los padres, los que sabían guardarnos bien los secretos cuando corríamos el riesgo de un castigo. 


Había diferencias entre tener un hermano o una hermana mayor. Los niños compartíamos más experiencias con los hermanos, mientras que con las hermanas se compartían más ternuras. 

Los hermanos terminaban siendo nuestros compañeros en los juegos de la calle, mientras que las hermanas eran como unas madres de repuesto que estaban pendientes de nosotros. Cuántas niñas de mi barrio, con apenas diez u once años, se tenían que hacer mujeres antes de tiempo cuidando de sus hermanos menores. En ausencia de las madres, aquellas niñas eran las que llevaban el peso de la casa, las que iban a recoger a sus hermanos al colegio, las que les daban de comer, las que les ayudaban a hacer la tarea, las que les regañaban cuando cometían una travesura y las que los llenaban de besos.

Los que teníamos hermanos mayores lo tuvimos más fácil porque ellos nos ayudaban a aprender. De nuestro hermano mayor heredábamos sus conocimientos, su mirada de la vida, sus gustos musicales y hasta su ropa. En mi casa teníamos por costumbre que los pantalones, los jerséis y las camisas fueran eternos, que nada se tirara porque como solía decir mi madre no se sabía las vueltas que podía dar la vida y podían hacer falta algún día. La ropa que se le quedaba pequeña al hermano mayor no tardaba en encontrar un destinatario.



Con los hermanos mayores compartíamos casi todos los juegos de la casa, pero en la calle la edad marcaba sus diferencias. Los mayores solían apartarnos de su pandilla para tener más independencia. No era conveniente llevar colgado al pequeño para que después le fuera contando a los padres historias de cigarrillos a escondidas y de besos en los portales. En mi calle yo tenía un vecino que estaba obligado a cargar permanentemente con la cruz de su hermano pequeño. El padre, un señor severo que no convenía contrariar, siempre le advertía lo mismo cada vez que salían de la casa: “Lleva a tu hermano cogido de la mano y no lo sueltes. Si alguna vez lo pillara un coche, que Dios no lo quiera, vuelves con su mano”. Por fortuna, a ninguno de los dos lo atropelló nunca un coche, ni siquiera un humilde carrillo, pero el muchacho, cuando salía a la calle, apenas podía participar con los de su edad convertido en el centinela de su hermano menor. 


Cuando la diferencia de edad superaba los cuatro o cinco años casi siempre se producía una ruptura cuando el hermano mayor empezaba a perderse por los callejones de la adolescencia. Uno, el pequeño, seguía inmerso en su universo infantil, mientras que el otro, el grande, se sumergía en ese camino tortuoso que llevaba a la rebeldía. A pesar del distanciamiento, los menores también nos beneficiábamos de los descubrimientos constantes de nuestros hermanos. Conocíamos de cerca a sus primeras novias que nos llenaban de besos y asistíamos sorprendidos a sus primeros bailes caseros. La música también nos unía a los hermanos, aunque a veces era la causa de algún desencuentro. Cuando mi hermano mayor salía con sus amigos, a mí me gustaba refugiarme en su habitación y registrar en sus cajones prohibidos. Cuando me cansaba de hurgar me acostaba en su cama, le cogía prestado el radio-casete que le habían traído de Melilla y me pasaba las horas muertas escuchando sus cintas. 


Los hermanos mayores nos contaban historias que estaban llenas de aventuras para nuestros ojos de niños. Nos hablaban de sus escaramuzas en el instituto, de las emociones de saltar por encima de los vagones  del tren para llegar al Tagarete, de los motes que tenían los profesores, del follonero de la clase que siempre terminaba siendo expulsado, de los partidos de fútbol en el estadio de la Falange y un día, nos hablaron también de las primeras manifestaciones no autorizadas que llenaron de miedos y voces el Paseo de Almería. Cuando en mi casa mi hermano nos contaba aquellas escaramuzas de la Transición, mi madre se echaba las manos a la cabeza y repetía siempre la misma frase: “Otra guerra tenemos encima”.


Los que teníamos varios hermanos mayores disfrutamos intensamente de su presencia, pero también tuvimos que sufrir el desarraigo de las despedidas. Un día se marchaban a estudiar fuera y otro a cumplir con el servicio militar. La ausencia de un hermano llenaba la casa de soledades durante las primeras semanas y los lugares comunes se hacían insoportables. Encontrarnos con sus objetos personales nos dejaba un poso de tristeza que tardábamos en superar. 


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