Cuando los peores enemigos de Almería son algunos almerienses

Después de mil años de soledad en los que Almería solo aparecía en la esquina de las páginas de los periódicos cuando el color de la tragedia teñía su olvidada geografía (desde la boda que acabó en sangre y que inspiró a García Lorca, a la amenaza nuclear que cayó en las aguas del mar de Palomares o a la maldición cíclica de treinta años de sequía a la que despertaban tres días de riadas devastadoras antes de que el cielo se cerrara otros treinta años), en el inicio de los 80 la provincia comenzó a percibirse, desde las redacciones madrileñas primero y desde otras capitales europeas después, como un oscuro objeto de atracción mediática. El mayor desierto de Europa, la tierra que solo producía inmigración, inspiración para algunos libros memorables y contemplación de paisajes desoladores, comenzaba a despertar de su letargo milenario y, a la par, comenzaba también a despertar interés en quienes, hasta entonces, nunca la habían mirado.


De aquella primavera democrática recuerdo la tarde en la que Tomás Azorín, entonces gobernador civil de Almería, me llamó a su despacho del palacete de la calle Arapiles. Yo era un joven periodista casi recién llegado a la corresponsalía de El País y Azorín me recibió parapetado por una cordillera de papeles, un cenicero lleno de colillas y dos cartones de Ducados en tiempo de espera. Aquellos centenares de folios contenían extensos informes de la empresa nacional Adaro en los que se apremiaba al representante del Gobierno central a adoptar medidas para impedir la construcción de nuevos invernaderos ante la amenaza que su expansión suponía para las reservas de agua subterránea de las que se abastecían los primeros cultivos bajo plástico de entonces. Azorín, siempre directo, me confesó que no sabía cómo hacer cumplir tan apocalíptica recomendación y me sugirió (los gobernadores demócratas sugerían, los franquistas ordenaban y mandaban; sé bien lo que digo) que publicara un reportaje en el periódico sobre esa realidad dramática a la que había que poner coto. Azorín, que lo leía todo, no dejó ni una coma de aquellos informes en el olvido, pero a mí, después de hablar con algunos de los mejores conocedores del sector, se me olvidó intencionadamente escribir una sola palabra sobre el requerimiento madrileño. Al todopoderoso gobernador también se le olvidó (siempre pensé que intencionadamente) la ‘orden’ madrileña, y de aquellas 9.850 hectáreas de invernadero que había en 1982 hemos pasado a las 31.034 registradas en 2018. Desde que tengo uso de razón periodística entre mis muchos defectos he intentado no frecuentar el de poner piedras en el camino al desarrollo, sobre todo si las piedras las aportan desde despachos alejados de los intereses provinciales.


Contemplar cualquier realidad desde la lejanía facilita ver los hechos en toda su compleja amplitud, una posición que no siempre (o mejor: casi nunca) ha sido frecuentada por los que han llegado hasta nuestra provincia llevando ya el titular escrito antes de bajarse del avión.

 

El crecimiento de la superficie invernada, la irrupción inesperada y masiva del fenómeno migratorio, la utilización de incentivos químicos en la producción, los sucesos racistas del 2000, la aparición de asentamientos humanos sin orden ni concierto ni servicios, el crecimiento de oficinas bancarias aquí y allá o el levantamiento de construcciones incompatibles con la preservación del medio ambiente, por citar los casos más conocidos, han atraído a decenas, tal vez centenares de periodistas amantes de emociones fuertes y escribidores de crónicas apresuradas en las que sólo acababa reflejada una parte de la realidad, pero no la realidad en su conjunto.



Es verdad que en el crecimiento espectacular de Almeria ha habido y hay zonas de penumbra, territorios de sombra (¿en qué geografía del mundo no las hay?) a los que es preciso iluminar desde los medios, no solo para censurarlos con decidida dureza, sino para evitar su permanencia injusta e injustificada en el tiempo y, a la vez, incompatible con una sociedad que aspira al bienestar compartido.


Pero, a la par, no es menos cierto que esas sombras no pueden oscurecer realidades incontrovertidas como el haber convertido el mayor desierto de Europa en el mayor bosque bajo plástico (pero bosque al cabo), del mundo; o el de haber integrado a casi cien mil inmigrantes dotándoles -era y es de justicia y de decencia hacerlo-, de los mismos derechos educativos y sanitarios que los que disfrutan los nacidos aquí; o el pasar de ser un territorio condenado a la escasez de agua a ser la geografía más eficiente en su uso; o el de ser un escenario en cultivo ecológico y un escaparate en la lucha contra las plagas adelantándonos a las imprescindibles exigencias de sostenibilidad que impone el futuro. Almería ha hecho y hace eso y mucho más y, sin embargo, casi nadie (¿nadie quizá mejor?) se detiene en esas otras caras para describir la realidad en toda su complejidad, en toda su riqueza.


Pero quizá lo peor de todo sea que los almerienses no solo no hacen nada o solo muy poco para romper esa imagen de reserva india culpable de todos los pecados según el evangelio de quien llega de fuera, sino que, además, hay muchos de entre los almerienses que alientan desde dentro esos incendios premeditados por una visión sesgada o por intereses inconfesables alimentados por grupos de presión. Demasiadas veces se cumple aquella previsión que sostiene que, en una conversación entre tres personas, si una habla bien de Sevilla, es sevillano; si otra habla mal de Sevilla, es malagueño; y si la tercera habla mal de Almería, es almeriense. En fin, ya saben. Hay mucho tonto con balcones a la calle.


Tenemos cosas que corregir, sí. Pero son muchas más en las que hemos dado y estamos dando ejemplos de modernidad y vocación de futuro. Las realidades son poliédricas, mirémoslas en toda su amplitud. Y, sobre todo, no demos tres cuartos a visitantes de fin de semana o a pregoneros que solo buscan poner el acento en el lado oscuro ignorando lo que tanto y tan luminoso han conseguido las mujeres y hombres de esta provincia con su sangre, son su sudor y con sus lágrimas.   

 

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