Las ocho visitas del rey campechano a Almería

Pocos españoles han pasado tan rápido de héroe a villano como este monarca tan querido

Juan Carlos, el futuro rey entonces, en un baile de gala en el Casino de Almería en 1958.
Juan Carlos, el futuro rey entonces, en un baile de gala en el Casino de Almería en 1958.

Almería evolucionó en el último tercio del siglo XX como lo hizo su penúltimo rey, ese Borbón que ciñó corona casi 40 años, y que ahora ya no es dueño de su destino –en realidad nunca lo fue. Hubo un tiempo, en aquel jalón de reforma política, de ‘Habla pueblo habla’, en el que  todo el mundo era  juancarlista, por la ilusión que generó su aspecto bonachón, por su firmeza como demiurgo para dar el paso que se atrevió a dar y que podría no haber dado, porque después de Franco cualquier cosa que viniera no podía ser peor.


 Juan Carlos lo tenía todo para triunfar en un país que lo amaba sin habérselo merecido aún, tan decepcionado con sus antecesores, y lo hizo: triunfó en loor de multitudes, con la derecha y con la izquierda de este país. Nadie hubo que uniera más a esta España cainita, a esta provincia vieja, como ese buen mozo nieto de Alfonso XIII, como nadie hay en estos días que haya decepcionado tantos corazones, de esta provincia, como este Borbón, por tantas presuntas actividades delictivas  investigadas por un fiscal suizo.


Para hacerse cargo del afecto y el efecto que despertaba su figura en Almería, no hay nada más que desempolvar hemerotecas o tirar de recuerdos. Había –hay- un alcalde en El Sopalmo, José Antonio Fernández, que consagró parte de su vida a enviar cartas de felicitación por San Juan a Zarzuela, a hacerle partícipe de cualquier mejora en su aldea,  a invitarlo a cualquier inauguración de alguna nueva plaza, de alguna nueva calle  alquitranada. Como recompensa a su tenacidad, el bueno de José Antonio recibía cada Navidad un telegrama de felicitación de la Casa del Rey, que exhibía por todos los rincones de la provincia. Qué pensará estos días, José Antonio, bajo el manzano del jardín de su casa, de su amigo el emérito.


En ocho ocasiones pisó Juan Carlos I suelo almeriense, siguiendo la serie que inició la dinastía con su tatarabuela Isabel II y después Alfonso XII y Alfonso XIII. La primera vez fue en 1958, con apenas veinte años, como guardiamarina de la Armada española. Aún no era nadie, solo un infante de España al que Franco había puesto el ojo para deshacerse de su padre y que le sucediera en la Jefatura del Estado. Llegó a la bahía de Bayyana en un viaje de instrucción a bordo de la fragata Vulcano. En esos dos días que permaneció en la ciudad tuvo tiempo de asistir a un festival artístico en la Alcazaba, de visitar  las minas de oro de Rodalquilar y de participar en una solemne salve en el templo de la patrona. Era una Almería aún en blanco y negro, amarrada a una posguerra de la que parecía no salir nunca. Solo se le conocía en la ciudad a este jovencillo rubio y alto como una palmera de verlo en el Nodo como antesala de las películas. Por la noche causó admiración, con su aspecto de marine apuesto, en la fiesta de gala que se celebró en la terraza del Casino en donde bailó con algunas muchachas.


Almería se fue olvidando de aquel joven aspirante a ser alguien en España, hasta que se anunció su boda en 1962 con una princesa griega, con la que volvió a aparecer por Almería, ya como altezas reales, en 1964. Era alcalde Antonio Cuesta Moyano, quien le preparó un nutrido programa de actos, en una ciudad, en una provincia, donde algo ya había empezado a cambiar. Era finales de junio, con ese sol africano almeriense que humedecía la blusa de la princesa. Pero eran jóvenes y recorrieron sin problemas el Campo de Níjar, las plantaciones de sisal, Rodalquilar, la finca del general Máximo Cuervo en Aguadulce, embrión de Urbanizadora Almeriense y el despertar del turismo y toda la zona del Campo de Dalías. Todo de un tirón. Quería ganarse a pulso el Borbón la popularidad por todos los pueblos de España, aunque tuviera que tragar arena.



Hasta entonces era un príncipe sin corona, sin reino, con mucha incertidumbre en aquella España dictatorial en la que todo podía ser, en la que un Carrero Blanco se aprestaba en el horizonte como continuador del Régimen. Hasta que en 1969, las Cortes franquistas lo nombraron heredero a título de rey por el Proyecto de Ley de la Sucesión. Por eso, cuando volvió a Almería en 1970, en un nuevo viaje oficial, lo hizo ya con galones de futuro monarca. Y se notó. Ya era otro entusiasmo popular por el joven don Juan Carlos, aunque aún no hubiese tocado pelo de poder. Fue la visita más abigarrada la de esa primavera , en la que los príncipes inauguraron el puente entre obispo Orberá y Gregorio Marañón, el Centro de Educación Especial Princesa Sofía, el Hogar José Antonio de Auxilio Social y el horrendo edificio de Correos. 


Al año siguiente volvió a repetir cuando vino a clausurar la Semana Naval. Don Juan Carlos y doña Sofía visitaron el buque Escuela Juan Sebastián Elcano en unos días deliciosos en los que toda la ciudad se volcó engalanando calles y comercios con buques y fragatas llenando la dársena. Nunca hubo en Almería tal cúmulo de altos cargos: además de los príncipes asistieron los jefes de Estado Mayor y hasta seis ministros.


Tuvieron que pasar 18 años –a excepción de las maniobras militares Crisex de 1979 en Mojácar y Vera-  para que Juan Carlos y Sofía volvieran a las calles de Almería, esta vez ya coronados, con un rey catalogado de artífice de la Transición y héroe contra el Golpe de Estado. Tenía entonces 51 años, aún no se doblaba y las piernas le respondían. Visitaron la Patrona, la Alcazaba, el Museo Arqueológico, inauguraron el Conservatorio, siempre con Virgilio Zapatero al lado y el acalde Santiago Martínez Cabrejas. Los almerienses se rindieron a los monarcas y un niño, Víctor Villar, se hizo famoso por romper el protocolo. Dos años después llegó en helicóptero a la montaña de Mojácar y aprovechó para inaugurar el Puerto de Carboneras y el Paseo Marítimo de Almería. Su última visita fue en 2005, ya abuelo, ya encorvado, cuando acudió para inaugurar los Juegos Mediterráneos, junto a Juan Megino, en el día de su santo.


 

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