Cualquier virus pasado fue mejor

Cómo nos hubiera afectado el coronavirus hace 50 años, con más niños, las calles llenas

Hace 50 años la ciudad estaba llena de niños. En la foto: niñas del colegio de la calle del Muelle jugando en el recreo
Hace 50 años la ciudad estaba llena de niños. En la foto: niñas del colegio de la calle del Muelle jugando en el recreo

Los expertos creen que si la actual epidemia de coronavirus se hubiera producido hace cuarenta o cincuenta años no hubiera sido tan letal como lo está siendo y basan sus argumentos en razones sociales. 


Hace medio siglo la vida era tan distinta que seguramente la epidemia no se hubiera propagado con tanta facilidad. Hace medio siglo la población era más joven, el índice de natalidad seguía siendo alto y todos conocíamos en nuestro barrio a una o a varias familias numerosas. Había tantos niños que el virus no hubiera encontrado su mejor caldo de cultivo para hacerse fuerte. Entonces había mucho sarampión, que cuando entraba en una casa se iba heredando de un hermano a otro. La mayoría pasábamos el sarampión como reyes: sin tener que ir al colegio para no contagiar, atendidos constantemente por nuestras madres y nuestras abuelas, que se empeñaban en que comiéramos el doble para espantar la enfermedad, y jugando a todas horas con la imaginación. Cada vez  que pasábamos una enfermedad, ya fuera el sarampión o un simple resfriado, era para dar un estirón, según decían las madres, que sabían como médicos, pero sin universidad y sin título.


Tal vez, lo más complicado, si hubiéramos tenido que padecer una epidemia parecida a la actual hace cincuenta años, hubiera sido confinar a los niños en las casas. Al contrario de lo que ocurre ahora, que los niños salen poco, prácticamente para ir al colegio y poco más, los niños de antes organizábamos nuestras vidas en la calle. Una buena dosis de la felicidad diaria pasaba por la pandilla de amigos del barrio, a veces tan numerosa que había elementos suficientes para formar dos equipos de fútbol con el árbitro incluido. Qué duro hubiera sido tener que renunciar a los juegos colectivos por culpa de una enfermedad contagiosa. También hubiera sido una auténtica tortura para las madres el confinamiento, obligadas a tener que llevar una casa con los niños dentro las veinticuatro horas del día. 


Seguramente, el coronavirus hace cincuenta años hubiera sido un negocio redondo para la fábrica de los Juegos Reunidos, para la factoría de los juegos de naipes y para los que vendían el Monopoly. Alfonso, el de la tienda de juguetes de la calle Castelar, hubiera tenido que recurrir al servicio a domicilio y como en esta última crisis nos traían los comestibles a la casa, el hombre de los juguetes nos hubiera acercado los indios, los castillos, los ciclistas de plástico y las muñecas hasta el salón de estar. 



Sin móvil, sin Internet y en muchos hogares sin teléfono, porque hace medio siglo  había muchas familias que no tenían teléfono, es posible que nos hubiéramos sentido más incomunicados que ahora.


Dicen los expertos que el coronavirus hubiera sido menos letal también porque no había tantas residencias de ancianos. Aquí, en Almería, no había ninguna y lo normal era que los viejos estuvieran con sus familias hasta que les llegaba la hora de hacer el último viaje. Los abuelos, y sobre todo las abuelas, que eran más longevas, tenían su sitio dentro de las casas y los niños disfrutábamos del lujo de tener dos madres: una, la que nos regañaba y nos sacaba adelante a diario, y otra la que nos regalaba sus ternuras y la que nos consentía todos nuestros caprichos.


Aquí, la residencia llegó tarde, cuando ya había comenzado la década de los setenta, y no gozaba de mucha popularidad porque entonces estaba mal visto que los hijos metieran a sus padres, ya mayores, en un asilo. En marzo de 1971 se inauguró la residencia para pensionistas de la Seguridad Social, un gigante de doce plantas en la vieja carretera del Zapillo que llegaba hasta el río, al borde de un camino donde todavía se cruzaban los carros de mulas que iban y venían de los cortijos de la vega con los Seat 600 de los bañistas que se perdían por aquel trozo de playa. 


Más de doscientas plazas para ancianos, comedores, salones de juegos, varias salas de televisión y espléndidas terrazas desde donde se dominaban las mejores vistas de Almería para que los viejos sufrieran menos el desarraigo familiar.



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