Almería en los tiempos del covid-19 (XLV): El palo y la zanahoria

Terciopelos y visillos son artículos que vende esta tienda de la  calle Jovellanos, una vía que empieza a salir del letargo.
Terciopelos y visillos son artículos que vende esta tienda de la calle Jovellanos, una vía que empieza a salir del letargo.

Da la impresión en estas fechas de que caminamos por campos minados y no sabemos dónde poner el pie. Porque este terreno pantanoso que transitamos es nuevo para todos, aunque haya quien suelte aún que “yo ya sabía todo esto”. Es como ir de excursión con un viaje organizado  a las Islas Feroe y que haya tres que, sin haber salido de Turrillas, vayan corrigiendo al guía turístico a cada paso.


 Digo esto porque vivimos amenazados desde hace meses por un binomio explosivo compuesto por la pandemia y las redes sociales que puede ser tan letal como el propio virus. Ha llegado a la ciudad -como el camión del tapicero- el nuevo oficio de ‘sabio de guardia’, escudado bajo el embozo protector de Facebook o Twitter, para el que solo cabe exhibir músculo y colmillo. El otro día dijo el alcalde en una comparecencia virtual (casi todo es ya desgraciadamente virtual) que “se está trabajando con el horizonte de que la feria sí se va a celebrar” una afirmación precavida, que da a entender que se está a la espera de cómo fluyan los acontecimientos, de cómo evolucionen los datos sanitarios. Automáticamente fue, por muchos, condenado a la hoguera. Y no digo yo que a Ramón no haya que condenarlo a la hoguera, si es que hay que hacerlo. Lo que trato de decir es que si hubiera dicho lo contrario: “Se está trabajando con el horizonte de que la feria no se va a celebrar”, los mismos matones de patio de colegio, lo hubieran condenado al mismo fuego eterno. Condena que algo queda.


Nos hemos instalado estas últimas semanas en un vagón de intolerancia, en el que si alguien se mueve para hacer lo que sea, le disparo, si alguien yerra, lo crucifico. Algo que todos admiramos -quiero pensar que de forma unánime- como es la ciencia, ha avanzado a lo largo de la historia por el camino de la prueba/error, por la linde del ensayo, sin temor a equivocarse, porque equivocarse es aprender. Pasteur descubrió la vacuna de la rabia por un disparate. Paco Cosentino, dio con el Silestone (3.000 empleos en Cantoria) porque tropezó antes con el Marmolstone. Sin éste, no hubiera habido aquél. Cuando uno lee a Valdano siempre se asimila algo: “A disparar se aprende disparando, aunque caiga el balón en el tercer anfiteatro"; Sandra Bullock aprendió que como mejor le queda el pelo es cuando le cae por los hombros, pero tuvo que ensayar a rizárselo antes, con efectos nefastos, para darse cuenta.


Esta semana hemos asistido a la apertura del Lengüetas, a su cierre y a su reapertura, que ha sido en Facebook como el nacimiento, muerte y resurrección de Cristo. Lo he comprobado en algunos casos: los mismos que se quejaban del ‘acto fascista del alcalde’ por precintarlo al no tener licencia, se han quejado unas horas después de que lo dejaran reabrir “tan rápido” y que eso ha sido así porque "ahí hay gato encerrado". Hay mucha gente en duermevela esperando en las redes -antes solo estaban los bares-  a que alguien se equivoque para escribir: “¡Coño, mira éste, se ha equivocado!” y hay treinta más para apoyarlo. Me ahorro ese refrán tan almeriense  en el que todos están pensando. Es verdad que escribió Zorrilla “a mi quien me critica no me aflige, a mí me hace un favor quien me corrige”, pero, ¡espíritus críticos inasequibles al desaliento!, alternen ustedes el palo con la zanahoria. 




 

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