Almería en los tiempos del covid-19 (XIX): Algo haremos bien en Almería

dos trabajadoras de la empresa de producción y comercialización agrícola Biosabor adoptando medidas de prevención.
dos trabajadoras de la empresa de producción y comercialización agrícola Biosabor adoptando medidas de prevención.

No es tiempo de tirar cohetes, pero algo debemos estar haciendo bien en Almería: tenemos una tasa de contagios 12 veces menor que Madrid, 7 veces menor que Cataluña, 6 veces menor que la media nacional y la mitad de tasa de infección que Andalucía. 


No es para menear el botafumeiro del incienso -aunque hoy comience la Semana Santa- pero parece que aquí la gente está cumpliendo (más o menos). Tantas dudas que hemos despertado siempre en el resto de este país, imputados por nuestra secular indolencia meridional y resulta que aquí, en Almería, somos el ariete de España -toco madera- en mantener a raya el virus de Wuhan. De algo nos tiene que servir ser una ‘isla’ como acuñó Diego Martínez Cano, a quien me imagino confinado también hoy viernes de Dolores en Macael, asistiendo con perplejidad, como todos, a esta ‘cosa rara’ que estamos viviendo.


Quizá sean los ancianos de más de 80 años, esa generación de almerienses que nació en plena Guerra, los que más sufran las consecuencias de este sinvivir, por el miedo que sufren día a día a caer en manos de la estadística. La posguerra les ennegreció la juventud, vivieron en Dictadura casi la mitad de su vida, conocieron la libertad, gozaron por fin de un cierto bienestar y ahora su vejez se ve violentada por un veneno incubado en una banda de murciélagos y pangolinos con escamas que solo comen hormigas, pero que tiene la capacidad de destrucción de una bomba nuclear. 


Aunque aún quedan días, hay quien rumia ya “lo primero que voy a hacer” cuando acabe este presidio: ir a abrazar al padre, darle un beso a la novia, asegurarse mesa en Casa Joaquín, pegarse un baño en el Cabo, reservar una clase de zumba en el Ego, ir a la peluquería a tintarse, salir a cazar perdices, hacer una bacanal con los amigos. Hay también quien ha llenado la puerta de la nevera de pósit con propósitos de enmienda. Es esa sensación de que la provincia entera está estabulada como caballos de carreras, esperando a que el juez de salida autorice la apertura de cajones para correr y correr sobre la hierba despejada, para vivir y vivir de nuevo.



Dentro de veinte años quizá, con el recuerdo ácido de los momentos sufridos, de las personas que se quedaron en el camino y que el tiempo irá despenalizando, muchos contaremos batallitas sobre este coronavirus a los que aún no han nacido, como nuestros abuelos nos contaron aquella gripe del 18 en la que murieron más de mil almerienses.


Me cuentan que han cerrado la Fuente de Mojácar, los trece caños moros, ese remanso de paz, de rumor de aguas cristalinas, donde vimos en nuestra niñez a tantas mujeres lavar la ropa con pastillas de jabón, frotando y frotando las prendas sobre la piedra centenaria, con el agua del canal hasta sus muslos de hembras; donde íbamos a llenar garrafas de agua para toda la semana, donde se enteraba uno de las cosas que pasaban. Ha cerrado esa fontana de aspecto casi bíblico y es como si este sibilino covid-19 se hubiera cobrado una nueva pieza, como si hubiera derribado un nuevo baluarte de nuestra existencia cotidiana.  


 

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