Así era la Almería de los años 60

Una ciudad que se quedó sin alma con los avances que pretendían embellecer y modernizar

Eduardo de Vicente
08:00 • 10 feb. 2020

Si no fuera por las murallas y por las torres de la Alcazaba que aparecen en primer plano, cualquiera que no fuera un experto en el urbanismo contemporáneo de Almería ni tuviera más de cuarenta años podría no reconocer la ciudad que muestra esta fotografía. 


Cómo se puede cambiar tanto. Lo que empezó siendo el trabajo de un bisturí que pretendía embellecer y modernizar el centro de la ciudad, no tardó en convertirse en una orgía de la pala, el derrumbe, el hormigón y el ladrillo, en la que políticos y promotores compartieron ebrios el sueño de la modernidad. Puestos a tirar no tiraron la Alcazaba porque estaba situada en un barrio poco rentable para las grandes inversiones urbanísticas, pero derribaron todos los edificios que pudieron para sustituirlos por bloques de pisos, llevándose por delante el alma de la ciudad. 


El recordado abogado y escritor almeriense Fausto Romero, lloraba amargamente la pérdida de esa mezcla de ciudad burguesa, moruna y mediterránea de la Almería que él conoció intensamente en su infancia y adolescencia. Decía que habíamos fabricado una de las ciudades más feas de España, aunque su clima privilegiado y el encanto de sus playas nos sirvieran de argumentos eternos para seguir maquillándola.

La fotografía de esta página es de los primeros años sesenta, cuando el gran cambio estaba a punto de producirse, cuando ya estaba levantado el nuevo edificio del Hotel la Perla, destacando sobre la ciudad horizontal como un gigante perdido en el país de Lilliput. 



En poco más de una década, muchos de estos paisajes que recoge la imagen desaparecerían como si se los hubiera tragado la tierra. El color verde de la vega que empezaba al otro lado de la carretera de Ronda y en un costado de Ciudad Jardín, fue sustituido por el blanco pegajoso de los bloques de edificios que no respetaron ni la arena de la playa. En la fotografía se aprecia toda la playa de las Almadrabillas despejada, inmensa entre los dos cables del mineral, sin otra presencia que la del edificio del Club Náutico pisando la misma arena.


Al fondo, siguiendo la línea del litoral, se aprecia el Cable Francés con un barco cargando, el depósito donde se almacenaba el mineral y enfrente, el barrio pintado de polvo de hierro de Ciudad Jardín, que a comienzos de aquella década estaba pegado a la vega. En el horizonte, destaca la mancha blanca de las casas nuevas del Zapillo, rodeadas de un entorno rural que ya empezaba a retirarse y más al norte la barriada obrera del Tagarete, solitaria, como aislada del resto de la ciudad, tan cerca de las vías del tren, mirando de reojo a los campos también solitarios del Cortijo Grande.


La foto nos enseña una Avenida de Cabo de Gata sin un solo piso todavía y por el norte, el barrio de las viviendas sociales que el Franquismo construyó en la manzana de Paco Aquino al lado de la carretera de Ronda y en medio de un paisaje de huertos y cortijos. Lejos del casco urbano, como se tratara de un pueblo, destacan los depósitos cilíndricos del combustible, la célebre Campsa en los terrenos lejanos de la Avenida de Monserrat. Muy cerca se vislumbra la estación del ferrocarril  y la amplia explanada casi yerma donde entonces languidecían los talleres de Oliveros. 


En ese límite entre la ciudad y las afueras estaba el malecón de la Rambla, donde se puede apreciar la arquitectura del colegio de las Jesuitinas y del instituto Celia Viñas, que también estaban casi pegados a la vega. En el casco histórico todavía no se había levantado el piso de la librería Pastoral, frente a la Catedral, ni el Gran Hotel.



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