La virtuosa dama de las Siervas

María del Mar Burgos fue protectora de las Siervas de María y de la Cruz Roja

María del Mar Burgos Cañizares en sus años de juventud cuando ayudó a las monjas de las Siervas de María a instalarse en la ciudad.
María del Mar Burgos Cañizares en sus años de juventud cuando ayudó a las monjas de las Siervas de María a instalarse en la ciudad.

En la puerta de su casa, en el corazón del entonces Paseo del Príncipe, frente donde hoy se alza el célebre kiosco de las pipas, nunca faltaba un pobre suplicando una limosna. Los desesperados, los que no tenían ni un trozo de pan duro que echarse a la boca, acudían a su morada con la certeza de que ese día Dios se acordaría de ellos. 


El milagro se repetía a diario cuando las sirvientas repartían comida y ropa entre los menesterosos a la caída de la tarde. Para estas ocasiones, la señora de la casa tenía una frase que repetía mientras distribuía las limosnas y aliviaba el hambre. “No me deis las gracias a mí. Lo hago en nombre del Señor”.


La presencia de Dios fue constante a lo largo de su existencia. María del Mar de Burgos Cañizares destacó en vida por su generosidad sin límites y por ejercer la caridad hasta que las fuerzas la acompañaron. El día de su sepelio, en una tarde fría y gris del mes de diciembre de 1905, una sección de la Cruz Roja vestida de uniforme y otra de guardias municipales formaban en el cortejo fúnebre donde no faltó casi un centenar de pobres que acudieron al badén de la Rambla de Belén para decirle el último adiós a su querida benefactora. Al día siguiente, el periódico destacaba en sus páginas: “Las grandes virtudes que adornaban a la finada le conquistaron simpatías generales, siendo muy sentida su muerte, no solo en su familia, sino en toda nuestra sociedad”.


María de Mar de Burgos era hermana de don Agustín de Burgos Cañizares, alcalde de la ciudad en los años de la epidemia de cólera  y senador del reino. Se crió en una casa de nueve hermanos, siempre llena de niños y de vitalidad, pero el destino no quiso darle descendencia tal y como hubiera deseado, a pesar de que estuvo casada cuatro veces, las mismas que enviudó.



Contrajo matrimonio con José de Rull, con Andrés Fernández de Beloy, con Miguel Fernández de Beloy y finalmente con don Nicolás de Orbe Rodríguez. Su último matrimonio, en el año 1880, le permitió colaborar estrechamente en la promoción y mantenimiento de la Cruz Roja de Almería, sociedad de la que formaba parte su marido. Don Nicolás de Orbe fue, además de un médico refutado, un alma caritativa, tan generoso como su esposa, dedicándose a los enfermos pobres con tan alto grado de altruismo que no solo auxiliaba con su ciencia, sino que aseguraba el éxito de sus curaciones abriendo su bolsillo al paciente. 


A lado de su cuarto marido, María del Mar de Burgos dejó huella en la sociedad almeriense de finales del siglo diecinueve por su continuo afán de ayudar al prójimo. Cuando el obispo José María Orberá llegó destinado a Almería, una de las primeras visitas que recibió en su palacio fue la de María del Mar de Burgos, que acudió a la cita con el prelado que la había hecho llamar para pedirle su colaboración en una importante empresa: la instalación en la ciudad de la congregación de las Siervas de María


El Obispo Orberá trajo de Madrid a la fundadora de la congregación, la madre Soledad, para que con su grupo de religiosas iniciara la misión de asistir a los enfermos. La primera mano amiga que las monjas encontraron en la ciudad fue la de María del Mar de Burgos, que colaboró intensamente con el prelado para poner en marcha la vieja capilla de Belén, en los terrenos del antiguo cementerio de la ciudad. 


La caritativa dama le ofreció su propia casa a la superiora de las Siervas, que estuvo viviendo allí durante las dos semanas que pasó en Almería. Las otras monjas desplazadas tuvieron que instalarse de forma provisional en la que había sido la morada del guarda del antiguo cementerio, que hubo que condicionar con los muebles y utensilios que donó la señora de Burgos y con los treinta duros que puso en las manos de las monjas para su manutención durante aquellas primeras semanas. Además, en septiembre de 1879 hizo entrega a la comunidad de una imagen de Nuestra Señora de la Salud, patrona de las Siervas.


El primer enfermo que las religiosas atendieron en Almería fue al tercer marido de María del Mar de Burgos, don Miguel Fernández de Beloy, que velaron día y noche por el paciente hasta que murió. A partir de ese momento, la señora de Burgos se convirtió en la gran protectora de la nueva fundación.


En esa lista de colaboraciones tanto con personas como con congregaciones religiosas, destacó su aportación para la construcción del colegio y del convento de la Compañía de María. Una de las partes de terreno que compró la Iglesia para poner en marcha el edificio era propiedad de María del Mar de Burgos, concretamente 257 metros cuadrados. 


Detrás de cada obra caritativa que se ponía en marcha en Almería estaba María del Mar de Burgos. Fue mantenedora de la Tienda Asilo y fundadora de la Junta de Damas que en 1893 se creó en la ciudad para ayudar a los necesitados.


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