El doctor Núñez y su Olivetti

Hijo de fragüero y comadrona, medio siglo curando, sanando, ayudando a vivir y ayudando a morir

El neumólogo Francisco Núñez Navarro (Carboneras, 1948), en su consulta de la Avenida de la Estación, frente a su vieja máquina de escribir.
El neumólogo Francisco Núñez Navarro (Carboneras, 1948), en su consulta de la Avenida de la Estación, frente a su vieja máquina de escribir.

Hubo un momento en su vida en el que dejó de ser Paquito para convertirse en don Francisco, como Guti mutó en José María Gutiérrez hace unas semanas en Almería. Quizá fuera cuando acabó el Bachillerato y una tía abuela americana llamada Gloria -en el buen sentido de la palabra Gloria- le regaló una Olivetti Pluma 22, a la que aún le saca brillo cada mañana en su consulta, rodeado de los retratos de sus hijos sonrientes, de medallas y diplomas meritorios y escuchando la voz en sordina de su secretaria Virginia. 


Es de color azul celeste y para él -para don Francisco Núñez, el célebre neumólogo y alergólogo de la Avenida de la Estación- es como Rosebud, aquel viejo trineo de Charles Foster Kane que simbolizaba la infancia perdida sobre la nieve. Aún la engrasa -esa vieja máquina con más de medio siglo de uso- y le cambia la cinta roja y negra y le pasa un paño húmedo para que reluzca como un Chevrolet y la acaricia con la ternura con la que se trata a una señora venida a menos, mientras teclea los nombres y las dosis de los medicamentos que receta a su legión de pacientes. 


Toda una vida -la de un médico laureado como él- resumida en el aporreo de esa vieja herramienta hoy rudimentaria -escribiendo remedios de penicilina y cetirizina- la que le ha acompañado durante tantos años mientras oía el relato de dolencias ordinarias y extraordinarias, algunas casi de realismo mágico latinoamericano. “Don Francisco, que tengo en el pecho una olla de caracoles hirviendo”. Debe ser, don Francisco, el único médico que aún escribe recetas en una Olivetti, introduciendo la cuartilla en el rodillo giratorio, ajustando los márgenes, haciendo una copia con papel de calco, en ese antediluviano artilugio italiano, que cuando lo estrenó en su Carboneras natal era lo que hoy puede ser un iMac. “Soy analógico y moriré analógico” exclama el doctor Núñez frente a su despacho de caoba, enarbolando la bandera de que lo que bien funciona no hay por qué cambiarlo. 


Él sí cambió su destino, el del hijo del fragüero del pueblo, que, en vez de seguir aventando la lumbre con el fuelle, como su padre y como su abuelo, se fue a Barcelona a estudiar para médico. “No hay nada más poderoso que una ilusión”, exclamó entre las dunas de su pueblo Peter O’Toole como Lawrence de Arabia. Y él -Medalla de Oro del Foro Europa 2001 a la Excelencia Profesional- la cumplió y la sigue cumpliendo, con 72 años y más de medio siglo de ejercicio profesional consagrados casi todos ellos a las urgencias, la oveja negra de la medicina, con un hito: un día de 1980 se enfrentó a una epidemia de gripe en Almería en la que tuvo que auscultar a 524 enfermos en 24 horas, en las viejas instalaciones de urgencias que estaban en la calle Juan Lirola. “Solo se puede hacer eso desde la pasión por sanar, por quitar el dolor y el sufrimiento”, dice, tan convencido como lo decía el protagonista de la novela legendaria de Noah Gordon.


Pero antes de que se convirtiera en una eminencia clínica, en el mayor especialista de Almería en alergias respiratorias y trastornos del sueño, Francisco Núñez Navarro vino al mundo en 1948, en la calle Principal de ese pueblo de espartos y marrajeras, en el que los Fuentes lo dominaban casi todo, en el que solo había luz eléctrica de diez a doce de la noche, cuando el alcalde daba tres avisos y paraba el motor y entonces Paquito encendía el candil de su cuarto para poder seguir estudiando anatomía. Tuvo la suerte de prenderse a maestros como don Emilio, don Juan Fernández, don José, que le embocaron por el camino del conocimiento, como aquel viejo profesor republicano de La lengua de las Mariposas. 


En ese pueblo de pescadores, Paco era el hijo de José Núñez, el fragüero, que lo mismo hacía rejas para arar, aparejos para los atunes y quillas para los barcos que arreglaba motores y preparaba barrenos para ir abriendo la primera carretera de Carboneras a Mojácar. Y de María Josefa Navarro, la comadrona de Carboneras- que aún vive con 98 años- la que ayudó a dar a luz a cientos de niño del pueblo y de las cortijadas de los alrededores. A veces se le juntaban partos en Sorbas, en Turre y en Mojácar y allá que iba María Josefa con la mobilette de su esposo con su maletín de primeros auxilios y con una taza de caldo de gallina para la parturienta. “De ella aprendí el valor callado del estudio”, dice su hijo. Hay un momento en la vida para el valor y otro para la prudencia y el que es inteligente los distingue, consignaba desde el encerado Robin Williams a sus alumnos del Club de los Poetas Muertos. Y Francisco Núñez, en el año 1963, con quince años, optó por lo primero: agarró en la puerta de su casa el Alsina de Luis Vergel que paraba en la Venta del Pobre y llegó a la Estación de Almería con una maleta de madera con tres mudas y varios cuadernos y sacó billete en ‘El Sevillano’ en un viaje de 26 horas hasta la Estación de Francia en Barcelona.


Estudió y estudió con pasión y muy pronto, de ver a su madre curar, decidió que quería ser médico por encima de todas las cosas. Acabo bachiller, reválida y Preu y se matriculó en la Universidad Autónoma -de su promoción era también Ramón Calvache- mientras trabajaba de ATS en el Hospital Clínico. “Ganaba más que un torero entonces”. La casa de sus tíos carpinteros estaba en la Travesía de Las Corts enfrente del Nou Camp y con un vecino inspector de policía se saturó de ver partidos de Ramallets y Segarra. Era la Barcelona del desarrollo, una ciudad que no dormía, con los más de 20.000 trabajadores de la Pegaso y de la Seat, la Barcelona de Bocaccio y la Gauche Divine, del Pijoaparte y los tranvías. 


Acabó la carrera y con 24 años ya era doctor titular del Hospital Sagrado Corazón de Cerdanyola y Ripollet, especialista en asma y alergia respiratoria y era médico del Real Club de Polo de Barcelona, el lugar de recreo de esa burguesía catalana que vivía en los palacetes del Paseo de Gracia que relata en sus novelas Ruiz Zafón.


Se casó con una maestra textil, se compró un Seiscientos, empezó a tener hijos y cuando principiaba a tener todas las piezas del puzle de la vida encajadas, decidió volver a Almería tras aprobar unas oposiciones a la Bola Azul. “¿Que por qué volví? porque  nunca veía a mis hijos despiertos”.


Era 1979 cuando regresó  y se inclinó por la plaza de jefe de los Servicios de Urgencias, donde ha permanecido durante 47 años, viendo de todo, rescatando con arneses desde una grúa a moribundos de accidentes en El Cañarete que aún le besan las manos cuando lo ven por la calle. Estaba naciendo la autonomía, el SAS sustituía al viejo Instituto Nacional de Previsión y el doctor Núñez se aferraba a eso de lo que todos sus colegas huían: las urgencias. “Me emociona la medicina y para mí eso ha sido disfrutar, salir corriendo con el chófer y el ATS y con el paquete del electro a hombros, cubriendo un radio desde Pescadería a las Cuevas de los Úbedas, desde las 8 de la tarde a las 8 de la mañana, festivos y fines de semana.


Ahora, ya jubilado, sigue atendiendo su consulta privada, sigue yendo a Carboneras, donde hace unos años fue pregonero de San Antonio, a rememorar su infancia feliz, pero siempre soñando con la medicina, con el arte de sanar, sin ninguna afición confesable  como la caza, la pesca, el pádel, ni tan siquiera la licencia de una partida de dominó en el Torres Bermejas. Tan solo la medicina, la pasión de Paco Núñez, como la poesía para Juan Ramón.



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