El espíritu de la fuente de la Polka

Eduardo de Vicente
07:00 • 31 dic. 2019

Sellada en una pared de la calle Hércules sobrevive la sombra del caño más antiguo que se conserva en Almería. Es el espíritu de la vieja fuente que se resiste a desaparecer y que ha estado presente en la vida de varias generaciones de vecinos que nunca han visto salir el agua de sus caños.



Los niños de hace medio siglo decíamos “vamos a jugar la fuente de la Polka” sabiendo que de la fuente solo quedaba su huella destacando en un suave relieve de la pared. Para nosotros ese viejo manantinal seguía teniendo vida y la sigue teniendo ahora cada vez que un grupo de turistas o de caminantes pasan por la esquina y se detienen a echarle una fotografía. Lo que queda del caño nos cuenta una historia, la de un barrio que necesitaba el agua de la fuente para sobrevivir cuando las casas no tenían agua potable.



El profesor Mariano José de Toro y Gordón, ilustre Catedrático del Instituto y célebre notario de la ciudad, ya escribió a mediados del siglo diecinueve, en un tratado sobre fuentes, pozos y aljibes, de la existencia del caño de la Polka. En aquel tiempo, debió de ser de los más importantes porque abastecía de agua a un barrio tan poblado como era el norte de la calle de la Reina y de la Almedina, una gran manzana que empezaba en la Plaza Vieja y se extendía hasta las murallas de La Alcazaba, formando un entramado de callejuelas, patios y plazoletas con una gran densidad de población.



Aunque su función natural era la del abastecimiento de agua potable para los vecinos, también fue utilizado de manera furtiva como lavadero y como abrevadero para las bestias. 



En septiembre de 1885, cuando la fatídica epidemia de cólera dejaba un reguero de muerte y miseria en la ciudad, las autoridades municipales tuvieron que intervenir en el caño de la Polka ya que las aguas estancadas que se iban quedando sobre la tierra después del lavado de la ropa habían creado un foco de suciedad y podredumbre que perjudicaba las severas medidas sanitarias que exigía la lucha contra la epidemia. Hubo que limpiar el pilar y sus aledaños y poner vigilancia durante el día para evitar el mal uso del caño.



A comienzos del siglo veinte la fuente de la Polka seguía siendo el caño de agua que le daba vida al barrio, en una época en la que la gran mayoría de las viviendas no tenían agua potable. De los cerca de cuarenta mil vecinos que vivían en la capital de Almería, tan sólo mil cien tenían toma de agua en sus casas, según el censo oficial que elaboró el Ayuntamiento. 



En la amplia manzana  que estaba abastecida por el caño público de la Polka eran muy pocos los habitantes que disponían de un grifo propio. En la calle Almanzor Alta, junto al anchurón de La Alcazaba, existía una casa con toma de agua, la del barrilero Miguel Leal Sánchez, aunque el grifo más cercano a la fuente de la Polka estaba situado en el patio interior de la vivienda de don Miguel Barbarín y Careaga, en la calle de Almanzor Baja (hoy José María de Acosta). El señor Barbarín, comandante de Artillería, dueño de una gran fortuna y propietario entre otras fincas del Cortijo Grande del Mamí, poseía en el extenso jardín de su mansión, un gran surtidor de agua que su esposa, doña María Acosta y Oliver, se encargaba de gestionar. El grifo de la familia Barbarín-Acosta hizo también las funciones de fuente pública cuando el surtidor de la Polka se quedaba seco por las frecuentes averías que sufría. Entonces, las gentes del barrio acudían a la casa de la señora Acosta a llenar cubos y vasijas.



En marzo de 1899, un vecino de la calle Hércules, don Salvador Torres Aguilar, presentó una demanda en el Ayuntamiento quejándose porque las aguas del depósito del caño de la Polka, al estar completamente lleno, se dirigían constantemente hacia los cimientos de la fachada de su casa, causándole graves desperfectos. Dos años después, en abril de 1901, otra vecina de la calle Hércules, doña Rosa Roca Navarro, se querelló por el mismo motivo, obligando a intervenir a la comisión de ornato, que comprobó los daños que provocaban las aguas acumuladas sobre el terreno.


El arquitecto municipal, don Trinidad Cuartara, después de examinar el estado de los caños, realizó un informe en el que para evitar nuevos problemas, ordenó el cambio de emplazamiento de la fontana desde su lugar de origen, en la calle de Hércules, a la placeta que existía delante de la antigua alhóndiga, a espaldas de la Plaza Vieja. 


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