Las antiguas barberías de barrio

Los barberos vivían más de los afeitados diarios que de los cortes de pelo

El maestro Antonio González Expósito, barbero y peluquero que pasó por grandes establecimientos como la peluquería de Viedma y la de Domínguez.
El maestro Antonio González Expósito, barbero y peluquero que pasó por grandes establecimientos como la peluquería de Viedma y la de Domínguez.

El oficio de barbero no se aprendía en ninguna academia ni había una escuela oficial de barberos. El barbero no se enseñaba estudiando, sino viviendo la profesión día a día a lo largo de un extenso camino que empezaba en la infancia.


La mayoría de los barberos empezaban desde niños, cuando se metían de aprendices para barrer los pelos de los clientes. Barrían mucho y tenían que estar muy atentos para interiorizar todos los detalles de aquella liturgia de la cuchilla y la brocha. Eran barberos y peluqueros en un tiempo donde se vivía más de los afeitados que de los cortes de pelo. Hasta los años sesenta la mayoría de los hombres iban a afeitarse a la barbería, al menos un día a la semana, antes de que se pusieran de moda las maquinillas eléctricas y las cuchillas Filomatic que se hicieron tan populares gracias a los anuncios de la televisión.


De niño, cuando mi padre me llevaba a que me cortaran el pelo, me quedaba absorto contemplando aquella vieja ceremonia cuando el barbero preparaba la espuma y con la brocha iba cubriendo de blanco la cara del cliente. Con una precisión de cirujano, agarraba la cuchilla y la iba deslizando suavemente, centímetro a centímetro, con cuidado para no dejar rastro. 


En aquellos tiempos los hombres iban a la peluquería a que los arreglaran, que era la expresión que se utilizaba para decirle al maestro que los dejara como nuevos. Cuando me sentaba en el sillón y el barbero me ponía el delantal, siempre le preguntaba a mi padre, “¿cómo lo arreglo?”, y mi padre le contestaba: “Déjelo curioso”. Aquella frase sonaba a sentencia porque que te dejaran curioso era una condena segura, un castigo que pasaba por la maquinilla de cortar que te rapaba al dos y por aquellos flequillos rectos que nos igualaron a los niños de clase de media de toda una generación


Cuando salíamos de la peluquería, oliendo a colonia a granel y a polvos de talco, nos veíamos tan distintos que cuando pasábamos delante del cristal de un escaparate nos daba miedo mirarnos y contemplar lo que habían hecho con nuestra prometedora cabellera. Aunque salíamos derrotados de aquella experiencia, un mes después regresábamos al mismo lugar porque preferíamos lo malo conocido que lo bueno por conocer y porque ya que íbamos a sufrir viendo como nos cortaban el pelo sin compasión,  el mal rato se hacía más llevadero si tenías confianza con el peluquero y mientras te pasaba la maquinilla te hablaba de fútbol o te regalaba un caramelo de café con leche.


Los barberos tuvieron que ir adaptándose a los nuevos tiempos para convertirse en peluqueros o como decían algunos, en ingenieros técnicos capilares. La costumbre de ir a afeitarse a la barbería se fue perdiendo y a comienzos de los años setenta más que pelar lo que practicaban era la técnica del recorte. Eran tiempos de melenas, cuando la juventud se pasaba por el peluquero los sábados para que les hiciera un retoque estético. Había peluquerías de barrio, con barberos eternos que se pasaban toda la vida en el mismo escenario y allí se jubilaban, y barberías cosmopolitas donde trabajaban varios profesionales a las órdenes de un maestro. Una de las más recordadas fue la de Domínguez, una auténtica universidad de peluqueros y una de las más importantes de Almería y de las que más movimiento tenían. Estaba bien situada, en la Plaza de San Sebastián, y tenía una clientela diversa donde se mezclaban comerciantes de la alta sociedad almeriense con humildes labradores que bajaban los sábados de los cortijos de la vega para arreglarse.


Por las manos del maestro Domínguez pasaron ilustres peluqueros como Rafael Torres Caravaca, que todavía sigue en plena forma, o como el recordado Antonio González Expósito, que tuvo una larga carrera profesional, como antes la habían tenido su padre y su abuelo. Hoy, su hijo Antonio regenta el salón que montó su padre en el tramo  final de la calle Real.


En mi barrio las peluquerías más célebres fueron la de Bisbal y la de Ángel Carreño. El primero empezó en la calle Baja de Almanzor, al lado del solar del antiguo colegio de la Salle, donde en los años cicuenta instalaron la terraza de cine Moderno. Allí estuvo la familia Bisbal hasta que en los años ochenta se trasladó a la calle de la Reina.


El segundo, Ángel Carreño,  tuvo el negocio en la calle de la Almedina cuando era una avenida importante y casi todos los comerciantes de la zona iban a afeitarse a su establecimiento. 


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