Los anuncios y las tiendas antiguas

Los carteles artísticos se solían repartir entre los clientes más fieles

Uno de los artísticos carteles que utilizaban los comerciantes para promocionar sus negocios.
Uno de los artísticos carteles que utilizaban los comerciantes para promocionar sus negocios. La Voz

Quién no recuerda en cualquier pared de cualquier casa la presencia de uno de aquellos carteles de comercios antiguos que se agarraban con clavos para no despegarse jamás. Pasaban los años, nos íbamos haciendo mayores. Pasaban las generaciones y el cartel permanecía clavado en la pared, eterno como la imagen de un Santo. 


Eran los carteles de las tiendas, que tanto utilizaban los comerciantes para promocionar sus negocios. En mi barrio casi todos teníamos algún recuerdo de la droguería de Toro, que siempre sorprendía al público con algún reclamo original. Había carteles en cualquier época del año y por el mes de diciembre aparecían los almanaques que los comercios aprovechaban para darse a conocer. Al igual que ocurría con los carteles, los almanaques se iban haciendo viejos en las casas entre paredes, sirviendo a veces para tapar las heridas que la humedad iba haciendo en las paredes.


Hubo una época en la que los carteles fueron el recurso de los comerciantes para no tener que pagar el impuesto por anunciarse. Desde comienzos del siglo pasado el Ayuntamiento de Almería estrechó el cerco sobre los comerciantes de la ciudad para que pagaran el impuesto por la publicidad que hacían de sus negocios en la vía pública. Se necesitaba el correspondiente sello municipal por cada cartel, placa o anuncio para poder fijarlos en las fachadas, medianerías, balcones, ventanas, vallas, así como en toda clase de carruajes que transitaran  por las calles. 


Para eludir este impuesto algunos empresarios recurrieron a la imaginación y a una buena dosis de picaresca. ‘A sangre y fuego’, el gran bazar de calzado que el fabricante Vicente Fernández tenía en la calle de Mariana, anunciaba su gigantesco depósito de zapatillas suizas, doscientos cincuenta mil pares, utilizando como reclamo a un hombre anuncio que recorría las paradas de carruajes, las puertas de las posadas y las calles del centro pregonando los precios sin competencia de su establecimiento.  “No se conoce nada igual ni en el siglo XIX”, decía la publicidad.



El hombre anuncio solía ser alguno de los empleados del bazar y el método sirvió, durante un tiempo, para hacerle un quiebro a los municipales, ya que en las ordenanzas  no se contemplaba ningún tipo de impuesto para este tipo de reclamo andante.


Durante los años veinte los comercios del centro siguieron regalando a sus clientes los carteles de cartón que hacían publicidad de sus negocios y servían a la vez como elementeo decorativo, y los almanaques con los meses del año, pero fueron pasando a un segundo plano cuando se pusieron de moda los paipays. Eran pequeños abanicos de cartón, que en una cara llevaban impresa la propaganda del comercio y en la otra, un sugerente dibujo, que a veces era un paisaje o la figura de alguna cupletista famosa, acompañada de la letra de alguna  copla de moda de la época.



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