El kiosco de las buenas lecturas

El kiosco de la Glorieta de San Pedro se transformó en una biblioteca católica en 1928

El kiosco que existió en la Glorieta de San Pedro se convirtió en una biblioteca popular controlada por la Iglesia.
El kiosco que existió en la Glorieta de San Pedro se convirtió en una biblioteca popular controlada por la Iglesia.
Eduardo de Vicente
20:25 • 13 nov. 2019 / actualizado a las 07:00 • 14 nov. 2019

La plaza tuvo varios nombres desde que a mediados del siglo diecinueve, con la construcción de la glorieta, se convirtiera en una de las más importantes de la ciudad. Fue Glorieta de Sartorius, Glorieta de San Pedro, Plaza de la Glorieta, Plaza de San Pedro y en 1922 estuvo cerca de llevar el nombre del médico español Santiago Ramón y Cajal. La propuesta, realizada por iniciativa de un concejal, se debatió en el Ayuntamiento, donde se acordó seguir con el nombre de Plaza de San Pedro y darle los ilustres apellidos del citado investigador a la Puerta de Purchena.



La Plaza de San Pedro fue siempre un escenario con varias vidas: la de los negocios que la rodeaban y la vida tranquila de la glorieta donde la fuente de mármol y la sombra de los árboles la convertían en un refugio natural. Ese espacio sagrado donde reinaba la vegetación fue ocupado en el verano de 1915 por los socios del Círculo Mercantil, que organizaron allí algunas de sus fiestas nocturnas. 



En aquellas primeras décadas del siglo veinte, la plaza fue ganando protagonismo en la vida social de la ciudad. Su ubicación, en pleno corazón de Almería, y el encanto de su glorieta, que invitaba a refugiarse en ella, la convirtieron en la plaza más popular de la ciudad, lo que obligó a las autoridades municipales a acometer importantes inversiones para su mejora y su conservación. De todas aquellas reformas que actuaron en el recinto, una de las que más huella dejaron fue la del invierno de 1928, cuando se sentaron las bases de la plaza moderna que sobrevivió hasta hace cuarenta años



La restauración embelleció la plaza con grandes pérgolas de cemento armado y espléndidos bancos adornados con azulejos al estilo sevillano. Se levantaron también ocho arcos dobles de hierro para enredaderas y en los jardines se plantó una hermosa rosaleda. Las obras costaron cerca de siete mil pesetas y estuvieron supervisadas por el arquitecto municipal, Guillermo Langle, que tenía una estrecha vinculación con la Plaza de San Pedro por ser el territorio de sus juegos infantiles y el horizonte más cercano que contemplaba desde las ventanas de su vivienda familiar en la calle de Torres.






La remodelación de la glorieta convirtió aquel espacio en un lugar idílico y en el coliseo de toda la chiquillería del barrio. El atractivo de la plaza no pasó desapercibido tampoco para las autoridades eclesiásticas, que aprovecharon la popularidad de aquel escenario para montar un pequeño negocio espiritual aprovechando un viejo kiosco de propiedad municipal que existía en una de las esquinas.La señora Serafina Cortés de Cassinello, presidenta de la Acción Social Católica de la Mujer, había puesto en marcha unos meses antes en un local de la Plaza de San Pedro la llamada ‘Biblioteca de las Buenas Lecturas’ o ‘Biblioteca Popular’, con la intención de fomentar entre la juventud el hábito de la lectura, infiltrando a su vez ideas de moralidad.



Eran años complicados por el auge de la pornografía, que se vendía de tapadillo en los kioscos y en los puestos de libros de segunda mano. Para contrarrestar su influencia, la Iglesia puso en marcha su biblioteca católica donde todos los libros que se prestaban pasaban por la correspondiente censura. A comienzos de 1929, la Biblioteca Católica’ se estableció en el kiosco de la glorieta gracias a la gestión realizada por una comisión de mujeres cristianas encabezas por Serafina Cortés Cassinello, Ana Godoy de Rovira, Carmen Ochotorena y Piedad Ramírez. Su objetivo era la difusión de lecturas ‘sanas e instructivas’ para alejar a los jóvenes de las temibles garras del erotismo y la pornografía que con tanta fuerza se estaban imponiendo en la sociedad almeriense de la época.



El kiosco permaneció durante décadas en una de las esquinas de la plaza, convertido con los años en un bazar de santos, catecismos y devocionarios. En 1951, cuando se acometió una nueva roforma de la glorieta con la remodelación de las escaleras, el kiosco seguía en pie como un adorno pasado de moda. 



Temas relacionados

para ti

en destaque