Los niños que homenajearon a la madre

Aquella madre nuestra, de todos, aquella madre almeriense fue honrada por los jóvenes en 1972

Miles de almerienses se echaron a la calle.
Miles de almerienses se echaron a la calle.

Hubo un tiempo, nada remoto, en el que Almería descubrió a la madre. Fue como si de pronto las autoridades de la época cayeran en la cuenta de que todos, al fin y al cabo, tenemos – tuvimos- una, como si amaneciera por fin un sentimiento unánime de justicia, de equidad, con aquellas mujeres que durante décadas con un brazo sostenían a su hijo y con el otro freían una tortilla en la sartén. 


Madres que hacían la compra, guisaban, ponían la mesa y fregaban los cacharros de una tacada; madres que lavaban con  jabón Lagarto pañales de hijos cagones y camisas de esposos oficinistas en Diputación, comerciantes de la calle Las Tiendas o mecánicos en Oliveros; madres que cosían y planchaban sin asomo de hastío mientras escuchaban los seriales de la radio, soñando solo con el domingo -¡seis días soñando con un día! como Amanda con sus cinco minutos - para quitarse el delantal, ocultar las ojeras con manzanilla y echarse agua de colonia en el cuello, para vestir a sus niños de punta en blanco y pasear de brazo del marido por el Parque camino de un vermú en La Marina; madres cuya máxima aspiración era que el padre hiciera un gesto de aprobación cuando se llevaban a la boca la primera cucharada del puchero; madres que, por imperativo bíblico, eran amas en la casa pero que no podían abrir una cuenta en el banco sin firma masculina. 


Llegó, entonces, ese homenaje de la ciudad a las madres de los almerienses, ese halo de aire fresco que fue flor de un día, en un mes de enero de 1972 -no hace aún ni medio siglo- cuando las madres estaban aún muchos peldaños por debajo del progenitor en el escalafón doméstico de la autoridad familiar, cuando imperaba aún el ordeno y mando varonil. 


Pero el acto en sí tuvo valor, el valor del gesto: la brillante honra de la juventud almeriense a la madre en el que todas las instituciones de esa Almería predemocrática se volcaron. Fue una hermosa jornada  que empezó a latir al atardecer, cuando se puso en marcha un magno desfile que partió de la Plaza Vieja para dirigirse por el Paseo hasta la Plaza de la Virgen del Mar. Abría la marcha la Policía Urbana motorizada y a continuación niños en bicicleta pertenecientes a la Escuela Hogar Madre de la Luz.



Después, una veintena de intrépidos coches karts que pararon a la altura de la Biblioteca Villaespesa y de los Helados Italianos para soltar globos de colores. También, filas de niños de todos los colegios de la ciudad vistiendo traje regional y portando ramos de flores. Y grupos de deportistas con trajes de judo y rondallas con guitarras y panderetas de los centros educativos y coros de los colegios menores Alejandro Salazar y Santa María del Mar, Millares de almerienses se agolpaban en las calles, como en una procesión de Semana Santa, cuando llegaron a la Plaza de la Virgen del Mar, donde fue inaugurado el Monumento a la Madre que aún se conserva: una mujer esculpida en piedra, frente al padre Ballarín, con el hijo en su regazo que la abraza por el cuello,  que vigila como guardiana la entrada y salida diaria de los niños del colegio de El Milagro.


Una escultura obra del leonés Marino Amaya, discípulo del artista de Ohanes Juan Cristóbal, que fue decapitada y restaurada hace ahora una década. Allí estaba el alcalde Francisco Gómez Angulo, el gobernador Juan Mena y el vicario de la Diócesis, Andrés Pérez Molina, que derramó con el hisopo unas gotas de agua bendita sobre la piedra blanca, mientras las muchachas de falditas tableadas rasgaban la guitarra y los coros cantaban el Dulce Nombre de María.


Fue el niño Eduardo Saiz García, del Colegio Mar de Alborán, que hoy será sesentón, el que descorrió la cortinilla que ocultaba la talla magnífica, mientras miles de aplausos sonaron junto al antiguo hospital de los Castillo. Una niña de Las Jesutinas, Rosa Trujillo Sánchez, leyó unas breves notas de veneración a la madre, mientras se realizaba una ofrenda floral y los grupos de coros y danzas del Hogar José Antonio actuaban en el tablao.


Todo terminó -como casi todo terminaba entonces- con una Misa en Santo Domingo, ofrecida como homenaje a la madre, a esa madre de la que se repitió durante toda la jornada que “daba la sangre de su sangre para alumbrar otra vida, que perdía la lozanía por traer hijos al mundo”. 


Pero todo ese almíbar que brotó aquel 15 de enero de 1972 se fue diluyendo como una mentira, cuando la madre volvió a la despensa a pelar patatas,  mientras el padre siguió ordenando y mandando por muchos años más.


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